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Literatura

Genios maléficos
Marcelo Wiman

¿Alguna vez usted recogió una pequeña rama o un tronquito, admirado por la belleza de sus formas? Si así lo ha hecho, tenga cuidado, quizá se halle en una situación de gran peligro.


Los caciques de la gran nación araucana estaban visiblemente preocupados por el contínuo avance de los mapuches sobre sus ancestrales dominios situados al este de las grandes montañas permanentemente nevadas. Para evitar una lucha frontal de imprevisibles consecuencias, decidieron efectuar una gran reunión con todos los hechiceros. Los brujos en total acuerdo con los jefes decidieron que la guerra era inevitable y en consecuencia debían prepararse adecuadamente para la pelea.
Los magos, hombres al fin, creyeron llegado el momento de aprovecharse de la situación para aumentar su poder, eliminándonos a nosotros los imbunches, geniecillos importantes creados por los dioses para encarrilar la educación de los hijos pequeños de la comunidad. Nosotros realizábamos para los araucanos la misma función que en otras civilizaciones cumplían los cucos, también creados por los dioses, o sea atemorizar a los chicos y asi educarlos mejor y más fácil en el cumplimiento de las normas de convivencia.
Sibilinamente indujeron a los grandes señores de las tolderías a que los ayudaran a sacarse de encima a los imbunches, que sólo ejercemos funciones en la medida que los humanos creen en nosotros. Los convencieron que conspirábamos grandemente en la formación de hombres valerosos, porque el miedo inculcado en la más tierna infancia sólo produciría guerreros temerosos, incapaces de luchar contra los mapuches. La decisión fue simple: como nuestras huestes, creadas por el Supremo, sólo tienen poder en la medida que el hombre se los otorga, bastaba con quitarles credibilidad y prescindir de ellas. De ahí en adelante los padres debían decirles a sus hijos que los imbunches no existían, que a nada había que temerle.y que lo fundamental era ser valiente en la lucha. contra los invasores.
Esta confrontación de poderes, entre los seres corpóreos e incórporeos creados dentro del ordenamiento universal por el Gran Hacedor, al decidir la vida sobre el insignificante planeta Tierra, alteró las reglas del juego. En su proyecto ordenador estaba implícito crear, a su debido tiempo, al hombre como ente principal y de mayor jerarquía en la especie animal dotándolo de específicas facultades para lograr la convivencia armónica entre todos. También estaba sobreentendido que su poder lo debía ejercer con la colaboración de la legión de seres preexistentes como las diversas jerarquías de ángeles, los diablos, las brujas, nosotros los imbunches y demás criaturas que pueblan el dominio que los hombres llaman celestial. Sin esta colaboración los fines se desvirtúan y los resultados se tornan inciertos.
En este estado de cosas, yo, un imbunche menor, abocado al cumplimiento de mis funciones ,al igual que mis pares, perdí el poder que poseía y que sólo poseeré siempre y cuando los seres humanos vuelvan a creer en mí. A partir de la decisión de los jefes quedamos inanes, a merced de las brujas, entrañables aliadas de los hechiceros, las que en un aquelarre.decidieron en un abominable conjuro aprisionarnos en los centenarios coihues, cipreses, alerces y lengas de la región.
En mi caso particular, quedé encerrado dentro del tronco de un árbol centenario arraigado en las faldas del hoy llamado cerro Catedral. Con denodado esfuerzo conseguí deslizarme hasta las más profundas raíces y gracias a un reciente incendio de grandes proporciones pude no liberarme, pero si adquirir movilidad, cuando ya quemado y seco se desplomó el ejemplar que me servía de prisión y la parte de la raíz en que estaba alojado fue desprendida a hachazos y arrastrada por las corrientes del deshielo.
Dos años tardé en llegar dentro del madero al lago Gutiérrez; en el ínterin soporté prolongados estancamientos en un arroyo que desciende del cerro, hasta que unos chicos, tirándome piedras , me hicieron zafar de mi última varadura y soportando cruentas caídas en las cascadas, conseguí arribar. El viento, las crecientes y bajantes del agua me mantuvieron a la deriva hasta que el lánguido oleaje provocado por una brisa persistente me acercó a la costa flotando dulcemente sobre los guijarros grisáceos y azulinos de la playa.
