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Velo, máscara, disfraz
¿Qué tienen en común el velo, la máscara y el disfraz? En principio, los tres sirven para ocultarse, para disimular el yo. Ni siquiera los dioses o los grandes personajes de la historia se han sustraído a esconder su verdadero ser, desde la diosa Isis hasta los brujos de las tribus africanas, pasando por la fascinante Salomé o los sacerdotes de ciertas religiones. En Velo, máscara, disfraz se hace un recorrido, a veces real, a veces fantasioso, por las distintas aplicaciones que se han dado a cada uno de ellos: los velos de Siddhuri, de las mujeres islámicas, de la realidad misma, máscaras de Venecia, de los roles sociales, de la piedad, disfraces de tentación, de los sexos, de los carnavales argentinos, y tantos otros disfraces y velos y máscaras que a veces ayudan a vivir y otras a morir.


Índice

Leonor Calvera. ¿Cuál es el verdadero rostro?
Luis Calvo. Figuración de las máscaras
Oscar Portela. Yo no sé nada
Yolí Fidanza. Orlando y sus máscaras
Sally Arrivillaga. La máscara de la piedad
Nelly Oliver. La vida sin máscara
Luis O. Tudesco. La meta es el origen
Fernanda Gil Lozano. Velos para niñas diferentes
Susana Fernández Sachaos. Disfraz para la tentación
Beatriz Schaefer Peña. Cuarteto del velo
Susana Cattaneo. Detrás del dolor
Humberto Acciarressi. Todas las máscaras, la máscara
Gabriella Christeller. La violencia del velo
Hilda Catz. La paradoja y sus máscaras
Mónica López Ramos. Velos y vendas mágicas
María del Carmen Suárez. La muñeca
Anahí Lazzaroni. Outsiders
Karina Marion Berguenfeld. Acerca de la desnudez
Julio Beeper. Las máscaras
Mercedes Naviero. La femineidad como mascarada
Carlos Schaefer Gallo. El revés de la máscara
María Judith Molinari. Diálogo con una muerta


Coordinación general:
Leonor Calvera -Beatriz Schaefer Peña
Ilustraciones:
Mariano Gómez






¿Cuál es el verdadero rostro?
Leonor Calvera

A las puertas del santuario oculto de Tebas, se alzaba la estatua de Isis en tamaño natural: sentada, con un libro cerrado sobre las rodillas, el rostro velado en actitud de recogimiento y meditación. Bajo la estatua se leía: "Mortal alguno levantó mi velo". Con Siduri, con Calipso, con las hieródulas de Ishtar, con la hermana velada de la Biblia o la celta Caillech, la diosa comparte una misma situación de ocultamiento, de ocular tras los pliegues que la cubren, de ocultarse. Por ello, descorrer el velo será la revelatio, encontrarse con lo incognoscible mediante los sentidos.
El mundo es maya, un velo de ilusión, dicen los hinduistas: el velo de nama-rupa, el mundo de la forma y el color unido al de las ideas y conceptos, desplegado por primera vez por la Señora del Arco-iris y tejido desde entonces por la ignorancia, la "nesciencia". Maya es entonces un disfraz que seguimos construyendo; tan perfecto parece este entramado que nos induce a tomarnos como la realidad y nos impide acercarnos al estado de verdadero saber, la conciliación de los opuestos -afirma la Vedanta. Y, como un eco atemporal, resuenan las palabras de los musulmanes: "Las substancias, los accidentes, los elementos, las formas, las propiedades son otros tantos velos que ocultan los misterios divinos." Y los poetas de la temprana Edad Moderna asegurarán que "toda la vida es sueño" y los seres humanos parte de esa fantasmagoría soñada por alguien.
El velo, entonces, es lo que separa dos estados, dos cosas, dos formas de manifestarse. Es el velo en los ojos del artista, del inspirado, del loco, del ebrio, que separa el mundo cotidiano del mundo de la fantasía, de la imaginación, del desvarío; por ello en el sufismo se dice que una persona está velada cuando su conciencia está embebida de pasión -sensual o mental- de modo que su corazón no puede discernir con claridad. Es también el velo de las que van a casarse: levantarlo es rasgar simbólicamente el himen, -velo en griego-, la entrada al templo del cuerpo femenino; por extensión Deméter será llamada "la pura madre abeja", dado que las abejas son "las de velo alado" hymenoptera. Y también es el velo de las viudas, como el de la Triple Diosa en su función de anciana, la Crona que se lleva a los agonizantes cuyos ojos están vueltos hacia la muerte.
La araña teje la tela que la mantendrá suspensa del vacío. Colgantes sobre el abismo de la no identificación, sostenemos la trama que nos sostiene: los roles sin los cuales es impensable lo que llamamos ser humano. De aquella a éste, del extranjero al lugareño, de la niña al adulto, de la mujer al varón, nos movemos dentro de esos velos que nos moldean. Esa tela que se va tejiendo es una urdimbre ajena que nos sujeta, que nos aprisiona pero a la que contribuimos a extender al procurar definir nuestro perfil.
El velo separa y define, acerca y aleja; es lo compartido y lo solitario. Por eso bajo formas alegóricas o doctrinarias, toda vez que se habla de las apariencias caleidoscópicas de la materia, se advierte sobre sus asechanzas múltiples, sobre los infinitos peligros de los infinitos pliegues del velo.
Pero no siempre aceptamos la parte del velo que nos corresponde. Y desde nuestro jirón de libertad luchamos para modificar la situación propia, o para ensanchar los roles sociales, o soñamos con mejorarlos en un gran abrazo solidario. O, modestamente, sólo aspiramos a cambiar de roles y entonces es el momento de la máscara, del disfraz. El miedo, la duda, la envidia, la competencia pero también el ansia de superación, de emular a los superiores, de identificarnos con los dioses, son otros tantos motivos para cubrirnos con un artificio que nos permitirá la apropiación mágica de lo que representemos. Pero toda máscara es inmóvil, muerta, en oposición a la ductilidad vital, de modo que se corre el riesgo de quedar atrapado en su rigidez, no pudiendo volver a la condición anterior sin que, al arrancar la máscara, se arranque el rostro

