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Noche, sangre, niebla
Noche, sangre, niebla: palabras sugerentes que evocan momentos terribles tanto en el mundo real como en el mundo de la mente. Los creadores exploran las sombras en un vasto espectro que va desde los asesinos seriales y los desaparecidos hasta las pesadillas de mujeres comunes.


Índice

Leonor Calvera. La fuerza de las palabras
Martín Andrade. Eterna
Malena Gainza. 27/07/1970
Carlos Barbarito. Hay un pasado
Mirta Henault. Ante el tribunal
Susana Cattaneo. Con cuánta impiadosa ternura
Gustavo Tisocco. Sangre sobre los prados
Luisa Valenzuela. Como en la guerra
María del Carmen Suárez. La noche de Leopoldo Presas
Yolí Fidanza. Regreso
Fernanda Gil Lozano. Asesinos/cazadores nocturnos
Tres poemas. Beatriz Schaefer Peña
Rolando Revagliatti.. The fog
Francisco Squeo Acuña. Cantora de piedra talampayera
Solana Peña Lasalle. Todos los días
Humberto Acciarressi. Jack, Londres, Buenos Aires o
la historia destripada.
Marta J: V: Rocha. Mensaje
María Judith Molinari. Duelo en la bruma
Oscar Portela. La hora de los fantasmas
Carlos Kuraiem. El cuello de la noche
Mercedes Naveiro. Noche y niebla
Yadi María Henao. Atentado contra la muerte
Patricia Verón. El desorden de lo azul
Anahí Lazzaeoni Huesos-Huesos
Julián del Campo. Kryptos
Silvia Fanatozzi Luna de barro
Patricia Maldonado. Las noches de Juana
María Elena Rocchio. El ocupante
Germán Czepurka. Iteraciones
Manuel Munilla. Me perdí en una noche clara
Susna Fernández Sachaos. Noir brouillard rouge

Coordinación general:
Leonor Calvera - Beatriz Schaefer Peña
Ilustraciones:
Mariano Gómez







La fuerza de las palabras
Leonor Calvera


Las palabras denominan, definen, comunican; son las portadoras de ideas, de imágenes, de sentimientos, de situaciones. Su alto valor simbólico las ha convertido en vehículo privilegiado del alma, la voluntad, la inteligencia; por ello, quizá habría que decir, parafraseando a Heidegger, que las palabras son la morada del ser.
El sonido de las palabras, así como su expresión escrita, aparece en numerosos casos relacionado con las facultades mágicas: no se debe pronunciar el verdadero nombre de Dios, se puede sanar o dañar o crear mediante el uso de ciertas palabras. Si bien carece de esa fuerza de "poder" que hasta puede invocar espíritus, el habla cotidiana conserva, sin embargo, fuertes trazos evocativos. Palabras como "amor", "paz" o "madre" despiertan una gama de sentimientos que predispone a la bonanza, la dulzura, la quietud. En cambio, existen otras que suelen suscitar ciertos temores porque apuntan en el sentido de las cosas que tenemos olvidadas, que no queremos reconocer. Noche, sangre y niebla sin duda son sustantivos que nos ponen en contacto con esa parte de la psiquis humana que preferimos mantener oculta, que no nos atrevemos ni siquiera a mencionar, pero que acaba estallando bajo formas violentas de agresión e intolerancia. Sólo conociendo la otra cara de la luna, ese lado oscuro que la cultura se empeña en callar a favor de una liviandad peligrosa, podremos armonizarnos de modo tal que transitemos sin miedo nuestras sombras y las ajenas para llegar a la plenitud del ser.

De la noche

Santa, inefable, misteriosa noche.
Novalis

La noche, amiga de los poetas y los enamorados, pero también de los asesinos, ha sido considerada en algunas grandes mitologías históricas, como la griega, la que dio origen a los dioses y el tiempo, a las estrellas y demás cuerpos celestes. Es el periodo de gestación, de germinar, de lo que todavía no ha aparecido a la luz del día, de lo que se halla en el interior de la tierra. La noche, que precedió a la creación, es también quien ha engendrado el sueño y la muerte.
La noche borra las fronteras entre las cosas, hermana al hombre y su entorno, por eso la teología mística simbolizará en la noche la abolición del conocimiento distintivo, analítico, ese conocimiento que juzga y separa. San Juan de la Cruz, al unir su alma con el Ser divino exclamará: "¡Oh noche que juntaste / amado con amada / amada en el amado transformada!". Porque la noche es el vacío de lo expresable, la oscuridad que contiene todos los colores, allí donde el místico encontrará la purificación de los deseos egoístas, del intelecto cerrado sobre sí mismo, de la dualidad a que nos condena el mundo que habitamos.
En el interior de la psiquis humana, la noche representa el inconsciente arquetípico del que brotan todas las imágenes; y es en el sueño donde esas ideas se liberan en su doble aspecto: como pesadillas, habitáculo de monstruos, fuente de angustia y temor y como el lugar donde fermenta la luz, donde se prepara el día. Por ello, en las religiones de sesgo lunar, noche y día no quedan enfrentados como antinomias sino que uno sucede a la otra en un devenir fluido, complementario y totalizador.

De la sangre

Yo soy la única que puede transmitir la sangre…
Palabras de una mujer ashanti

Así como la noche es el caos inicial, el estadio que precedió a la creación, la sangre constituye el vehículo de la vida -recordemos que la etimología de Adán es "barro animado por la sangre"-. En algunos casos no sólo constituye la fuerza vital sino que transmite también el alma
"Lazos de sangre", la "hermandad de la sangre": una y otra vez la sangre ha servido como medio de unión permanente, de fidelidad y entrega a un cuerpo colectivo donde se subsume lo personal. En consonancia con esto, desde tiempos remotos se ha rodeado a la sangre de ritos y tabúes. Se regula la sangre que se vierte en el sacrificio, la sangre que se vierte en la guerra, la sangre de los heridos. Pero, sobre todo, se regula y teme la sangre de la mujer.
La sangre menstrual ha causado siempre un inmenso pavor unido a las mayores confusiones. Se optó entonces por aislar, encerrar y someter a confinamiento a quien sufría este trance, muchas veces asociado a un estado de impureza, de suciedad. Ni siquiera debía mencionarse el fenómeno por su nombre real: en la India se decía que la mujer menstruante "portaba la flor", el Levítico también alude a "las flores" femeninas, en tanto en algunas culturas se la denominó la "sangre sabia". Todavía en la actualidad, se suele eludir su nombre real, aludiendo a la menstruación con metáforas más o menos ridículas.
Sin embargo, el rasgo más característico de la sangre en general, y de la sangre de los menstruos en particular, es su poder mágico. El "rojo vino sobrenatural" de las Grandes Diosas se suponía que mantenía vivo a los dioses. La reina de las hadas, Mab, lo daba de beber a los héroes para transmitirles su espíritu soberano. Y algo similar ocurre con la sangre de Cristo transustanciada en la misa.
Los poderes de sanación y daño de la sangre también han sido ampliamente reconocidos: desde la bebida de inmortalidad del Grial hasta la afirmación de los médicos medievales de que la sangre menstrual de una joven podía curar la lepra u obrar como afrodisíaco. La utilización de la sangre en pócimas, filtros, ungüentos y tisanas ha formado siempre parte de la farmacopea popular para provocar el amor o suprimirlo, para estimular el deseo o cortarlo, para atraer la suerte o la desgracia.
El poder de la menstruación femenina llegó a tanto que, durante las grandes persecuciones de brujas de la Edad Media y el Renacimiento, uno de los argumentos que se emplearon a menudo era que las mujeres post-menopáusicas, al no derramar ya su "sangre de vida", ésta quedaba retenida en su torrente sanguíneo, convirtiéndolas en personas mágicas. Quizá esta no sea una idea del pasado. A pesar de los avances científicos, la atracción por el simbolismo de la sangre, los menstruos, la magia y el sacrificio no ha cesado, volviendo a aparecer en forma negativa o positiva una y otra vez.