Frente a mí, merendaba una familia de padres, hijos.y nietos que en amable charla gozaba de la tibia tarde y del panorama de eterna serenidad y belleza. Largo rato los estuve contemplando sin acertar qué hacer para llamar su atención. Finalmente conseguí que el hombre más joven, aparentemente el padre de los dos hermosas niñas, aceptara mis sutiles mandatos mentales y se me aproximara. El no sabrá nunca el porqué, pero no se resistió a estirar su brazo para sacarme del agua.
La mera casualidad y la larga exposición. al sol y al agua me dieron un color y un aspecto sumamente curioso y llamativo y la opinión unánime del grupo consideró que mi apariencia se asemejaba a un pez. Contentos con el hallazgo me metieron dentro de un bolso y me llevaron a su hogar. El comportamiento de esta familia, en relación a mí, hizo que guardara una actitud prudencial hasta tanto pudiera sopesar el rumbo de los acontecimientos.
Seis meses pasaron desde el momento que fui rescatado, yendo a parar en ese lapso a una repisa donde nadie me prestaba atención ni yo conseguía con mis esfuerzos mentales influir en las decisiones de mis poseedores. Justo al cumplirse este término, por suerte, llegaron de visita los abuelos de la familia en el momento que habían decidido eliminarme por carecer de utilidad y no ser mi presencia suficiente adorno. Afortunadamente intercedió el noble ancestro y en lugar de ir al recipiente de la basura me alojó en su equipaje. Creo que él, sí, recibió e interpretó mi mensaje: en ese instante entendí que sólo podía reconquistar mi misión estando en su íntimo contacto.
Largos fueron los oscuros días transcurridos dentro de la valija hasta que, al término del viaje de regreso, fuí sacado e introducido dentro de un gran frasco junto con algunas piedras, fragmentos de árboles petrificados y conchas marinas. No me fue mejor en esta etapa de mi vida, pues ninguno de los dos esposos prestaba atención a mis llamamientos. Mi desesperación no tenía límites pues día tras día escuchaba desde unos aparatos llamados televisores a infinidad de personas hablando de la inseguridad de los hogares, el aumento constante de los delitos, la preponderancia de la delincuencia juvenil en ellos, la rebeldía de los chicos y el poco respeto a los padres Observaba desde mi frasco, enorme cantidad de marchas y manifestaciones clamando al gobierno para que pusiera fin a este estado lamentable de cosas.
Si bien a los imbunches el Supremo, omnímodo, todopoderoso e indescriptible no nos dotó de saber sociológico, el mandato funcional recibido nos hace ver que los jefes de familia, ansiosos de vivir con intensidad la materialidad de su vida, por comodidad culposa, niegan nuestra existencia a la par que descuidan la educación de sus hijos y, en consecuencia, son en última instancia, los grandes culpables de la inseguridad y la delincuencia. La inadecuada utilización de los medios y las aberraciones en el logro de los fines, que perjudican el desarrollo armónico de las sociedades humanas de manera perversa , me decidieron a tratar de intervenir lo más rápidamente posible.
Desde mi morada en el frasco pude observar que el momento más vulnerable de mi poseedor se presentaba después de la medianoche, cuando el insomnio lo hacía su presa y su subconsciente errático buscaba un tema de su agrado. Durante varias noches me metí en su cerebro hasta que conseguí lo que deseaba: salir de mi encierro de cristal.