Revelación y ocultamiento

Ocultarse-aparecer, interior-exterior, real-irreal; encontrar el rostro verdadero, acceder al conocimiento definitivo tras las vallas de la ignorancia, descubrir esencias ocultas: el lenguaje alude a concepciones binarias y las articula. En tal sentido se alude en el islamismo a que el rostro de la divinidad está velado por seiscientas mil cortinas de luz y de tinieblas, sin las cuales todo se consumiría. Sin embargo, hay otros caminos que desdeñan los carriles del pensamiento estructurado por opuestos, proclamando la limitación de estas leyes de juego y la apertura a una nueva dimensión. Así los alquimistas, al concluir la Gran obra, comprendían que no hay metales viles que transmutar sino que noble o vil no son contrarios sino tan sólo formas modificables que se corresponden con estados del alma.
En el Tibet, a ciertos lamas que aspiran a ese tipo de sabiduría se los induce a permanecer en solitaria contemplación bajo el cielo estrellado tantas veces como sean necesarias para que aparezcan los fantasmas de la noche: figuras espectrales, gigantes y demonios terribles que pueblan los espacios. Cuando el discípulo aprende a dominar el miedo que le inspiran y a darles tratamiento de iguales, se lo persuade a considerar que esa pesadilla monstruosa es irreal, a juzgarla una proyección de su mente. Y este es el momento más peligroso para el discípulo: al evaluar las figuras como proyecciones propias puede disminuir la magnitud de su importancia y, por lo tanto, en razón inversa, crece la posibilidad de ser devorado por esas producciones. Más tarde, deberá comprender que identificar los fantasmas como originados en la propia mente no merma el riesgo implícito, que lo invisible también forma parte de la realidad.
No hay un adentro y un afuera; un ser y un aparecer, sombras y luces. La Tabla de Esmeralda afirma que la revelación aterra, causa vértigo y pavor porque hallarse ante la deidad es comprender que ver a los dioses no es sino encontrarse ante el laberinto inagotable de formas visibles e invisibles. Los siete velos extendidos sobre Isis, esos velos multicolores que doran, entenebrecen, espesan el aire hasta que todo es velo y los cuerpos humo, niebla, gasa, ceniza, no ocultan un rostro distinto de la diosa, sino nuevos velos y cuerpos y formas y sustancias y propiedades creadas y por crearse. El misterio de las deidades es un doble juego que se revela velándose, que se vela revelándose para permitir a nuestro entendimiento binario la percepción de la manifestación universal.


Yo no sé nada (Aire de milonga para ser cantada)
Oscar Portela

Le tengo miedo a la vida,
cruel y azaroso misterio,
y a los designios ocultos
en la cruz de nuestra sangre.

De la soledad que vengo
tampoco yo nada sé.
voy y vengo de su noche
como vagabundo errante.

No sé si pago la culpa
de otras vidas descuidadas,
sólo sé que no le tengo
miedo a la muerte esperada.

Sola y cierta muertecita,
doncella desnuda y pálida,
que librarás de agonías
las dudas de ésta, mi alma.

Y liberado de todo,
sin pasado ni mañana,
sabré que nada comienza,
y nunca termina nada,
salvo el miedo de la Vida,
los sueños de horribles máscaras.
Y se abrirá en el silencio
la Flor que no dice Nada.


Figuración de las máscaras
Luis Raúl Calvo

Otros ríos sagrados corren en tierras no prometidas.
Un rayo invernado en los colmillos del espanto.
Irrupción del pájaro en la rama quemada.
Los árboles sin frutos representan la condena.
Eutanasia del pan, amenazas de mendigos.
El gallo de Venus sacrifica su canto en la matanza de Thánatos.

Ordenar el caos en motonetas de hielo.
Los payasos hacen rondas en la pulcritud del conventillo.

Llanto sin retorno, figuración de las máscaras.
Despedir a los muertos, por la muerte misma.


Orlando y sus máscaras
Yolí Fidanza

Incapacidad de la cultura para permitir el juego
de una doble visión, simbolización del mundo.
Virginia Woolf

I

Orlando luce oropeles e interroga al espejo.
En la cintura el bruñido acero, símbolos Tudor en el pecho.
Oficio de aristócrata. Llama el cuerno de caza.
En el bosque sangra el zorro acosado por perros.
Ríe la muerte. Silba el viento en las plumas del sombrero.

Orlando debe ostentar fuerza y coraje, acumular dinero
hacer la guerra y el amor, asegurarse descendencia
¡Qué fatigosa vida! Duda. Si esta es la norma
¿Acaso es bueno ser varón?

Como árbol que troca los azahares en frutos
atravesando edades, Orlando cambia máscara, disfraz y gesto.

II

Orlando interroga al espejo. Viste falda de seda,
Perladas gotas adornan el curvado pecho,
oculta va la grácil cadera bajo terciopelo.
Femenil oficio. Esperando al amado desespera.
Música y danza le sirven de consuelo.
Al esposo complace, cumple mujeriles tareas.

Orlando debe rehusar, conceder, amar sin condición,
destilar hidromieles, ser tierra fecundada, parir,
dar cuidado y alimento sin dejar de ser bella.
¡Qué fatigosa vida! Duda. Si esta es la norma
¿Acaso es bueno ser mujer?

Como árbol que troca los azahares en frutos
Atravesando edades, Orlando cambia máscara, disfraz y gesto.


III

Por la ciudad de torre moderna y miedo antiguo
Orlando pasea su apostura ambigua.
Medita en el destino,
en el tiempo vivido tras variado disfraz.
Y antes de aventurarse por la ciudad futura,
preguntándose qué máscara de ayer usará,
Orlando abraza placeres sin término ni sexo;
la caricia del sol, la sombra de la luna,
la eterna poesía, la dual experiencia del mar.