De la niebla


Y Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa
Éxodo. 19.9

Nube de condensación diversa que desciende a la tierra, la niebla difumina, vela, confunde los contornos. Los dioses y héroes celestes siempre han recurrido al ardid de envolverse en ella para no aterrar la vista de los mortales, para no turbar su entendimiento.
Lo cierto es que la niebla implica lo opuesto a la glorificación de la mirada que forma uno de los pilares de nuestra cultura; en su seno lo táctil, el oído, aparecen potenciados en tanto la vista suministra formas engañosas, torciendo distancias y mezclando matices en un color uniforme. Por ello, la niebla simboliza lo indeterminado, lo transitorio de un periodo entre dos estados, el desorden previo a la creación.
La alteración de los datos corrientes, la confusión de imágenes que produce la niebla la vuelve el sitio privilegiado del refugio clandestino, de aquel que pretende pasar inadvertido. En su misterio y su blandura acoge tanto al asesino que acecha como a su víctima potencial. La literatura y los informes policiales dan abundante cuenta de que nadie, excepto los protagonistas, advierte lo que puede ocurrir en medio de este extraño vapor suspendido en el aire.
La niebla y la noche unidas a lo político han cobrado una triste fama ya que le dieron su nombre a quienes no lo tienen: los NN. El decreto emitido por Hitler en 1941 que llevó el nombre de Nacht und Nebel ("Noche y niebla") sirvió desde entonces para denominar NN a todos aquellos desaparecidos en zonas de horror y espanto. NN: las personas que no tienen nombre porque el sistema de poder se los niega. NN: aquellos que no tienen nombre porque son los desheredados de una sociedad asesina a quien no le importa si viven o mueren.


Eterna
Martín Andrade

Nada existía. Solamente la inmovilidad, el silencio,
en las tinieblas, en la noche.
Popul-Vuh. 2

Antes de los dioses
cuando no había una palabra
para nombrar la nada y el silencio
se escuchaba a sí mismo,
antes del grandioso estallido que
engendró tiempo, espacio
y las constelaciones,
antes del agua
y de ese crujido en el barro
del que surgió el pensamiento,
antes de todo,
sólo estaba ella, la Noche.


27-07-1970

Malena Gainza


Noche, sangre, niebla…apenas tres palabras y se abre en mí una compuerta invisible a los ojos del mundo. Una vez más, palabras antojadizas, ajenas a mi voluntad, conjuran a la luz la pena antigua.
Noche, sangre, niebla (o quizás sol, leche tibieza)…y surge del olvido -que no es tal- el recuerdo de algo que nunca fue, de un futuro imperfecto, pretérito indefinido, participio pasivo, presente pluscuamperfecto para mí. Durante medio año, a mis veintiuno.
Veo el rostro sin rasgos de un ángel sin edad, tan mío y tan ajeno, presencia de una ausencia que es y no es. ¿Cómo llamar a quien no tiene nombre, acariciar al que no tiene cuerpo, abrazar a quien nunca vi siquiera en fotografía?
Se refugió en mí, ciento ochenta días y ciento ochenta noches. Entretejiendo sueños y esperanzas, crecimos ambos. Lo cuidé tanto; me dijeron que lo perdí. Una partida de defunción bautizó N. N. a mi niño que no nació, a ese ser tan vivo dentro mío que llegó muerto a la vida, cruel paradoja. Poquita cosa para la burocracia humana, mi hijo, mi sueño.
Noche, sangre, niebla…Revivo el dolor de la carne desafiando el dolor del alma, sabiendo que paría la muerte…aquella niebla confusa de la anestesia regalándome su noche clemente…Lágrimas, sangre, leche, ¿para qué?
Sangra hoy mi alma, como cuando di a luz la noche. Clamo por la niebla del olvido. Que al conjuro de tres imprevisibles palabras, no duela más mi antigua pena muda.


Hay un pasado…
Carlos Barbarito

Hay un pasado que no se disipa en el presente,
allí inmóvil y ciego, en lo profundo
de un vientre anónimo, espero;
en él no hay árbol ni mar ni nada.
Hay un pasado que resurge
me sorprende y me abruma
cada vez que es de noche y se hace tarde
y, antes de llegar a la casa,
la última lámpara se apaga.

Ante el tribunal
Mirta Henault


Me presento ante ustedes, Señores de inmaculadas camisas y trajes negros como alas de cuervo. No me conocen: quién puede conocer a quién. Pero algo han escuchado, el proceso ha sido largo. Largo como las noches de niebla en esta tierra de cocodrilos pegada al mar.
Soy Medea, la que un día ocupó un lugar en el banquete del palacio del Rey. Mi piel es oscura y mis ojos sospechosos de saber. Me dicen hechicera porque recojo hierbas y mitigo dolores en los hombres y ayudo a las mujeres a parir. A ellos no les gusta mi lengua.
No vengo a defenderme. Ya me han condenado: la cuchilla del verdugo aguarda. Mi sangre empapará la tierra donde ustedes han nacido. No yo.
Jamás volveré a ver el sol ni la lluvia. El mundo es para mí un calabozo oscuro y las ratas mastican los huesos de mis pies.
No solicito perdón, tampoco piedad. Hombres de este tribunal, sólo pido que se conozca mi verdad. Voy a denunciar al otro. En esta sala guarda silencio, pero estuvo entre mis acusadores. Ahora esconde su miedo tras una máscara de inocencia. Jasón, espero ver tus ojos antes de morir.
Señores del Tribunal: miren ahora a la extranjera. Ya no hay niebla. La luz de las lámparas me desnuda. En un mes el pelo se me ha vuelto blanco, mis mejillas se han hundido, estoy casi ciega y apenas puedo andar. Pero soy Medea, la misma que mil veces desearon los soldados por la calle, a la que querían en sus camas para penetrarla. Me reía al mirarlos. Y lo sabían.

Conozco secretos. Casi sin querer, de a poco fui conociendo la vida del palacio. Envidias, odios nuevos y rencores añejos. Sobre todo deseos de poder, o temor a perderlo, en los esbirros y funcionarios del Rey. Todo apenas disimulado bajo la piel clara y los buenos modales.
En las mujeres miedo. Miedo de ser y de no ser. Miedo de la sangre con la luna y miedo a la luna sin sangre. La Reina esconde un secreto. Yo lo sé o lo sospecho con sólo mirar en su cara los ojos rojos de llantos reprimidos.

Me acusan de haber matado a mi hermano. ¡Mentira! Yo vi cuando el verdugo cortó su cuello por orden de mi padre. Todavía escucho sus gritos de ciervo herido en la oscuridad de la noche. ¡Mi pobre hermanito!, el heredero del trono. Yo necesitaba huir de la niebla y del brillo de los cuchillos. El ambicioso Jasón me trajo a esta tierra extranjera. Deseaba mi cuerpo y el Vellocino de Oro que arrastraba el río.
Jasón, el necio creyó atarme a su cintura para usarme a su antojo. Como creyó llegar a la gloria casándose con la triste hija del Rey.
Y entonces me echaron del palacio, me arrojaron a las miradas y palabras sucias de los soldados en la calle. Me alejaron de mis hijos. Mis niños queridos a quien adoro más que a nadie en el mundo. Los hijos de la extranjera. De la mujer de piel oscura y ojos transparentes que junta hierbas para curar heridas. ¡Medea no lo iba a tolerar!