Una mañana el abuelo se levantó eufórico, con ganas de hacer grandes cosas, por supuesto impuestas por mi. Después de desayunar tomó sus herramientas y comenzó a desarmar un antiguo televisor, quedándose únicamente con la hermosa caja de madera que adecuó para convertirla en una vitrina a la cual le agregó una base de espejo y un estante de cristal en los que colocó todo el contenido del frasco. Luego, sobre un pequeño mármol, asentó un trozo de madera petrificada y encima de éste me colocó a mi, de manera vertical y no horizontal, como en principio había previsto. Quedó asombrado con la nueva apariencia que presentaba mi prisión de raíz y llamando a su esposa le dijo con tono místico: "Mirá esta pequeña y sencilla escultura y decime qué ves". La buena señora contempló largamente la obra y observando mi fisonomía comenzó a señalar un ojo hueco, el otro cerrado como el de un tuerto, la nariz chata y la boca con expresión de mueca siniestra y todo el conjunto coronado por una llama en lugar de cabello y le respondió que la imagen se le hacía la de un genio maléfico. El abuelo, recordando el lugar del hallazgo, aceptó la comparación y agregó: "No me cabe la menor duda que este trozo de raíz es un imbunche hecho por algún artesano". Nunca pasó por su mente que yo era un ser real.
No estaba dentro de mis cálculos conseguir tan rápidamente mi libertad pero la euforia y la alegría de mis salvadores alcanzó límites insospechados ya que no perdían ocasión de mostrarme y hablar de mi con tal entusiasmo, convicción y fe a todos sus parientes y amigos, que me hicieron revivir con todo el vigor que me daban mis propias fuerzas, el aliento cósmico que me transmitía la petrificada madera milenaria y, fundamentalmente, por el hecho que los hombres ya no dudaban de mi existencia y mi razón de ser.
Partí para la región de los grandes lagos con la decidida intención de liberar a mis pares, dejándoles a los abuelos, como recuerdo, la materia que me albergó durante tanto tiempo con su apariencia tenebrosa pero indispensable para infundir miedo a los pequeños. Sé que una vez que elimine el conjuro, la lucha será larga y ardua pues las brujas han conseguido tanta relevancia y poder sobre los humanos hasta llegar al punto de desvirtuar la herramienta religiosa que Dios les dio para prevalecer con armonía y equidad.
Porque el hombre, en desmedro de lo espiritual, ha avanzado tanto en lo material con sus estudios, sus investigaciones y desarrollo de las ciencias, que ha perdido la brújula de su valor dentro del cosmos; en el exagerado ego a que ha llegado, pretende pasar de ser una criatura de dios a ser Dios mismo. Al Supremo Creador que es imposible imaginárselo de materia y con forma, lo ha construido a su imagen y semejanza y un gran número de personas han llegado a concebir su pequeño e insignificante mundo como la razón de ser del Cosmos y atribuirse ellos la potestad de crear, eliminar o cambiar los dioses a su voluntad y a sus conveniencias. Por supuesto, nosotros hemos sufrido las constantes tribulaciones por ellos infligidas, ya sea negando o reafirmando nuestra existencia según sus inconsultas decisiones.
Es justamente en este aspecto donde el hombre ha comenzado a fallar y, si no se corrige, utilizando nuestra ayuda, pronto se agravarán las consecuencias. Si los humanos quieren que los chicos vuelvan a ser educados en sanos preceptos, y pierdan su perjudicial libre albedrío que los aparta de la guía y el respeto debido a los padres y a las instituciones, deberán abocarse con premura a la redacción e imposición de credos puramente abstractos, morales y éticos en los que no se suplanten los seres celestiales por hombres y mujeres virtuosas, ni crear historias teólogicas que, por ser humanas, son permanentemente discutibles por sus errores, contradicciones y desapego a la lógica y el buen sentido. A las personas virtuosas y a los santos deberán darle el respeto y consideración que como humanos merecen. El resto déjenlo para nosotros, los seres celestiales.
Apoltronado el abuelo en el sofá clavaba la mirada en su obra artesanal de mármol, madera petrificada y el cuerpo sin mi alma mientras, como telón de fondo, el televisor transmitía un reportaje al presidente de una Organización No Gubernamental dedicada a la búsqueda de personas. Entre otros conceptos el entrevistado citaba estadísticas que indicaban el notable incremento de casos de menores desaparecidos durante el primer lustro del siglo XXI y la dificultad de lograr su paradero atribuyendo gran parte de ellos a problemas familiares. El abuelo escuchaba con tristeza, sin apartar la vista de mi carcaza de Genio Maléfico y de manera instántanea le vino a la cabeza la extraña coincidencia que los autores de palabras cruzadas incluyeran con frecuencia en el cuestionario "Genio maléfico de la cultura araucana"en el mismo período en que realizó su pequeña escultura y pensó si con su intervención no se habría puesto en marcha un cambio en la educación volviendo "a las raíces".