La máscara de la piedad
Sally Arrivillaga


Como una fotografía en color sepia, recuerdo a mi abuela, una elegante y distinguida señora.
Todas las noches seguía un ritual propio. Frente al espejo, liberaba su hermosa cabellera que caía como una cascada. Luego, morosamente, la cepillaba una vez y otra y otra vez hasta llegar al número cien. Acabado este menester, se ocupaba de su alma.
Frente a la Virgen, se arrodillaba con unción y respeto y le rezaba con un fervor grande y profundo, religiosamente, a la imagen de Santa Rita.
Terminadas las oraciones, con delicadas manos y parsimoniosos gestos, colocaba debajo de su almohada un revólver calibre 38. Se entregaba entonces al sueño, cerrando los ojos con la serena paz de las tareas bien cumplidas.


La vida sin máscaras
Nelly Oliver

Clima riguroso, paisaje bellísimo y hostil.
Del caminante brota la esperanza, el amor y el recuerdo.
Al dar las doce, el reloj de la antigua capilla impulsa al exterior la figura del franciscano que bendice: es el símbolo de la evangelización.
Se detiene y, respetuosamente, se persigna. Pero no está sometido. Prosigue su marcha.
El aire enrarecido no afecta su rítmico caminar. Lo acompaña el silencio pero responde al llamado de aquellos que ya no están. Con los brazos en cruz, se desploma en un abrazo ancestral con la Pacha Mama. Ella le infunde la fuerza para tomar los colores vegetales con que forjará las artesanías que perpetúen su cultura.
Su rostro sin expresión, con profundos surcos, nada tiene enmascarado sino que es la vida misma, una vida que nos enseña que desde la soledad, la tristeza y el olvido también se puede crecer.


La meta es el origen
Luis O. Tedesco

Sobre el alma y sus guirnaldas
vendrán los piojos, las viruelas
pan y sopa sobre llaga trabajada
en pórticos, en los tibios angelotes
sudor, anhelo, rachas de sobaco
en los salones, en el dulce rinconcito
firuletes del juego latigado
cuando Apolo hiera, cuando grite
vivo en el cuerpo que se piensa
nacer, volcar, pegar con saña
alar del sino el cuero manoseado
choques de fibra en éxtasis de mármol.

 


Velos para niñas diferentes
Fernanda Gil Lozano

Yo de chica fui tartamuda. Tuve que soportar las risas y burlas de mucha gente desde el inicio de mi vida. Primero en mi familia, luego en el colegio. A este problema se le fueron sumando otros, como el pie plano y el ceceo y, por si fuera poco, comencé a orinarme de noche. Todas estas dificultades las soporté hasta mis seis años de edad. Cuando recuerdo las burlas y humillaciones que cotidianamente sufría, un sabor triste se instala en mi paladar y mi garganta.
Las amigas que hice también tenían algún problema, propio o social. Anita se ponía roja como un tomate tan solo por existir: era muy tímida. Compartíamos el pupitre y, cuando ella terminaba la tarea, se sentaba debajo del asiento. No soportaba a los demás, se asustaba. Marcia se sentaba detrás de nosotras y no veía casi nada; llevaba unos anteojos muy gruesos y feos y siempre tenía la cara pegada al cuaderno para poder escribir sobre algún renglón. Rosa no tenía ningún problema, salvo que su piel era muy oscura y los demás chicos la maltrataban por eso.
Una tarde nos pusimos a jugar en el patio de mi casa con vestidos viejos y trapos que, en algún momento, mi mamá me había regalado. Había tules y otras transparencias -muy costosas en otro tiempo pero inservibles en la actualidad.
Hicimos, a escondidas, una fogata con las ramas secas de las plantas; no me acuerdo de quién fue la idea, pero todas nos pusimos velos transparentes de colores sobre la cabeza. Cantamos desde el himno hasta una canción de cuna. Tomadas de la mano, alrededor de ese pequeño fuego, con nuestros velos sobre la cabeza. Fuimos felices.
Yo recuerdo que el mío era marrón y que las cosas teñidas por su resplandor tomaban un tono dorado que hacía sublime todo lo que enfocara. Allí protegida, sentí otra posibilidad de existencia. La realidad fue suave, tenue; pude hablar y cantar sin trabarme ni una sola vez. Vi a mis amigas hermosas: parecíamos flotar en otra dimensión. El tiempo y el espacio se alteraron y todas fuimos una. Una para cantar, una para reír, una para amar. Fuimos amor. Si bien esa realidad encantada se nos escapó, el trance mágico quedó en mi ser durante toda mi vida.
Me gustó cubrirme el rostro con algo transparente; la realidad puede ser otra, mejor, diferente. Después de esa danza con mis hermanas de destierro, y gracias a los velos, me sentí bien. Fui fuerte.

Disfraz para la tentación
Susana Fernández Sachaos

Un objeto no guarda tan estrecha relación
con su nombre que no pueda encontrarse
otro que le convenga mejor.

René Magritte


El sacerdote casado es el nombre de un óleo sobre tela, pintado por René Magritte, en 1950. el título procede de un relato trágico escrito por Jules Barbey D'Aurevilly, en 1865.
En la escena del cuadro, dos manzanas verdes, cada una humanizada con un antifaz, ante un cielo con luna, nublado y revuelto.
Magritte recurre a la realidad de las manzanas, que se ven apetitosas gracias a su particular perfección técnica pero, como es su costumbre, el sentido se desplaza y se combina con otros elementos, en este caso con los antifaces y el paradójico cielo.
Pareja insólita estas manzanas con antifaz, que nos provoca una posible interpretación, ligada a la primera tentación del hombre: comer el fruto prohibido del Árbol del conocimiento y velar después la vergüenza que provoca ese acto.
Pareja insólita estas manzanas con antifaz, que nos provoca una posible interpretación, ligada a la primera tentación del hombre: comer el fruto prohibido del Árbol del conocimiento y velar después la vergüenza que provoca ese acto.
El misterio que corre por debajo o por encima de la realidad, en algún lugar de esta composición sólo podremos alcanzarlo mediante el sueño, la invención o la máscara. Además, esta relación insospechada de los objetos, como fuente de efectos poéticos, constituye la columna vertebral de la obra de este extraordinario pintor belga.