Encontraron el cadáver de la pobre princesa en el pozo de agua de los sirvientes del palacio. "¡Medea lo mató!", gritaron a coro los serviles.
¡No, Señores del Tribunal! Señores del Tribunal que ya me han condenado. Sólo les pido un poco de silencio. Quiero que escuchen mis palabras. Quiero que escuchen hasta el final. ¡Yo no la maté! ¿Cómo iba a matar a esa pobre niña enferma a quien trataba de curar con mis palabras de cariño y consuelo, con mis hierbas y mis caricias?
Yo, Medea, la extranjera, lo vi. Vi cuando la pobra y triste princesa corrió hasta el pozo y se arrojó a sus aguas negras. Las mujeres que la custodiaban no pudieron detenerla. Pero callaron. Sellaron sus labios por temor a la verdad. Entonces los funcionarios chillaron: "¡Medea la mató! Medea por celos la mató. Medea conoce el gusto de la sangre. Medea, la hechicera, no es de nuestro pueblo. No debe pisar nuestra tierra."
La muerte es nada…un salto oscuro y la nada… En cambio la vida, mi vida, es el infierno, el infierno de las esperanzas perdidas…para siempre. El infierno es no poder mirarse en el espejo ni poder pronunciar su nombre sin espanto.

Mis hijos, mis niños, ahora solos en el palacio helado. ¿Qué será de ellos sin su madre? Sobre ellos caerá la sombra envenenada de su madre envuelta en la niebla del exilio, de la ausencia total, y la mancha sangrienta de una mentira grande como el rencor de un padre frustrado.

Medea no podía tolerar el sufrimiento de sus hijos.
El alimento es vida, pero también puede ser muerte. Una muerte apacible y exquisita. El alimento que di a mis hijos fue el de la muerte apacible y exquisita. Los encontrarán sonrientes, tan lejos del dolor como nunca lo hubieran podido estar en la palacio helado, en compañía de Jasón, su padre. Pronto les haré compañía y dormiremos juntos.
Señores del Tribunal: ya saben mi verdad. Yo, Medea, he matado a mis hijos. Apuren la sentencia. Llamen al verdugo. Mi sangre nutrirá los campos de Corinto.


Sangre sobre los prados…
Gustavo Tisocco


Sangre sobre los prados del otoño,
sobre la muerte ajena
que no es casual, sobre mi vértigo.
Sangre en los labios, en el cuello
de la estatua inerte y en el mío,
en el sudor, en la almohada.
Caliente licor que embriaga esta irrealidad
de ser reptil,
monstruo,
abismo.
Sangre sobre la noche,
la roja noche
que cicatriza candados…

 


Con cuánta impiadosa ternura…
Susana Cattaneo


Con cuánta impiadosa ternura
la desazón recorre calles
transitadas de oscuro.
Caminan tinieblas sobre apariciones
de barcos misteriosos y puertos escondidos.
Cerca del invierno, a veces,
sobre el muelle danza una mujer,
un encantamiento, una sombra.
Los pescadores dicen verla las noches sin luna.
Antes -siempre-,
aparece la figura de un gato de Bubastis.


Como en la guerra (Fragmento)
Luisa Valenzuela


El recorte de "La Vanguardia" de Barcelona dice así:

UN BANDERILLERO PRUEBA SU VALENTÍA CORTÁNDOSE LAS VENAS
HUYÓ DEL HOSPITAL CUANDO OYÓ LA PALABRA POLICÍA Y FUE DETENIDO
POR LA BIC POCO DESPUÉS

rápidamente retomo las tijeras, recorto, retrocedo con renovadas furias hasta el epicentro crucial de mi cerebro, reconozco ríos, regueros rojos como la roja sangre que corre cerebro adentro, que me inunda canalizada y cálida. empiezo pues a comprender la empinada espiral que conduce mi cuerpo por el caudaloso torrente de mis venas y sigo también otro hilo de sangre, el del imbécil. el invencible imbécil ahora vuelto invisible por obra y gracia y bonhomía de un desdoblamiento. a ella la reconozco en el dibujo que ilustra la página del diario, a ella soy capaz de reconocerla en cualquier parte aunque se trate de una imagen muy borrosa y más bien indiferente. sé que ella está en mí, me basta reconocer mis hilos más vitales para encontrarla a la vuelta de una arteria, en el recóndito codo del colon ascendente. cada pedacito interno de mi cuerpo la desdobla y conforma, cada partícula-yo tiene nombre de ella a pesar de esa extraña contingencia que la vuelve a ella innominada y única, al menos para mí y es lo que a mí me importa (comporta) muchos kilos de carne condensada, la masa que soy yo, diré sesenta y nueve kilos, buena cantidad de carne delimitada por una piel porosa que no por eso se escapa de los poros, respeta las tangentes y no adopta las formas arbitrarias que muy bien podrían esperarse de una piel más elástica y menos circunspecta.
es decir, heme aquí: ni muy bajo ni alto, ni gordo ni delgado, ni vehemente ni ciego ni tonto ni perezoso ni muy feo ni buen mozo más bien algo extraviado y no siempre creativo. ese soy yo a pesar de haber dado mis señas en alguna otra parte, a pesar de querer tomar más consistencia y de intentar delimitarme en tiempo y en espacio. no es fácil saber quién se es, y si se es, menos fácil resulta completar a los otros tratando de integrarlos a la cosmogonía doméstica que llevamos dentro, ella está acá y acá y acá (señalando regiones de mi cuerpo y espacios invisibles). ella está en la noticia de este diario no sólo por el nombre de una calle sino también porque reconozco su obra y su sed insaciable. si no se ha bebido hasta la última gota de esa sangre de imbécil creo que podré seguir su derrotero, internarme por la huella que ha dejado el reguero de sangre y volver con el olfato a su guarida.

me he quedado ciego de esa manera extraña que significa: los ojos ya no me sirven más para encontrarla, los ojos no me llevan a su puerta. ahora ven la vida de los otros, se han enceguecido de puro conformistas y recorren unas calles atestadas de gente que no escucha, se detienen en una plazoleta encerradas entre casas de seis pisos con una fuente sucia una palmeras y un poquito de verde polvoriento para dar ilusión y eso no es todo.
yo sé que con estos ojos míos, estos ojos de mierda ya no llegaré hasta ella y de todos modos ¿qué? Tengo otros radares me guío por otras fuentes de luz, aquellas que no irritan el nervio óptico. todo nervio yo nervio todonervio salgo en pos de ese hilo conductor que me llevará a su casa: el reguero de sangre.
(y el día que pierda los dones del olfato recurriré al tacto, al oído, al gusto, lameré las paredes hasta llegar a ella y el día que pierda el poder de mis cinco sentido inventaré otros nuevos y el día cuando los nuevos no me basten, el día que sin ojos sin lenguas ni orejas ni piel ni pituitarias me arrastre -si me arrastro- me estire -si es que puedo estirarme- me deshaga y no olvide, ese día también llegaré a ella no por cuestiones de amor ni esas pamplinas sino por ser lo que soy a pesar de haberme desintegrado plenamente.
habrá una noche y esa noche será. habrá algo tan terrible en esa noche por su sola condición de noche, su verdad pavorosa, yo de noches entiendo muy poquito y le preguntaré a ella cuando la encuentre -si la encuentro- qué es la noche. la noche es una caja azogada, la noche es otro país, no son definiciones lo que busco, es la explicación total y sólo ella puede hablarme sin hablar y dármela sin siquiera mencionar su nombre. a la fauna de la noche sólo se le ven los ojos, ojos siempre verdes, un verde de profundidad de mar, ginecológico. ella lo sabe todo y yo no tengo por qué perderla a la vuelta de un gesto, en algún rincón donde hacen sus nidos las aves del desastre, desdentadas y voraces, plegables para ser llevadas en el bolsillo interior de la chaqueta.