¡Oh tiempos, oh costumbres!
Bernardo D'Elía

Nada hay más trivial, aparentemente, que los baños. Sin embargo, el joven ensayista Bernardo D'Elía nos informa cuántos prejuicios ideológicos suele haber en la mirada que los contempla.

La institución de los baños
Los distintos objetos, ámbitos, costumbres, rituales que configuran nuestro entorno no suelen ser motivo de análisis. Entre ellos se cuenta el trivial y cotidiano baño.
Quizá nada parezca en la actualidad tan privado como un cuarto de baño. Cada casa, cada departamento común tiene uno, dos, tres: todos aquellos que permita el poder adquisitivo y la fantasía de los dueños. Para reforzar la privacidad, una puerta que -por lo general- se cierra con llave, aísla a cada miembro de la familia durante la realización de los rituales pertinentes En nuestro país, la mayoría cuenta con bidet, un artefacto que suele llenar de estupor a los europeos. Una grácil cortina, una mampara o, tal vez, un murito compartimenta la sala, separando el lugar de las abluciones del resto, destinado al alivio corporal.
Y lo propio ocurre en los hoteles, albergues, posadas, vale decir, en todo refugio por donde pasa o donde vive la gente: la sociedad occidental se entrega gustosamente a la higiene de su cuerpo, en la confianza de estar realizando una obra de bien. El baño no sólo sirve a quien lo toma porque lo limpia, purifica, relaja y predispone bien sino que conlleva una deferencia hacia el prójimo al no infligirle los olores personales y evitarle probables contagios: todos deben oler a limpio, es la consigna. Dado esto, un baño compartido entre varios, o su ausencia, se considera entonces una calamidad que deben soportar aquellos a quienes azota la miseria.
No siempre fue así: los antiguos egipcios, los hebreos, los griegos, conocieron los baños comunes. Entre los atenienses, las salas de baño frecuentemente servían, como las actuales discotecas, de lugar de reunión de los jóvenes. Tanto llegaron a emplearlos los romanos como punto de encuentro que acabaron por anexarle una biblioteca. Cientos, miles de personas acudían a ellos, sobre todos cuando se hicieron mixtos. Así, acabaron por convertirse en lugar de citas galantes, siendo causa de divorcio que uno de los cónyuges fuera visto bañándose con otra persona. Por desgracia, la no discriminación romana a favor del género mujer no fue extensiva a otros órdenes: estaba prohibido bañarse con negros, leprosos y judíos, prohibición que se mantuvo hasta la Edad Media.
El cuidado por el cuerpo que recorrió la Antigüedad, donde el baño tenía a menudo un sesgo decididamente sacro-purificatorio, fue observado con sospecha en los tiempos medievales. Los santos hubieron de demostrar su capacidad de mortificación no bañándose, en tanto el clero repetía sin pausa que el buen cristiano debía huir de la sensualidad que supone el cuidado corporal. San Agustín recordaba que los baños y los jóvenes no van bien juntos, recelo que acabó por hacer escuela, decretándose la intimidad de los baños. En verdad el ideal llegó a ser la prescindencia: "ningún baño en mil años", se decía.
En la especie de movimiento pendular que parece regir los usos y costumbres, al disgusto medieval por el cuerpo le siguió un re-descubrimiento del placer que podía brindar su atención. Así, durante el Renacimiento, la máxima muestra de hospitalidad era ofrecerles a los visitantes un baño en común. Por el siglo XVII, se llegó al punto de comer durante el transcurso de los prolongados baños en sociedad. Ocasionalmente, se aprovecharon estos encuentros para conspirar contra las autoridades de turno.