Cuarteto del velo
Beatríz Schaefer Peña

La sentencia
(Fallujah. 2004)
Luz de acero abierta en abanicos
bajo un velo de súplica,
este destino mío.
Filo templado sobre la piedra mansa.

¿Quién dispuso la suerte?
¿Quién encendió en la noche
el aura de esa daga?
¿Quién fue el verdugo?

No lo sé, ni lo supo
aquel el silencio inconcluso
que aún resuena
su desangrado grito

El nacimiento

Desgarro el velo
para encontrarme
a luz abierta
con Sus ojos.

Salomé
(Mateo 15.6)


Te ruego por la música, por tu dorado pie,
marca de fuego en medio de mi noche
donde el deleite reclama
la transparencia de los velos:
manta de gasa sobre tus pechos de alumbre.
Te ruego por la perla encendida de tu piel
que se abre a la codicia de mis ojos,
por los muslos zigzagueantes,
por esa oscura lumbre en la entrepierna
y la pradera que extiende tu mirada
cuando pones el precio a mi ambición.
Sí, concédeme este ruego
y el relámpago rosado
de tus pezones erguidos
sobre la bandeja de plata.
Entonces, dejaré allí mi atribulado reino
y esa cabeza sangrante que tanto me pedías.

La víspera

Ahora espero la benevolencia de la tarde.
Sé que más allá la noche
me ofrece el hospedaje
de sus brazos sin tiempo y sin misericordia.
Pero antes de atreverme hacia ese encuentro
debo aguardar la tarde, su cielo tembloroso.
Hay un reloj de fuego en el centro del mundo.
Allí ocurren las cosas y las desolaciones.
Allí el amor construye su puente de artificios,
ese velo cerrado a los ojos.
La mañana es el mar contenido de la infancia.
No puedo regresar hasta esa orilla;
debo seguir la tarde, su ruta de luceros.
En lo alto se desdibuja el porvenir,
se parten las estrellas mientras sigo esperando
esa luz encendida,
esa ceniza infinita.










Detrás del dolor
Susana Cattaneo

Hace una larga oscuridad que tengo frío. Apelo desesperadamente al tacto porque mi máscara no tiene ojos. Roba los míos, pero también los pierde.
Ahora, mientras en algún lugar del mundo la espuma del mar balancea naves antiguas, aquí, yo, en este desierto que me transforma en extranjera, a través de estos oídos de hierro, escucho quebrarse un tallo de magnolia.
Tanto he mirado el cielo en una época blanca en que cruzaba puentes hacia la felicidad. En la que el sol me raptaba hacia dulces prisiones donde crecían árboles de miel. Tanto…
Yo, durante mil siglos enarbolando tardes verdes, desplegando mundos fuera de relojes, ahora, sumida en una hora interminable, detrás de este velo que cubre todo lo que pertenece a mis sueños, espío. Espío sin ver detrás de lo que aún queda: mi máscara de hielo, herrumbre, soledad. Espío entre ritos salvajes, la celebración definitiva de mi ser a la intemperie.

Reflexiones sobre todas las máscaras, la máscara
Humberto Acciarressi

Una idea terrible me sobrecogió:
el hombre es doble
.
Gerad de Nerval

Máscaras y máscaras, La máscara es inherente al cosmos. Larry y Andy Wachoski, en la película The Matrix -en sus tres partes, pero fundamentalmente en la primera- postulan la existencia de un mundo en donde todo es apariencia. Las calles, los árboles, las construcciones, y especialmente las personas, son realidades virtuales ocultas bajo las máscaras de objetos y seres humanos tal cual los vemos cotidianamente. Aunque injustamente con menos fama, Dark City, de Alex Proyas, relata en la pantalla las tribulaciones de un mundo plano y eterna noche, en el que sus habitantes ignoran esas peculiaridades. Cada tantas horas (algo así como la delimitación del día en un sitio donde ese concepto no existe), los pobladores se duermen todos a la vez, allí donde se encuentran, sea una cama, una mesa o un automóvil.
En ambos casos, la humanidad en su conjunto ignoa esa máscara monumental urdida por entidades superiores. Diferente es el caso de The Truman Show, de Peeter Weir, donde los habitantes viven simulando ser los pacíficos pobladores de una ciudad, que en realidad es un gigantesco set de filmación. Todos ellos menos ujno, que es el conejito de Indias de una investigación desde el día de su nacimiento hasta que, a los treinta años, comienza a advertir que algo falla en su vida monocorde y surcada de fantasías y recuerdos inseminados artificialmente.
Más allá de las cualidades estéticas de estas películas -lejos, por cierto, de la reflexión profunda de Persona, de Ingmar Bergman-, no puede ignorarse que han llevado a la pantalla la metáfora de la máscara en su nueva versión globalizada: la del mundo de las autopistas informáticas, los correos electrónicos llegados desde las antípodas, las citas amorosas por la web y hasta la moderna y desopilante versión del psicoanálisis chateado. Frente a estas mascaradas colosales e inabarcables, el antifaz tradicional de los héroes de historieta -Batman, Flsh Gordon, Spiderman, el Llanero Solitario, el zorro, Misterix y la lista sigue- tiene cierto aire de ingenuidad. Convendría reflexionar sobre esta supuesta antinomia.