me está creciendo un punto de dolor sobre la sien izquierda, es el tiro de gracia que ella me ha pegado un martes a medianoche, un balazo de acción retardada que ahora empieza a viajar por mi cabeza. pegajoso dolor es una especie de última esperanza a la que me aferro antes de largar a mis sabuesos internos en su busca por miedo a aventurarme por pasajes secretos que quizá ni siquiera me conduzcan a ella. pero ese imbécil que se abrió las venas para probar su hombría (como si el fluir externo de la sangre fuera cosa de hombres) sólo pudo haber sido instigado por la voracidad de ella. veo la obra de su mano aunque no haya sido propiamente la que rompió la botella para cortar las venas (no siempre las manos del verdugo figuran en la historia; no siempre las manos que ejecutan son las causantes reales del mal o del bochorno, no siempre se es lo que se desea ser ni lo que más se necesita. si lo dudan, heme aquí de ejemplo y pueden ponerme a disecar dentro de un libro para después mostrarme en clases de moral o de conducta extraña. yo profesor no me niego a verme rebajado a la condición inferior de testimonio siempre que sea con fines didácticos). fue con fines didácticos, precisamente, que inicié mi relación de estos hechos y ahora estoy dispuesto a sacrificar mi esencia, mi más o menos pálida existencia para entrar en la creación a cuatro patas y el hocico bien hundido hasta la soldadura que lo une al cuello y a las demás instancias de mí mismo. Tengo un dolor de esos lacerantes que sólo un teclear calma al segundo, un tableteo sutil y acompasado que sólo puede provenir de las ocultas ametralladoras que siempre nos apunta (¿siempre? ¿siempre? ¿no habrá un momento en que bajen la guardia? ¿no será ese el instante en que empezamos a girar enceguecidos sin saber dónde estamos, ni de dónde venimos ni para dónde vamos? muchas veces, claro, aspiro a la libertad absoluta de no estar bajo la mira, pero las más de las veces la libertad me asusta y ya no ando tan seguro de mí mismo).

La noche de Leopoldo Presas
María del Carmen Suárez


Mujeres brillantes,
mujeres opacas;
otras azules y distantes
siempre el cuerpo
encrucijada,
páramo y hoguera.

De sus manos
ellas saltan a la noche,
a la niebla.
Enigmáticas,
están en su sueño,
en su sangre
como la flor del pensamiento,
ese pensamiento oscurísimo
que conservo como un cuadro.

En su noche,
en su niebla
están ellas,
esas poderosas
madres ocultas y solas.
Y ese secreto escondido
en los filamentos amarillos
de la flor negra del pensamiento.



Regreso
Yolí Fidanza

Cuando vuelva esta noche seré
la mujer con el vestido rojo
Cesare Pavese

Alquimia de la noche.
Murmullo en playa de silencio.
Secuencia entre las sombras y la luz.
sepia la imagen de retrato viejo
y ese color de herida sin remedio.

Escena onírica. ¿Es ella
protagonista de novelesco romance
partenaire de una ausencia
pecadora sin castigo ni culpa?

¿Es ella quien una lágrima enjuga,
la misma que se esmera ante el espejo
sonríe a una memoria,
con aroma de jazmín se perfuma,
elige la ropa en el armario y se viste
-como entonces- de rojo?

La noche urde el engaño.
Una mujer regresa.
Con el mismo vestido de ayer,
la llama viva.
Con el mismo vestido de hoy,
la última llama.



Asesinos-cazadores nocturnos
Fernanda Gil Lozano


Penetrar la mente de un asesino "serial" es un viaje alucinante. La racionalidad hace agua para encontrar las causas, orígenes y motivos que tiene este tipo de experiencias. Estos actos involucran, en la mayoría de los casos, torturas, sodomías, descuartizamiento de cadáveres, canibalismo y vampirismo. Qué oscuro placer late en los humanos para que emerja sin aviso en algunos sujetos, casi para recordarnos la antigua naturaleza cazadora donde placeres y necesidades se mezclaban sin que preocupara demasiado esta asociación.
Es evidente que esto no sólo puede aplicarse al género humano sino también a los animales y, en particular, al animal feroz, que no mata sólo para comer sino también por placer.
En el acto de succionar la sangre caliente de su víctima y sentir la carne palpitante de su presa, seguramente hay algo más que una mera toma de aliento. Antes de dar el mordisco letal que abre paso al placer devorador, éste se pone en situación a través de la caza. Cuando el gato juega con el ratón, el felino se deleita alargando el juego previo de la muerte y la comida. En el caso de los seres humanos, estos componentes se han ido disociando a lo largo de su evolución y se presentan por separado. Este fenómeno es manifiesto en la fiebre de la caza, la sexualidad y en la necesidad de comer.
En el caso de los asesinos perversos, estos componentes individuales convergen en una comunión ceremonial horrorosa y atávica, razón por la cual los criminales impulsivos también han sido clasificados de vampiros o monstruos. En nuestra primera historia, ya existieron restos de homínidos prehistóricos con marcas de dientes humanos. Posiblemente estos rituales antropofágicos fueron una parte constitutiva universal del desarrollo humano. Lógicamente, esta ritualidad era social y hacía a la cohesión del grupo. Se realizaba durante el día y a la vista de todos. No había espectadores; todos participaban. Actualmente, clasificamos esta "ritualidad" como conducta oculta, que separa a ese sujeto del resto del grupo: es un acto en soledad, escondido.
Psicólogos, psiquiatras, antropólogos, todos intentan explicar, establecer reglas para estos sujetos catalogados como "atípicos". Sin embargo, ni el cerebro, ni la niñez de estos sujetos, ni la biología lograron establecer patrones para prevenir o anticipar estas conductas.
Si partimos de la idea de que, como animales, tenemos algún resabio de este placer antiguo. Que está presente en nosotros mismos y que rige además el ciclo de la vida y de la muerte, no debe sorprender a nadie que estos monstruos ejerzan una gran fuerza de sugestión y que todavía aparezcan entre nosotros. Precisamente, la típica combinación de lo real y lo irreal, del fatal atavismo de la naturaleza y superhombre, propician que estos monstruos sean una proyección de los impulsos y los anhelos propios. La violencia devoradora que habita nuestra parte oscura, la que nos hace comer a nuestra madre con mucho placer desde pequeños, la que nos motiva a disfrutar con el dolor de otros, pero que también nos permite ejercer profesiones como algunas especialidades médicas (cirujanos, dentistas) y ser artistas, esa violencia exige un tratamiento diferencial a las categorías ético-morales que intentaron explicarla. Sin duda dentro de cada uno de nosotros existe una fuerza devoradora implacable que puede ser activada, o bien al servicio de nobles fines, o bien para vengarse de nuestro olvido.


Tres poemas de la oscuridad
Beatríz Schaefer Peña


Misión del lobo

Estoy triste en la noche
de colmillos de lobo.

Alejandra Pizarnik


Irrumpe
en la inclemencia
de la noche
y cierra el horizonte,
aún herido de luz,
cercándome con ulular
y estrellas.
Percibo su colmillo,
tendido en acechanzas
que me inducen
a la última aventura,
ese recóndito deseo.
Entonces
pulso la sangre
de su avidez
y me someto
para ser, desde él,
este implacable aullido.


Buenos Aires, 1992


La urgencia

(*Albert De Salvo -Cárcel de Walpole- 1965)

No fue mi culpa,
ni siquiera la culpa de esta mano
que silenció el susurro:
pálida brisa en medio de la noche.
No fue mi culpa.
Su cuello me ofrecía
la curvatura dócil de ese tallo
que yo quise arrancar:
Niebla quebrada entre mis dedos,
tersura del invierno.
No fue mi culpa. No.
Tal vez la luna,
con su paisaje inmóvil,
me despertó las ansias más profundas,
el deseo feroz, la luz prohibida.
Pero fue esa cabeza,
pendiendo del cordón de seda,
la desgajada flor que aún reverdece
en este encierro.


" Albert De Salvo, más conocido como "el estrangulador de Boston"


Hannibal

La bocca sollevó dal fiero pasto
quel peccator, forbendola a capella
dal capo ch'elli avea di retro guasto.

Inferno. Canto XXXIII


Todos piden clemencia
desde el tibio secreto de la sangre-
Todos piden clemencia en el instane
donde el hambre se abisma.
Y cada trozo, cada pequeño espacio
de los cuerpos,
se dispersa en lo exquisito
sobre la mesa vacía de este corazón.
Todos piden clemencia en la caricia
que se vuelve dentellada
y ensancha el nombre de la noche
con alas de pesadilla.