El pudor no se cifraba en ser o no visto desnudo durante el baño. Enrique IV se bañaba junto al Delfín despojado de toda ropa y toda inhibición. Por el contrario, María Antonieta fue severamente juzgada en su momento por exigir que, al salir de la bañera, se desplegara ante ella una toalla abierta.
"¡Oh tiempos, oh costumbres!" podría haber exclamado un nuevo Cicerón ante la perversidad de ciertos potentados. Algunos de ellos exigían que sus súbditos bebieran el agua donde se había bañado su favorita, como fue el caso de Ana Bolena o de María, la amante del rey de Castilla. Y lo peor, según se asegura, es que no pocos vasallos bebían con gusto esa agua.
¡Cuánta diversidad! De la rigidez a la permisividad; del odio a la carne al regodeo de los sentidos: de la sexofobia a la prostitución enseñoreándose de los baños públicos. Uno y otro extremo: de las termas de Caracalla, que podían suministrar agua caliente para más de 110.000 personas, a la escasez de agua, aun para los pudientes. Tal el caso de las familias argentinas del siglo pasado, que se bañaban por turno en la misma agua de una tina. Sin mencionar, claro está, la vigencia de la disimilitud permanente en el código de higiene para la clase alta y la baja.
Mientras millones carecen del agua necesaria hasta para beber, otros -muchos- se sumergen en baños de espuma y hasta de champán. Porque, en materia de gustos para el baño, los hubo de todo: de pasta de almendras, de leche -como Popea o Richelieu-. de especias, de sales, de vino, de frambuesas -tal el capricho de Madame Tallien-, de miel, de licores. Sin olvidar líquidos más dramáticos, como la orina o la sangre, cual de los jóvenes asesinados que usaba la condesa de Bathory. Por cierto que este tipo de baños apuntaba a mantenerse joven y sano, fin que sigue siendo una búsqueda desesperada y utópica.
En función de conservar o recuperar la salud, de encontrar la fórmula de Juvencio, siempre fueron muy solicitados los baños terapéuticos. Así, uno y otro sexo, en procura de retrasar la enfermedad y la vejez, no dudaron en hundirse en barro, en estiércol, en tripas, en raíces. La práctica medicinal, por ello mismo, se mezcló repetidas veces con la institución de los baños. Los barberos-cirujanos no vacilaron en practicar su oficio en esas salas y lo mismo hacían los masajistas. Quizá no hayan faltado los curanderos pero lo que sí había con certeza eran aquellos encargados de aplicar ventosas.
Nada fútil hay en la estructura de los baños. Su observación habrá de indicar con seguridad el grado de participación comunitaria tanto como la aceptación, el rechazo o la ignorancia que tiene una sociedad respecto a lo corporal. Sea que se oculte el hecho de lavarse el cuerpo como que se disfrute, el baño delata inexorablemente la media en que lo físico, lo material, se integra o niega en el pensamiento y las vivencias de cada época. Seguir la evolución de los baños a lo largo de la historia puede revestir un fascinante atractivo como espejo social. Inmensos como para convertirse en escuelas de natación o pequeños hasta no ser sino un recipiente de latón o cobre. En forma de pediluvios, afusiones o duchas. En hammas, balnearios o casos particulares. Bajo la forma de estufas, bañaderas o fumigaciones: calientes, fríos o templados, indicados para envitar enfermedades o vía de propagación de males como la erisipela, ciertos eczemas e incluso la sífilis. Comunes, gratuitos y abiertos a todos en la exhibición indiferente del cuerpo, o cerrados, misteriosos y vergonzantes en el sórdido ocultamiento del cuerpo, como las niñas obligadas a bañarse en camisolín para evitar tentaciones. Los baños constituyen sin duda una de las piedras de toque de cada civilización. Por ello, practicar un examen de los baños actuales: su forma, su frecuencia, sus adornos, sus graffiti, depararía no pocas sorpresas al cándido observador desprevenido.



 

   
  GRUPO NÉMESIS - Buenos Aires - Argentina