Hay otros mundos

Entre un cosmos apabullante en el que nadie advierte la máscara de una realidad desconocida, y los mundos ordenados donde el enmascarado es un sujeto prisionero en los sótanos reales de Francia (El hombre de la máscara de hierro, de Dumas), un científico desquiciado y atormentado (El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde, de Stevenson), o un periodista al que la bastaponerse una capa y sacarse los anteojos para dejar de ser Clark Kent y ser Superman, parece existir una gran distancia. Y sin embargo…
Analizando Sylvie de Nerval, Marcel proust observa que cierta atmósfera "azulada y purpúrea" no se encuentra en las palabras, sino entre una palabra y otra. O, apelando al refranero popular, algunos de los muertos que matáis gozan de buena salud. Los enmascarados abundan en la vida y en el arte, siempre y cuando aceptemos la mascarada de omitir que una y otro puedan separase.
Frente a esto, la aprehensión de la realidad es frágil. O acaso no exista realidad sino un conjunto de realidades yuxtapuestas, y el hombre, con sus máscaras, no haga más que recrear un conjunto universal: "Hay otros mundo pero est´´an en éste", dice Paul Eluard. Depende, entonces, de establecer un justo equlibrio entre la verdad que aparece entre los pliegues de la máscara y esa nueva realidad que es la máscra misma. "Y es que aquel no lo desfrazaba; lo revelaba", dice Chesterton en El hombre que fue jueves.
Otra reflexión: ante las máscaras de Jason en la seguidilla fílmica de Martes 13 o del psicópata de Hallowen, es más atemorizante la cara angelical de algunos de los asesinos seriales que la realidad nos regala con entusiasmo. Y esto último lleva a otro punto: el enmascarado, aunque no tenga antifaz, está siempre presente. No necesariamente llega de manera devastadora como la peste en La máscara de la muerte roja, de Poe, o como el cyborg de Terminador, que oculta su esqueleto de titanio detrás de una máscara humana que se va degradando a lo largo de la película que inició la serie. A veces el enmascarado llega en zapatillas de baile, sin que nadie lo note. Tolstoi, para no asesinar a su esposa, se enmascara tras un personaje en La Sonata a Kreutzer y le encomienda la ejecución del crimen para seguir viviendo tranquilo. Mishima, en su juvenil Confesiones de una máscara, adelanta en varios lustros algunas claves de su suicidio brutal. Y que a nadie le queden dudas sobre la intención de estas líneas de ligar la ficción con la realidad, sea ésta cual fuera.

El doble como máscara

En la actualidad, las máscaras han pasado de las antiguas cosméticas al terreno de la ingeniería genética. La idea de una máscara idéntica al enmascarado no deja de ser escalofriante. Sin embargo, no conviene olvidar que un siglo y medio antes de la oveja Dolly, ya Poe había creado a William Wilson, que harto de su doble en cuerpo y alma lo enfrenta en duelo y lo hiere mortalmente. Recordemos la escena. Con la última exhalación, el Wilson "clonado", la máscara, le revela al "original" que muerto uno, muertos los dos. "Existe en mí, mira en esta imagen que es tuya cómo te asesinaste a ti mismo", le dice, palabras más, palabras menos. Y así, efectivamente, ocurren las cosas.
La realidad se presenta ante nuestros ojos tras el velo de la máscara y nos muestran una realidad nueva, en la que a veces se advierten -imperceptibles, en degradé- fragmentos de la realidad, y de otra, y de otra. Nosotros somos los observadores, pero además somos escrutados, viviseccionados por miradas ajenas que tratan de descorrer el velo de nuestras propias máscaras, acaso más sutiles que la del hombre misterioso de Duma, menos bizarras que la de Batman y seguro sin el colorido de las medievales caretas del carnaval de Venecia.
Aunque no garantice nada, no resultaría ocioso asociar el acto de mirar a la voluntad de ver. Alguien, tal vez, algún día logre encontrar el sentido en esa mirada de fragmentos visuales que perciben los ojos y el intelecto. Parece poco probable y, para decirlo con espíritu poético, escasamente deseable. En todo caso, le quitaría encanto a la vida y sus costumbres. Tenía razón Eluard: hay otros mundos que conviven en éste. Además, detrás de las máscaras que ocultan y revelan, hay hilachas de las que el arte se apropia. Aunque sea bajo el velo de una nueva máscara. Y así hasta que se apaguen las estrellas.

La violencia del velo
Gabriella Christeller


Dos de setiembre de dos mil cuatro: explota el velo. En la cultura de la Razón explota la violencia del velo. Explota a nivel planetario y apocalíptico.
Investigué por mi cuenta el tema del velo hace muchos años; más tarde, con las compañeras del feminismo, vimos que el patriarcado velaba lo femenino para intentar velar el desajuste y la violencia encubierta en el desajuste que significa el predominio de lo masculino.
Hoy, con el degüello de los periodistas por el terrorismo internacional a propósito del tema, se ha convertido en una cuestión de vida o muerte.
¿Hay que des-velar?
Sin duda tiene que haber un trabajo personal de cada uno, varón y mujer, un trabajo atento para armonizar nuestra Pareja Interior, lo masculino y lo femenino en toda persona humana y sus modos de ser. Pero ese trabajo de paz interior no alcanza ya. Desde que el terrorismo nos aterroriza ya no alcanza con des-velar, no alcanza.
Esas kamikaze, tan femeninas en sus gestos y sus ojos como se entreve debajo de las negras insignias que las cubren, esas mujeres-bomba tienen que ser la última generación de las veladas. ¿Qué indican?
Yo clamo ayuda para desarmarme.
Tú clamas ayuda para desarmarte.
Nosotros clamamos ayuda para desarmarnos. Y ustedes también.
¡Mirad, ved! Todos claman ayuda para desarmarse.

 


La paradoja y sus máscaras
Hilda Catz


Mientras el taxista buscaba el número de la dirección a la que nos dirigíamos en ese atardecer neblinoso y húmedo de junio, súbitamente le dije:
-Por favor, deténgase.
Bajé la ventanilla del auto y grité "Gabriel, Gabriel".
Le pedí al hombre que conducía que retrocediera, abrí la puerta y volví a gritar "Gabriel, Gabriel".
El hombre que iba por la calle, con un andar cansino, se dtuvo, me miró con admiración y sorpresa y se sonrió.
Yo le dije:
-No sos Gabriel.
-No -me dijo sosteniendo la misma sonrisa que yo tanto añoraba.
Y no era. Me quedé atónita. Continuamos el viaje; luego de unos segundos le dije al conductor.-Qué va a pensar de mí, llamando a hombres por la calle, y encima desde un auto.
Se sonrió y me dijo:
-Yo no digo nada, no vi nada.
Agregué;
-No era un hombre atractivo para pensar tal cosa, ¿verdad?
-No -replicó. Usted se merece algo mucho mejor, cualquiera lo diría viéndola.
Justo hoy, que faltan cinco minutos para la sesión de terapia de pareja con Alberto. Cinco minutos para seguir soportando la crueldad desmedida, la agresión gratuita y el desenfado hipócrita de un ser tramposo y falso como Alberto.
Y la paradoja de que si el taxista lo viera me diría:
-Ese hombre sí la merece.