Pero nada igualable a la cabeza;
apresar ese cuenco sin luz en los despojos
hurgando en su memoria.
en ese mapa gris diluido entre mis labios.

Todo es culpa. Nada es remordimiento.


Cantora de piedra talampayera o Potencia de las Tinieblas
Francisco Squeo Acuña


Salió Teodomira con su charango en medio del humo de la Aguadita de Los Perales. Luego de pasar por Olpas siguió rumbo al dique de Anzulón para ver al ingeniero que la había llenado de huesitos* mientras el agua levantaba figuras pampanini y el aire las estrujaba.
Los árboles cambiaban de rostro al anochecer en los Llanos de La Rioja cuando llegó a Chamical donde por fin encontró al ingeniero. Éste alcanzó a ver el nacimiento de su hijo y al poco tiempo murió en la ruta. El Dodge ensangrentado del accidente fue remolcado hasta la casita para que sirviera de gran juguete a la criatura.
Teodomira tenía diversas cualidades, entre ellas la ternura para el canto, con el cual acabó por engatusar al domador del circo.
Un día lo empachó con empanaditas asadas, vino de Chañarmuyo y grapa de Campanas -que había dejado el finado- junto con sus encantos que no ofrecía de años. Cuando comprobó que roncaba como una motocicleta, le sacó las llaves y se dirigió al circo. Allí quería amanecer; en la jaula de los leones abrió los candados y después, con una soga larga, soltó a los animales. Los dos leones y la leona saltaron a tierra con aire de turco en la neblina y rumbearon al monte cerca de Polco. La Cantora volvió a la casa, guardó las llaves y se acurrucó junto al domador.
Días después se supo que un león había atacado a una turista, vestida con un tapado de cordero. Teodomira, que sabía curar, atendió a la víctima que tenía el tapado ensangrentado. Por último, la forastera murió por las heridas, dejando su tapado ensangrentado como pago.

Cuando se embriagaba, la Cantora se ponía el tapado, y se metía dentro el Dodge donde cantaba vidalas, chayas, taquiraris, serenatas y coplas:

Los naranjos del cerro
no dan naranjas
pero dan azahares
que son esperanzas.

En el asiento delantero del auto, donde estaba la sangre reseca, su hijo lloraba.

* Expresión coloquial para referirse a que una mujer ha quedado embarazada.


The Fog
Rolando Revagliatti


La niebla

las palabras son:
"la niebla"

las palabras de la niebla son:
"la venganza y el resarcimiento".

Aun cuando un banco de niebla
lo haya sido de sangre
se invoca la disipación.

Y que no vuelva por nosotros.


Todos los días
Solana Peña Lasalle


Todos los días
pensar la muerte
amanecer
junto a la sangre
de las cosas.
Todos los días
vivir en la calesita
sin sortija
juntando en ambas manos
racimos de hielo
Todos los días.

Para qué esperar
si se pulveriza el fuego.
Para qué esperar
a quien se lleva dentro.

 

Jack, Londres, Buenos Aires o la historia destripada
Humberto Acciarressi

Era una noche de extraordinarias tinieblas; en este humilde barrio
de Londres, cualquiera que fuese la noche,
luminosa o oscura, tranquila o tempestuosa.

Thomas de Quincey

En muchas ocasiones, la estadística se viste de luto. Allá por 1970, Ted Bundy, en un macabro periplo por dies estados norteamericanos, asesinó -según confesó mientras esperaba la ejecución en la galería de la muerte- a unas cuatrocientas mujeres. Unas tres décadas antes, Albert Fish llegó a los dos centenares de crímenes de chicos en Nueva Cork, al mismo tiempo que en Illinois. H. H. Mudgett perdía en la estadística con "sólo" cien asesinatos. Estos tres casos son apenas una ínfima muestra de la populosa criminalística de los Estados Unidos, con varios centenares de asesinos seriales, casi ninguno de los cuales baja de diez muertes. Inglaterra, Francia, Rusia, Alemania, España e Italia, también tienen lo suyo en lo referido a una cruenta historia que incluye asesinos ilustres como Landrú, o cronistas de lujo como Thomas de Quincey (Del asesinato considerado como una de las bellas artes). En ese marco de exhuberancia homicida, ríos de sangre y casos resueltos o sin resolver, cinco prostitutas asesinadas con precisión quirúrgica en un otoño victoriano en el East Ende de Londres no parecen, a simple vista, reunir las condiciones que requiere la posteridad. Pero la historia es caprichosa.
Hombre o mujer (hay quienes postulan los quehaceres de una destripadora) al asesino le bastaron las semanas que fueron desde el 31 de agosto hasta el 9 de noviembre de 1888 y un espacio no superior a lo 400 metros cuadrados, para entrar en las crónicas criminales, en las páginas de la literatura y hasta en el no siempre accesible mundo del cine. Escondido en el anonimato de la noche, oculto tras la niebla londinense, Jack el Destripador dejó un reguero de sangre menos caudaloso pero más perdurable que otros. Obviando los detalles macabros, no es ocioso remarcar ciertos hechos relacionados con el caso más famoso de la historia criminal.

La educación sentimental

Las andanzas del desconocido que se bautizó a sí mismo en una nota enviada a Scotland Yard, fueron seguidas con entusiasmo y horror por toda la sociedad británica. Atrajo la tención de George Bernard Shaw, que además de escribir sus libros se entretenía enviando cartas a los diarios. El irlandés ironizaba sobre la atención misericordiosa que despertaron las prostitutas gracias a los crímenes. "Mientras nosotros los socialdemócratas -escribió en una misiva al Star el 24 de setiembre de 1888- estamos desperdiciando nuestro tiempo en la educación, en la agitación y la organización, un genio independiente ha tomado las riendas en sus manos y, por el simple procedimiento de asesinar y destripar a cuatro mujeres, ha convertido a la Prensa en una especie de inepta de comunismo." Vale justipreciar la ironía de Shaw con la opinión de Gordon Rattray Taylor expresada en El sexo en la historia: "Las rameras eran para los victorianos lo que las brujas para los medievales."
Otro interesado en los crímenes fue Arthur Conan Doyle que, un año antes, había hecho debutar al famoso detective morfinómano y misógino Sherlock Holmes. El escritor escocés, cuyo comercio con las almas lo llevó a escribir un tratado casi olvidado sobre el espiritismo, parece haber dejado un cuento titulado Jack, el asesino de rameras, que no figura en las antologías aunque es citado por sus biógrafos. Allí dice que el criminal es un inspector de Scotland Yard que cae en la trampa de un Sherlock Colmes disfrazado de mujer. Años más tarde, el hijo de Conan Doyle, Adrian, revelaba que su padre creía que el verdadero Jack era una persona con conocimientos anatómicos (el propio escritor era médico) y que se vestía de mujer para pasar inadvertido. Es fascinante el juego de la coincidencias; día atrás, el autor de estas líneas escribió un artículo para un diario nacional titulado ¿Por qué Conan Doyle odiaba a Sherlock Holmes? Entre la publicación de aquél y la escritura de este, los cables anunciaron la culminación de un estudio inglés, que probaría que Conan Doyle asesinó a un amigo suyo, de cuya esposa fue amante, para ocultar que habían escrito juntos El perro de los Baskerville. Pero volvamos a Jack o, para decirlo con espíritu ripperólogo, vayamos por partes.