Velos y vendas mágicas
Mónica López Ramos


Por los años '70 me invadió un deseo enorme de investigar las dimensiones que nos rodean. Descubrí entonces, a través de los libros sagrados, que el inmenso mundo del espíritu es tan real como el de la materia, sólo que no podemos comunicarnos con los seres que lo pueblan. Más aún, esas escrituras nos dan algunas pistas para que podamos entender que, en cierto modo, esas criaturas influyen sobre nosotros tanto de manera positiva como negativa.
Para ilustrar nuestro desconocimiento de esas dimensiones, la Biblia, el Bhagavad-Gita, el Corán hablan de que estamos cubiertos por un velo, un velo que nos engaña, que nos ciega ante esas realidades. El científico, el místico, el artista, por un momento consiguen levantar en su inspiración una punta de ese velo que nos quita lucidez y claridad.
En ocasiones ese velo es tan espeso que el hombre, manejado por él, no encuentra recursos para modificar sus circunstancias, sus patrones de vida que lo condenan a padecer desventajas permanentes.
Las vendas, muy usadas en la magia, tienen el mismo sentido de trabar, disimular, ocultar. Eros tiene los ojos vendados para indicar que desconoce a quién golpea con sus flechas y la diosa de la Justicia no quiere ver a quienes juzga. En muchos rituales de iniciación, las vendas son colocadas sobre los ojos del nuevo adepto para demostrar que éste muere para el mundo profano y abre su mirada interior al mundo de la iluminación.
En el antiguo Egipto, las vendas colocadas sobre los cadáveres indicaban que se trataba de una vestidura de luz con la que el muerto resucitaba después de un período de germinación en otros mundos.
El velo, las vendas son símbolos de la separación entre el mundo de los sentidos y el otro mundo; símbolos cuyo dominio permite ascender a la luz del bien y el conocimiento o hundirse en las tinieblas del mal y la ignorancia.


La muñeca
María del Carmen Suárez

La muñeca de pelo rubio, quizá castaño, me representaba como una máscara. Mi madre acomodaba su cabeza y luego ponía dos almohadones debajo de la colcha para formar mi cuerpo. De ese modo me permitía huir a los campos abiertos, a la brisa del sexo, al corredor maravilloso de los exterminios, sin que mi padre se enterara de mis salidas.
La muñeca dejaba papeles escritos en rojo fulgurante sobre mi cama. Inquietante. Por ejemplo, "te espero a medianoche para fumar magnolias".
Rosita se enteró de la muñeca, de mi saco bandolero, mis argucias y trampas. En ese tiempo me dedicaba a esconder, en un mohoso agujero -una especie de canaleta en desuso- las cartas de sus enamorados: después de leerlas, claro. Nunca supe si las recibía y luego las tiraba en mi cuarto para que yo me enterara; no importa. Eran ardorosas, calientes, plenas de sexo y agonías.
Un día la muñeca dio muchas vuelta en la cama, y mi madre tuvo que re-ubicarla y acomodar su peluca. Ese día mi padre llegó borracho a más no poder. No sabía si mi madre era mi madre, si la muñeca era yo, si yo estaba o no.
Rosita siempre afirmó que mi padre era bello y misterioso. Si lo sabré. Por ese entonces crecían precipitadamente las violetas y yo fumaba en un precipicio o arriba del árbol de los hongos diminutos que me hacían ver espejos. En realidad veía todo, como ahora: la vida bullendo, maravillosa.
En tanto yo zigzagueaba por las calles de la ciudad, la muñeca, junto a mi padre, empezó por acariciar su cuello, mientras él se rascaba pensando que había sido un insecto, un bicho asqueroso de aquellos que su hermano, mi tío Antonio, recogía en el Amazonas para luego estudiarlos con mucha paciencia.
Un día fuimos a la feria de los sábados en la calle Chile: Rosita, la muñeca y yo. Compramos cilantro, atún, naranjas y nabos. Al volver por la calle Balcarce, le ofrecí naranjas al vagabundo. Me bendijo.
La muñeca fue envejeciendo, con canas y arrugas sutiles como la abuela. Mi abuela: la veo acomodando el brasero en el centro de la gran cocina. Los carbones encendidos eran ojos avizores. Ella menuda, inquieta, tiraba hojas de eucalipto y sonreía misteriosamente. Me gustaba el pañuelo azul que le tapaba su cabeza de señora vigorosa. Recorría los patios pidiendo, exigiendo, sus ungüentos, sus brebajes. Nadie osaba contradecirla, solamente yo. Era su debilidad; ella, la mía. No esperaba nada sino sus pequeños placeres cotidianos: hacer el vino con sus manos de hada, sentarse en el corredor oloroso de flores y reírse de todos; les ponía apodos certeros mientras revolvía las uvas que le traían sus paisanos de las quintas de Quilmes. Era una mariposa multicolor rondando, bailando como en su aldea, aunque estuviera estática en su mecedora. Brava, bravía. Ella me regaló la muñeca.
Pasaron los años. Una tarde me encontré con Rosita. Muy suelta, le fui contando que iba a tener una casa con flores y pájaros. Mientras yo hablaba, no dejaba de mirarme: parecía hipnotizada. En realidad, le mentí, ya tengo una casa; es fabulosa. Convivo con mis padres, y el ser que adoro.

Outsiders
Anahí Lazzaroni

Ellos no conciben una celebración
sin el vino rojo de los desesperados.

Ellos llenan los mares
con el odio y la furia de los que no tienen casta
ni lugar.

Golpead a sus puertas
y ellos os recibirán con la mansedumbre
del perro apaleado por su amo,
con el beso de Judas,
con la provocación del desborde,
con la galantería de un dando.
con la alegría de un Dionisos moderno.

Ellos y las siete plagas de Egipto.
Ellos y la lluvia arrolladora de un verano tórrido.
Ellos y la máscara de la tragedia.