Postulantes para todos los gustos

Los candidatos a la identidad del Destripador son multitud. Desde miembros de la familia real hasta matarifes londinenses, pasando por espías rusos, abogados desquiciados, misóginos extremistas, mujeres resentidas (Hill la Destripadora es la más famosa) y asesinos de paso, que entre un país y otro se tomaron unos copetines sangrientos en Whitechapel. Entre los postulantes a tan dudoso honor, algunos estuvieron ligados a la Argentina. Valga la aclaración: en lo que respecta a Jack, nada es definitivo, todo es precario, como si se tratara de un rompecabezas que nunca termina de armarse porque siempre sobra o falta una pieza. También es cierto que los candidatos vinculados a nuestro país figuran entre los antecedentes más remotos del caso, como el del húngaro Alois Szmeredy, que según Carl Muusmann, en un estudio publicado en 1908, sostenía que había perfeccionado su arte macabro en la Argentina. O un tal Alonzo Maduro, argentino e "infundadamente sospechoso" según los especialistas Paul Begg, Martin Fido y Keith Skinner.
Pero uno de los candidatos más atractivos fue postulado por Leonard Matters en 1929, en su libro El misterio de Jack el Destripador, el primero dedicado íntegramente al criminal y un clásico durante años. Allí se lee que un brillante médico londinense llamado Stanley (ninguna fuente cita su nombre de pila) habría cometido los asesinatos de Whitechapel para vengar la muerte por sífilis de su hijo Herbert. Contagiado por Mary Kelly, la última de las víctimas de Jack y la más salvajemente mutilada. Para encontrar y asesinar a la prostituta, el doctor Stanley inició una investigación que incluyó la muerte de cuatro amigas de Mary. Luego de la última matanza -la obra de un verdadero desquiciado según las fotografías y los relatos que han quedado- el doctor habría viajado a Buenos Aires. El propio Matters, instalado en la capital argentina como redactor jefe de un periódico inglés, "pretendió haber descubierto la confesión del doctor Stanley, publicada en uno de los periódicos locales en castellano", de acuerdo a los estudiosos Colin Wilson y Robin Odell, autores de esa especie de suma que es Jack el Destripador, recapitulación y veredicto. Según Matters, un cirujano residente en Buenos Aires que había sido discípulo del doctor Stanley, fue llamdo al lecho de muerte de su profesor en un hospital. El mensaje decía:
"Apreciado señor: A solicitud de un paciente que, según dice, lo recordará usted
como el doctor Stanleu, le escribo para informarle que se encuentra en este hospital en un estado grave. Padece de cáncer y, si bien le hemos operado con éxito, han surgido complicaciones que hacen que el fin sea inevitable. El doctor Stanley quisiera verlo. Hemos dado instrucciones en la recepción para suspender todas las reglas en su caso y permitir entrar de inmediato a la sala V, donde el paciente se halla en la cama 28. Atentamente suyo. José Riche, cirujano en jefe."
Durante la visita del cirujano al agonizante, éste le habría confesado que él era Jack el Destripador y además contado con lujo de detalles la historia del hijo y sus trágicas secuelas. Hay que aclarar que durante decenas de años los especialistas trataron con bastante dureza la teoría de Matters hasta que, en 1972, el ya citado Wilson se encontraba haciendo un programa televisivo sobre el Destripador. Por esos días, el investigador recibió una carta de A. L. Lee, de Torquay, cuyo padre había trabajado en la morgue londinense en la época de los crímenes. La misiva decía:
"En 1888, papá trabajaba para el ayuntamiento de Londres, en el depósito de cadáveres de la City. Entre sus atribuciones se encontraba el recoger los cuerpos de todas las personas que morían en la City y llevarlos al depósito de cadáveres; cuando se necesitaba una investigación, él preparaba los cuerpos para la autopsia del señor Spillbury (…) Su superior inmediato era el doctor Cedric Saunders, el coroner de la City. El doctor Saunders tenía un amigo muy especial, un tal doctor Stanley, que visitaba el depósito de cadáveres una vez por semana. Cada vez que veía a papá le daba un cigarro puro. Un día llegó el doctor Stanley y, pasando frente a papá, le dijo al doctor Saunders: 'Ls putas se han apoderado de mi hijo. Me desquitaré.' Muy poco después empezaron los asesinatos. El doctor Stanley seguía visitando el depósito de cadáveres durante ese tiempo pero, tan pronto como cesaron los asesinatos, nunca más lo vieron. Papá le preguntó al doctor Saunders si el doctor Stanley regresaría. La respuesta fue que no. Cuando papá lo presionó, el doctor Saunders le dijo: 'Sí, creo que él era Jack el Destripador'. Como colofón, a principios del decenio de los veinte, un domingo, leí en el People un párrafo que decía: 'Un tal doctor Stanley, de quien se cree que fue Jack el Destripador, ha muerto en Sudamérica.'"
Vale añadir que ni Matters, ni Lee, ni Colin Wilson precisan en qué hospital murió el misterioso doctor Stanley, dónde fue enterrado, ni la fecha exacta, aunque sabemos que todo ocurrió antes de 1929. En cualquier caso, son piezas de ese rompecabezas de noche, niebla y sangre que aún está lejos de completarse, y del que Buenos Aires tal vez no sea del todo ajeno.


El cuello de la noche
Carlos Kuraiem


El cuello de la noche
es tan hermoso…
Y parecido al de una botella de vino
inclinada sobre el vaso del día.

 

Duelo en la bruma
María Judith Molinari


La desgracia anudada en el acero
encrespó la quietud de la neblina;
en la mitad de la llanura, inquina
del corazón y el fuego pendenciero.

Les alcanzó el azar, ese destino
del paisano fugaz y el gaucho lerdo,
verdad que ya se cobra este recuerdo
de sangre y polvareda en el camino.

Peleaban con la vida y con la muerte.
Sin ser, fuimos sus cómplices de suerte,
quizá para librar un ardimiento.

El duelo nos envuelve y en la bruma
otra muerte a la vida se nos suma
otra daga sin prez, otro tormento.


Dibujo de
Mercedes Naveiro

 

Mensaje
Marta J.V. Rocha


La niebla impedía reconocer la ciudad por donde andaba errando.
La sangre me encontró y me tomó de la mano.
"No te sorprendas -dijo- soy yo y no soy yo.

He venido a borrar con mi pie izquierdo la huella de tu pie derecho y a hablarte de tus hermanas -que son yo misma- y del tormento, el egoísmo, la crueldad y la codicia.
Ahora estoy sola y me darás tu nombre pero sabrás que tengo todos los otros nombres, que soy luz y llanto, joven y triste, sigilosa y encendida.
Olvida a quien no llega conmigo.
Recuerda -murmuró antes de partir- que si ya he sido cada uno de vosotros aún no soy ninguno; que, como tú, he salido de la noche y a la noche volveré."




La hora de los fantasmas
Oscar Portela


En la noche, un silbido repetido a intervalos se convertía en un augurio, un envío ominoso que, por su insistencia, parecía dejar lugar a un mensaje cifrado, un código amenazador que pesaba sobre el silencio de la noche, sobre las arquitecturas góticas de la ciudad, sobre sus mármoles cubiertos de una espesa y densa niebla húmeda.
Del huevo de la sibilante serpiente, del caos amenazador, de lo aórgico de una situación agónica de la ciudad gótica podía surgir lo letal definitivamente: noche y niebla y pronto, muy pronto, como lluvia caída del Apocalipsis, llovería sangre sobre las escaleras que conducían al palacio de K.
Hop, el perverso número uno, acompañaba los acontecimientos con una sonrisita sardónica. "Qué época triste -suspiraba- pensar que elevaron a Hannibal Lecter a paradigma de la inteligencia." Yo lo escuchaba en silencio, mientras pesaba en mi corazón a la cima de la inteligencia; en el fondo de mi alma sabía que tenía razón pero me negaba obstinadamente a admitirlo.
Era la hora en que todos los fantasmas del pasado se levantaban de sus tumbas y hablaban por boca de los vivos. ¿Qué espectros nos poseían en ese momento? ¿Qué asesinatos de prestidigitadores de lo sub-humano volvían en pos de nuestras carencias para llenar el mundo de crímenes, ignominia y humillaciones? "Sed a no malo" "Señor, no nos expongas al maligno" ¿O es que quieres que esta frágil criatura que creaste caiga en manos de la sublime tentación, que tú creaste? ¿O finalmente aquél tiene tanto poder omnímodo como tú, el supremo omnisciente?
En esta noche en que va a ser vejada una virgen, ¿dónde está el tributo que el mortal tiene que rendir a la codicia de los dioses? …Millones de niños esclavos o que se mueren de hambre, o perecen en atroces atentados y guerras civiles, mientras los poderosos hablan por celulares contigo, siempre de espaldas en el Sinaí, cada vez más lejos de los hombres. El silencio se truncó nuevamente por aquel enigmático silbido que presagiaba horrores sin precedente.
A la mañana siguiente, tomando un café, leí ("sed a no malo") el titular de primera plana del diario de la ciudad gótica: a muy pocos pasos de donde Hop y yo nos hallábamos, la policía había hallado el cadáver de un pequeño de siete años, brutalmente violado y estrangulado.