Van enlutados con el velo de los viudos
afiebrados por brillos y devaneos
de un arte inconcluso.

Sus hambres y delirios tintinean por las alcantarillas
y los arrabales, por los palacios de la bruma
y sus grandes cortes de los milagros.

Aleluya, aleluya, por ellos digamos una vez más aleluya.

Reyes, mendigos, bohemios de buen beber,
glotones de la vida,
asesinos de almas, poetas,
traidores, mercachifles.

Huéspedes del infierno que cabalgan
en corceles de plumas heladas.

Son sus manos las que cantan,
son sus voces las que pintan
y es el fuego sangrante el que los mira triturarse
en su doble pasión con la muerte.


Las máscaras
Julio Bepré


No. No vengas ahora con tus gracias de siempre; no me digas que tienes más humor y que por eso la vida se te hace más simple. Tampoco salgas con que tu voz es más clara que la mía, y por eso la gente está más atenta a tu persona. Si en algo me equivoqué ha sido en no analizar debidamente las causas de mis fracasos, y no desentrañar tus argucias para lograr siempre lo que pretendes.
Pienso bien: siempre llegas primero por más esfuerzos que yo haga para aventajarte. Si pasa una bella mujer y la miras, ella retribuirá tu gesto, y de mí ni se dará cuenta de que existo a pesar de ir casi pegado a tu cuerpo. Además, descubres siempre antes que yo las cosas: un libro en la biblioteca, alguna llave perdida, la presencia del otoño cuando se queman hojas secas, cuando llega ese suave aroma en la tenue dispersión fantasiosa del humo- ¡Ah! Siempre arribas primero, y me anticipas sin pedírtelo la vastedad y el color del mar a la hora precisa en que me gusta contemplarlo sin mediación alguna.
No hablemos de tus logros. Tu trabajo es grato y el mío riguroso, y si compras un sombrero siempre se realzará tu figura, en cambio a mí me quedará hundido hasta el cuello y semejaré así un ser acéfalo. ¿Es todo tan diferente entre nosotros?
No te rías. No quiero aceptar que sabes sortear los obstáculos como un consumado atleta, y que yo doy por tierra en la primera valla que se me presenta, y que la suerte te ha mimado en cada momento.
¿por qué se deslíe siempre aquello que yo afirmo y tus aserciones son siempre probadas por los hechos? Debo creer que yo nací en una conjunción fatídica de algún año bisiesto.
Pero al menos estoy seguro de que te miro y me miras y que nuestras presencias se corresponden, que a la postre sólo eres una mera réplica de quien habla, gesticula o calla. ¿O en definitiva sólo somos dos rígidas máscaras que se miran sin decirse nada?


Acerca de la desnudez
Karina Marion Bergenfeld

Alterna la lucidez del Paraíso
con la noche profunda, plena de terrores.
Goethe

No se trata de las alucinaciones
no de lo que toco y muerdo
de lo real que nunca.

Reina de la extraña noche
huelo un perfume
que pone azufre al aire.

De un biombo calado y sándalo se trata
de una mujer que reza
a sus antiguos vivos en el mundo.

Mis huesos al azar
velas de cera
enigmas
tienen mis huesos luz
por eso
sólo por eso
cuando voy de loba en la noche
estrellas dejo
por este lado quieto del andén.

No se trata del cielo
ni del amor
de haber caído a la vida se trata
a la soledad furiosa de la vida
se trata de un dolor
puro y trágico bajo la venda.

Podría yo también quedarme aquí
hilar historias que apacigüen
podría citar a los fantasmas
hacer menos árido el momento.

Pero no
no se trata de mover el vacío para disimularme
quiero tirar del velo
del suero azucarado
quiero mi propia muerte natural
la seca y lisa muerte que merezco.

Del silencio adentro del silencio adentro del silencio
de un insecto azul se trata
de mi seguir aquí se trata
una gaviota espléndida en picada hacia el mar
raro animal que perdió su nombre.


La femineidad como mascarada
Mercedes Naveiro

Whitney Chadwick, en el libro compilado Mirror Images cita a la psiconalista Joan Rivière quien, en 1929, en su artículo Womanliness as a masquerade, describe a la femineidad como una parodia, una superficie decorativa que esconde la carencia y le permite a la mujer negociar una posición en el patriarcado2.
Buscando una alternativa más original y levemente libre, Méret Oppenheimer y Leonor Fini se hicieron máscaras de piel y plumas, que les permitían circular como seres exóticos en el mundo predominantemente masculino de los surrealistas.
En 1929 Claude Cahun se fotografió en un espejo con una serie de disfraces, con la cara pintada o maquillada y posando como un andrógino, como mimo, acróbata, Buda, etc.3 Sus disfraces trascendían la identidad de género y sugerían una sexualidad ambigua, más transgresora que, por ejemplo, los autorretratos de Frida Kahlo de los años '40 y '50, verdaderas máscaras que, según la historiadora Araceli Rico4, intentar presentar a su autora como un ícono "mujer" y "completa", adornado con plantas y animales, y que buscan reparar o cancelar la desintegración física y psíquica que muestra en otros cuadros, también autobiográficos pero "sin máscara".
Así vemos que, en la obra de arte autobiográfica, las mujeres usan dos tácticas diferentes. En algunas obras muestran una imagen idealizada, una máscra aceptable y útil para su supervivencia en el mundo patriarcal. En otras, usan técnicas más ambiguas y difíciles de comprender para el espectador ingenuo, y cuentan de un modo oblicuo su realidad, a veces desgarradoramente, como en las obras mencionadas "sin máscara" de Kahlo, o en los cuadros desafiantes de Leonora Carrington donde se presenta como peligrosa bruja, hechicera o, más sencillamente, como una mujer atractiva y pensante.
La historiadora Katy Kline, refiriéndose a la fotógrafa Cindy Sherman, cita: "Sherman expone el material subyacente a la producción de identidad"5. En Untitled Film Stills, serie de los años '70 donde la autora muestra fotogramas de películas inexistentes, Sherman aparece disfrazada como protagonista de situaciones estereotipadas de los argumentos de la época; el ama de casa típica, la joven que abandona su hogar y espera al costado de una ruta, etc. En esta serie que la hizo famosa, Sherman está ausente de su obra, y se presenta solamente a través de role so máscaras. En obras posteriores, Sherman usa otro modo de protesta a través de las máscaras con las que se fotografía. Asume su identidad femenina, y lo hace irónicamente del modo en que su cultura la define como una muñeca.
Sus muñecas no son sin embargo máscaras agradables destinadas a consumar la fantasía masculina, ni íconos perfectos y calmos como los autorretratos de Kahlo. Son muñecas construidas con pedazos y prótesis de plástico, se ven seres truncados, rotos, andróginos, de una femineidad que a la vez atrae con connotaciones casi pornográficas y repele por su crudeza. Rebelándose contra la máscara complaciente de "la femineidad", Sherman presenta, por ejemplo, en la obra que reproducimos, una imagen que mezcla lo deseable con lo desagradable; un cuerpo sexualizado y expuesto obscenamente, armado con pedazos de plástico, y a él se añade la cara de una vieja grotesca.
Esta representación ya no tiene como fin enmascarar la manipulación femenina mencionada por Joan Rivière, sino más bien expresar rabia y desdén ante la frecuente incomprensión de la compleja identidad de la mujer.