Atentado contra la muerte
Yadi María Henao

En memoria del atentado guerrillero de Arboleda, Colombia (1998)


Una bala cruza el sueño de la niebla.
La niebla es una masacre.

Una masacre rompe el vidrio de la infancia.
La infancia sangra noches en el corazón del miedo.

El miedo calcina al país de la tristeza.
La tristeza se desboca en caballos de furia.

La furia se ata a las bombas de una angustia en las manos.
Las manos nieblan sangre en la palabra.

La palabra detona su deseo:
su atentado contra la muerte.


El desorden de lo azul
Patricia Verón


Negra la noche
negros los fondos
negros los hombres negros
los árboles verdes…

Del interior
los ojos
un niño dormido
atardecer las cuestas del amado
un lugar que amenaza enmudecer
y canta en repentinas fugas
su don de pájaros.

Oscuridad demuele mi palabra
la añica
como a un trozo de cuna.

Veo mi desnudo sumergido
entre enigmas de hojas y canciones
de vírgenes rotas.

Veo mi soledad desnuda.

Asciende la inmensidad
su luna quieta…


Huesos / huesos
Anahí Lazzaroni


Mis torpes huesos andan
como las patas frágiles
de esa araña centenaria,
que sube por su tela ruinosa
haciendo el equilibrio mínimo,
en una noche de borrasca
bajo la claridad de una luna
siempre apagada.



Kryptos
Julián del Campo


Todo lo que no esté ante tu vista, y lo que te está oculto, te será
revelado, pues no hay cosa oculta que no llegue a
ser manifiesta y sepultada que no se desentierre.

Fragmento evangélico Oxyrhynchus. Apócrifo. Egipto BAC


Buscamos a ciegas
la luz del día en la penumbra.
la realidad que yace
entre las sombras
la que hiere al sol
a cada instante.

El sueño del fraseo
que descubre los conceptos
la niebla que conduce al gran secreto.
El arca
que custodia las pasiones
donde yace
el matiz inexpugnable,
la ilusión
que es invisible.


Luna de barro
Silvia Fantozzi

Miré cuando abrió el sexto sello y
la luna se volvió toda como sangre.

Apocalipsis 6. 12


Sí, se acuerda cómo empezó ese día, como otros, pero diferente. Agachada estaba, juntando maíz y mirando el sol.
El maíz, ese día le tocaba al blanquito, chiquito, terminado en punta como uña de lechuza, aquel que usaban sequito para que se abra en el aceite caliente, explotando contra la tapa de la olla negra.
A veces juntaba el rojo para hacer el api, insoportablemente dulce, hirviente con tortas de grasa y trigo espolvoreadas con más melaza todavía.
El blanco enorme secado al sol, partido para los guisos del invierno.

Maicito dulce. Agachada estaba mirando el sol, mientras juntaba el maíz pensando en todos los colores que conocía, el negro y el morado con rayitas blancas que dejaba azules los dedos cuando lo desgranaba.
Le enseñaron a desmigajar con las manos.
-Con cuchillo no, mi alma, mirá que le duele, dijo la abuela.

El naranja amarillento del sol le reflejaba los ojos. Enceguecida, siguió mirando terca, separando los marlos frescos y lechosos con secos golpes de su mano oscura, arrancando los verdes adheridos, las hojas largas, babas ásperas gimiendo suave.
Alguien bajaba caminando del sol, o alguien se acercaba, jugó con los ojos del fuego sin distinguir, pero ya casi le dolían de desafiar la siesta.
Ni perro ni lobo, ni hijo de hombre. La Sombra, como si el atardecer cayera a los golpes galopando desde lejos, cansado, como si la sombra no fuera una, ella, si no un quebranto masculino, un rencor de simientes olvidadas, un dolor.
Le cayó la oscuridad, mejor dicho, El Oscuro, sobre los ojos y sobre el cuerpo. Se enseñoreó de su miedo. Le alisó la garganta, tanto que no pudo ni siquiera gritar. Le anudó las manos cerquita del maíz fresco. Le enlutó la mirada.

Abrió los ojos en el maizal, la luna enorme emprendió el horizonte. Roja, chorreando sangre.
Su sangre en los campos abonaba una aurora lóbrega, sin fin.
Sangres ofrendadas a la tierra del abatí. Reinado de mazorcas con flores erizadas.
Maíz del dueño del bien y del mal, de las noches sin luna de las sangres turbulentas.
Deshojadas las plantas, escandalosamente, arrancando a la tierra secretos mudos entre nubes de humo.
Matando las vírgenes al sol mortecino de la cosecha ajena.

 


Las noches de Juana
Patricia Maldonado


Compañeras, las noches cobijan a Juana con sus sueños.
Esta noche es el gran momento para Juana; cansada de vivir para otros, comienza a ser. Puede sentir, escoger, pensar. Pasó todo un día sin poder preocuparse de sí misma, apremiada por lo cotidiano, por los requerimientos de pequeños y grandes. Ahora la noche parece ser su cómplice. Respira al apagar las luces de los niños y prender la luz de la mujer: su yo le vuelve al cuerpo.
Sólo llama o interrumpe quien ella elija: los románticos o los amigos.
Es el tiempo de la inspiración. En su cuarto, sola.
La noche la cubre de ojos controladores, chismosos, invasivos. Noches gloriosas, llenas de entusiasmo e imaginación. Parece estar de vacaciones. Hay espacio, tiempo, alegría; puede investigar, amar, soñar, sin jefes, sin vecinos, sin madres dominantes. Es casi como si subiera a un escenario donde puede ser intelectual, sexy, mística o artista. Puede reír o llorar a sus anchas; no hay nada que disimular, el interior brota con fuerza.

Traicioneras, las noches desamparan a Juana con sus pesadillas.
Noches negras, en las que Juana siente que le sangra el alma. Noches interminables, dolorosas, en que la soledad lastima, en que no llega la luz que ansía. La carcomen ideas y obsesiones que dan vueltas en su cabeza, torturándola. La solución parece inalcanzable, sólo retumba.
Es el jamás. Nunca volverá la paz, nunca el sol, nunca esos días de movimiento donde todos parecen estar haciendo cosas importantes, días llenos de vida. Esas noches, para Juana, Dios no está.
Los problemas semejan subir en zancadas y mirarla como montañas aplastantes. Siente que la locura se apodera de ella entre brumas siniestras. Sólo ve enemigos por doquier; nadie la ama, nadie la oye, como si estuviera entre rejas y los otros rieran y cantaran para hacerla sentir más sola.
Ya nada tiene arreglo para Juana; se convierte en su propio verdugo y se flagela con fantasmas y errores. Cae, cae más y más en la oscura noche que no termina nunca.

 


El ocupante
María Elena Rocchio

Un susurro afilado en la conciencia
quiebra
la falsa calma de los falsos inocentes.
La sangre que ocultamos
la verterá en su boca
el ocupante del misterio,
habitante y desnudo de fracasos.

En la profunda savia de los maestros,
busco el vampírico poema,
el enigma vencido.