1 CHADWICK, WITNEY, ed. Mirror Images, Massachuettts, MIT Press, 1998.
2 Ibid., pag. 23.
3 Ibid., pag. 24.
4 RICO, ARACELI, Frida Kahlo. Fantasía de un cuerpo herido. México, Plaza y Janés, 1988.
5 KLINE, KATY, In or Out of the Picture, en Mirror Images, op. cit. pp.128 a 154, pp. 66-80


El revés de la máscara
Carlos Schaefer Gallo


En las muecas de la máscara del teatro, al encontrar el público las experiencias de su preferencia, ya sean ellas las que traducen los estados dramáticos o las situaciones reideras, mueve el termómetro del éxito, o del fracaso; pero, desconoce el revés de la careta, es decir, lo que ocurre entre bastidores.
Es otro escenario, con los mismos actores, aunque con diálogos improvisados. La acción de este espectáculo ha tenido siempre por tinglado el camarín, con asamblea desde luego limitada: intérpretes, autores, algún periodista y, a veces, entre ellos, el empresario -si es que estaba conforme con la marcha de la temporada porque, de lo contrario, se tornaba en ente invisible.
En este gabinete experimental, quedan al desnudo los temperamentos, sucediéndose un desfile constante, con despliegue de los banderines de la egolatría, del desengaño, del rencor, de la petulancia y. también, de la esperanza, acompañado con música de auto-bombos y chirimías de burla, sin que falten clarinadas de sucesos imprevistos.
En este laboratorio de análisis, se dan los diagnósticos para extender certificados de simpatía, de admiración y de aplauso y, al mismo tiempo, pasaportes de competencia y testimonios de nulidad; procedimientos éstos que, generalmente, escapan de entre las cuatro laterales de ese cubo de resonancia para trascender a las tertulias de café pero, muy raras veces, al hombre de la calle.


Diálogo con una muerta
María Judith Molinari

Curiosamente, ella iba a mi lado. Escudriñé su rostro sonriente en el espejo del auto donde viajábamos las dos. Juzgué prudente afrontar el diálogo.
El viaje se presentaba normal en medio de montañas y precipicios. Me aturdía, con cierta repugnancia física, la altura. Sentí un malestar, luego náuseas y una gran incomodidad que debí dominar. A mi lado iba la muerta, me hablaba como si estuviera viva, por eso escudriñé con fuerte osadía su rostro que, a su vez, se reflejaba en el espejo.
Me obligué a comprender la índole del sueño y preferí seguir soñando. Hacía una semana que había muerto, aunque aquella cara pálida me siguiera hablando, todavía, con las energías dominantes de la tierra. Ese pedazo de vida que aún le quedaba, que parecía no estar muerto del todo, me hacía sentir momentos de piedad por ella, que siempre estuvo dotada de facultades valiosas, facultades ahora apagadas para siempre.
Luego, antes de que me azotara la pesadilla, y dejando a un lado la idea de que estaba muerta, me dirigí a ella en medio de la lluvia que empezó a caer con fuerza y le dije:
-Háblame de ti, de tu vida -así trataba de no hacerle ver que realmente estaba en el otro mundo.
-Nuestras muertes -me respondió- varían según el caso: unos mueren naturalmente, otros mueren por ignorantes y, la mayoría, por enfermedad. Yo, particularmente, me he beneficiado con la muerte súbita; aquí nadie puede mentir su propia naturaleza. Los que están en la tierra viven disfrazados, con múltiples caretas; no hablo de las que usan los colmeneros para defenderse de las picaduras de las abejas, ni de las que llevan los esgrimistas, ni de los que hacen teatro en serio, es decir, los artistas: hablo de los que tienen caras de cartón, de tela y de otras cosas que esconden su personalidad verdadera. De los que encubren lo que piensan, de los que falsean las apariencias.
-Pero díme, ¿estás muerta, no es cierto?
-Sí, claro. Pero recién acabo de llegar a la muerte. Me estoy adaptando. Estoy tomándome el tiempo necesario para saber quién soy: el tiempo del no tiempo. Los venecianos que celebraban el carnaval no son juzgados por nadie porque en el siglo XVIII y el XIX usaban esos atavíos para hacernos reír: como ellos, otros pasarán de largo, sin correr riesgos por el uso de las caretas.
Yo la escuchaba sin pestañear, mientras ella sacaba un aparatito parecido a los radares que le informaba cuanto ocurría alrededor, preservándola de la inseguridad tan presente en la tierra, que ella también había vivido.
-No puedo entender -le dije- yo estoy segura que asistí a tu velorio y, realmente, te vi muerta. Me resultan insólitas tus palabras -agregué.
-Pero ¿no ves tú que ahora me manejo hablando con el alma solamente? Y al alma sólo la atrapan los poetas.

   
  GRUPO NÉMESIS - Buenos Aires - Argentina