De aquel castillo abierto a los sentidos
llega una suave luz
a mi garganta,
la descubro de noche,
en el lado valiente de mi espíritu.

 

Iteraciones
Germán Czepurka


La botella de whisky importado que Ella me regalara en nuestro último aniversario (hace diez infinitos años) se encuentra ya vacía; en mi mano descansa el vaso que contiene sus lágrimas finales. Todo mi yo se entrega incrédulo al maldito pero placentero vicio del alcohol. Brindo con mi perdido amor, brindo por otro ausente aniversario.

Me levanto dispuesto a salir para recorrer las sugestivas calles de esta ciudad. El frío golpea en mi cara y me provoca una dolorosa mueca de placer; es nulo su intento por detener mi marcha. Brota una carcajada de mi boca; mi viaje nocturno recién comienza. Mientras camino, busco un lugar donde poder agazaparme a la espera de mi presa, pero ningún pub me resulta atractivo: están demasiado iluminados. Finalmente, al fondo de un callejón encuentro un refugio que ostenta un cartel donde apenas puede leerse "PECA's night club".
Dudo un instante pero, al ver esa silueta casi perfecta desaparecer tras la puerta, me apresuro para no perderla de vista. Ella será mía esta noche, lo sé. Entro en "PECA's", pido un trago y me siento a observar. Es hora de ir por ella. Al ver que se está yendo, me apresuro y logro alcanzarla antes de que se pierda en la oscuridad de la calle.
Tomamos varios tragos y finalmente la convenzo de ir a mi casa. Ya allí, la música nos va acercando y, repentinamente, me besa en la boca. Siento cómo poco a poco mi cuerpo y el de ella entran en calor. Sus ojos atrapan los míos y sus manos aterciopeladas acarician mi cuerpo. Sus labios mojan mi boca y mi cuello. Y yo no puedo dejar de pensar que mi amor también está aquí, mirándome, repudiándome, llorando por mí. Pero no puedo evitarlo, realmente lo necesito, año tras año, en esta fecha; siempre desde su partida.
La tomo entre mis brazos y la beso con ternura; logro -torpemente- desprender sus ropas y, alejándome, observo con placer la perfecta obra de arte que poseo esta noche. La rodeo nuevamente; mis manos recorren el mapa de su espalda. Gira. Mis manos llegan a su cuello, lo toman y lo siente. Es frágil -me recuerda al tuyo, amor mío-. Presiono el cuello casi sin darme cuenta. La miro a los ojos y veo el miedo reflejado en su mirada.. La suelto y le pido perdón. Me besa. Yo no puedo evitar rozar su cuello, luego sus pechos, hasta sentir su abandono y saber que el miedo se ha ido dejando el lugar a una confianza plena y absoluta.
La tomo de la cintura y avanzo hacia mi meta. Sus movimientos me recuerdan a los de Ella; Su rostro se impone en mi mente, inundándola. Recuero esa última vez, hace diez años. Imagino estar con Ella ahora: es como estar viendo un film al que no se puede detener.
Mis manos toman el cuello nuevamente; siento entonces que nace el orgasmo y mis dedos aprisionan con más fuerza. Llorando susurro disculpas. Disculpas a Ella, omnipresente y eterna, como un castigo, recordándome lo que hago en las noches de nuestro aniversario, cuando la melancolía, la tristeza y la culpa se apoderan de mí. Finalmente llego al éxtasis. Su mirada ya está vacía.

Mis lágrimas mojan tu foto y caen al piso. Una vez más rompí la promesa de no volver a hacerlo. Pero, cómo no repetirlo cada aniversario, cada aniversario del accidente con que puse fin a tu vida.

 

Me perdí en una noche clara
Manuel Munilla

Me perdí en una noche clara
aquel instante
del apaciguarse las cosas
cuando las venas se hinchan
y la sangre fluye
en silenciosos borbotones.

El aire candente de invierno blanco
sin nieve.

Hinqué mis incisivos marrones de tabaco
las oleadas de luz ámbar de los faroles
nacieron del tajo en el cuello.

El aire nocturno siempre es tranquilo
aunque ladren los perros.

El vacío era pavoroso.
Los árboles quietos.
arranqué la savia de un mordisco
al tiempo y el espacio.

La luna, el asfalto verdoso y las veredas,
El aire transparente entre las ramas.

La luz lunar despierta,
adormeciendo lo corpóreo.

El aire sin olor
con el olor del frío de la noche.



Noir Brouillard Rouge
Susana Fernández Sachaos


El negro viste de oscuridad a la noche. Por tal razón en la noche se aproxima el silencio y todo desaparece. Los fantasmas y los sueños acuden a la noche vacía. Pero la noche puede ser blanca, como en el cuadro Noche blanca de Edvard Munch.*
Es en ese cuadro donde, además de revelarse su más interesante personalidad de colorista, el negro de la noche hace un viraje al blanco ubicándose en el otro extremo del espectro luminoso.
Desde ese gesto nocturno Munich aleja a la negra oscuridad pintando el paisaje blanco y nevado. La intimidad de la noche, profundamente oscura, se abre acogedora y su vacío se llena con la presencia de la nieve. En este cuadro podemos descubrir lo que puede disimular y guardar la noche.
La niebla esconde y oculta igual que la noche. En un cuadro de Giuseppe Nittis, titulado Westminster**, aparecen como en un espejismo, perdidos y disueltos en la niebla el Palacio del Parlamento londinense y el Big Ben. Hay una identidad de ausencia y de presencia en sus siluetas.
En fuerte contraste, se recortan en un primer plano en plena luz del día figuras de hombres y mujeres que miran el alejado paisaje en brumas. Es una pura claridad aparente donde el día se hace nocturno, donde las seguridades del día pueden perderse detrás de ese velo amenazante.
Entre el negro y el blanco: el rojo. El rojo puede aludir a la sangre. Sangre que puede correr como un río rojo durante las guerras.
Guernica***, título de un cuadro de Pablo Picasso, nos recuerda el devastador bombardeo perpetrado en 1937 en la pequeña villa vasca. Se produjo una verdadera masacre entre la población civil.
El 1ro. de mayo Picasso recibe las primeras informaciones y fotografías que le producen tal impresión que, en poco más de un mes, tiene listo el cuadro. Una serie de figuras resuelven emblemáticamente el horror del suceso.
Tanta sangre, tanto rojo. Sin embargo, Picasso renuncia al color. Guernica en blanco y negro y, entre uno ty otro, los grises de la niebla. Esta elección produce la muerte del color que, de esa manera, acentúa el dramatismo de la composición.
Noche, niebla, sangre en el mundo; también en la representación que de él hacen los artistas. Ellos nos acercan con su obra el drama del hombre contemporáneo y apaciguan y distancian la angustia que sentimos frente a los hechos terribles del mundo, como si en la obra esas mismas realidades pudieran transformarse en una imagen de cosa estable e inmutable.

*Noche blanca, óleo, 115,5 x 110,5 cm. Colección Galería Nacional, Oslo. 1901.
**Westminster, óleo, 110 x 195 cm. Valdagno, Colección Marzotto, 1873.
***Guernica, óleo sobre tela, 7,82 x 3,51 m. Museo del Prado, 1937.



Noche, sangre, niebla
Ricardo Furlan

Conocer el cuaderno del Grupo Némesis ("Noche, sangre, niebla") ha sido, para mí, un asombroso descubrimiento. Después de leerlo, me deja la sensación -acaso el convencimiento- de que aún es posible rescatar algunos temas y textos esenciales dentro de la literatura actual. La autenticidad de esas colaboraciones revela el sentido crítico de la publicación, de la que, ciertamente, rescato páginas de indudable resonancia y trascendencia. Omito, por discreción, hacer pie en uno u otro autor, creo que todos y cada uno de ellos manifiesta su identidad y aprecian el valor de la palabra. Felicitaciones.


   
  GRUPO NÉMESIS - Buenos Aires - Argentina