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Monstruos, aparecidos y otras rarezas
¿Usted vio alguna vez un aparecido? ¿O le contaron historias de fantasmas? ¿Y sobre los monstruos? Quizá usted mismo se sienta un poquito monstruoso o fantasmal en algún momento. Pero no se preocupe, es normal en una sociedad alienada. Y los robots, ¿qué sabemos sobre ellos, ahora que se han infiltrado en nuestra vida cotidiana? Y esos otros engendros como los cybermen, los muñecos parlantes y demás, ¿son sólo de nuestra época o existieron sus gemelos en tiempos pasados?. Si lee Monstruos, aparecidos y otras rarezas podrá encontrar la respuesta a estas preguntas y enterarse de cosas muy, muy extrañas.


Índice


Leonor Calvera. Dar vida, crear vida
Beatriz Schaefer Peña. Tríptico del horror
Jorge Orozco. ¿Es una fantasía hablar de monstruos?
Luis Calvo. Crimen pasional en la calle Tres Arroyos
Mirta Henault- Confesiones secretas del monstruo
Humberto Acciarressi. El misterio de los libros asesinos
Susana Fernández Sachaos. Gato encerrado en Killakee House
Hilda Catz. Lo siniestro (Ilustrado por Hilda Catz)
Nelly Oliver. Viaje al pasado
Sally Arrivillaga. Los espectros del Hotel Watson
Alfredo Carlino. La aparecida
Juan Echebarne Gainza. La tranquera del enano
Francisco Squeo Acuña. El azulaico
Julia García Mansilla. El supay
Silvia Bolotin. La sombra en Hamlet
Julián del Campo. Barba Azul
María del Carmen Suárez. Advertencia del cielo
Jorge Cambiasso. El drama del hacedor de realidades
Fernanda Gil Lozano. Los que se resisten a morir: aparecidos y vampiros
Susana Cattaneo. Niña sumergida
Yoli Fidanza. Madre de monstruo


Coordinación general:
Leonor Calvera - Beatriz Schaefer Peña
Ilustraciones:
Mariano Gómez







Dar vida, crear vida
Leonor Calvera


Desde siempre, el hombre no se ha conformado sólo con ser el continuador de la vida de la especie, de estar sujeto a sus mandatos. Por el contrario, muy tempranamente encontramos alusiones a la posibilidad de crear artificialmente seres, de preferencia seres similares a los humanos. Homero nos informa de las doncellas de oro hechas por Hefaistos, asimismo se dice que Virgilio poseía una cabeza parlante y que Herón de Alejandría (siglo I a.C.), inventor de puertas que ase abrían a distancia, había fabricado un autómata.
Un papa muy extraño Silvestre II -conocido como Gerberto antes de tomar su nombre papal- era un astrónomo y alquimista que creó una cabeza de bronce que tenía la facultad de responder "sí" o "no" cuando se la interrogaba sobre política o sobre el futuro de los consultantes. Según Gerberto, el procedimiento para llevarlo a cabo había sido muy sencillo, correspondiéndose con el cálculo con dos cifras. Sin embargo, el Liber Pontificalis, al trazar su biografía, señala que "Gerberto fabricó una imagen del diablo con objeto de que en todo y por todo le sirviese."
Otro fabricante de cabezas que hablan fue Roger Bacon, a cuyas manos quizá había llegado la cabeza de Silvestre. Lo cierto es que Bacon creó una paloma que podía volar y una cabeza de acero que articulaba diversos sonidos. Por su parte, el gran Alberto Magno construyó una criatura compuesta de metales y otras sustancias desconocidas, sin duda provenientes de su laboratorio de alquimia. Este "hombre mecánico", al que tardó veinte años en modelar, hablaba, caminaba y realizada distintas tareas domésticas. Santo Tomás de Aquino, su discípulo, hubo de destruir a este siervo considerándolo una abominación.
Sin duda la idea se había vuelto obsesiva durante esos siglos. Juanelo Turriano, un ingeniero italiano que sirvió a Carlos V, llevó a cabo diversas invenciones, entre las que se encontraba un ser de madera que acudía todos los días al palacio del arzobispo. John Dee, un matemático, mago, filósofo y consejero de Isabel I, fabricó un escarabajo mecánico. Al dejarlo en libertad durante una representación teatral, sembró el pánico entre el público. Cambridge no toleró la situación, expulsándolo de sus claustros por brujería. Leonardo trazó planos muy precisos para la fabricación de seres mecánicos. Y Paracelso, en De natura rerum, acariciaba así la posibilidad de crear artificialmente un ser humano: "…encerrad durante cuarenta días, en un alambique, licor espermático de hombre; que se purifique hasta que empiece a vivir y a moverse, lo cual no es difícil de advertir. Transcurrido ese tiempo, aparecerá una forma semejante a la de un hombre, pero transparente y casi carente de sustancias. Si después de esto, prudente y cuidadosamente, se nutre todos los días ese joven producto con sangre humana, y se lo conserva durante cuarenta semanas en un calor constantemente igual al del vientre de un caballo, ese producto se transformará en un verdadero niño viviente, con todos sus miembros, como el nacido de mujer, aunque mucho más pequeño." Ese minúsculo engendro, que llevó el nombre de "homúnculo", sin duda constituye el antecedente directo de los actuales bebés clonados y de laboratorio.
Wagner, el discípulo de Fausto, también aseguraba haber conseguido formar un hombre artificial. En su declaración de principios a Mefistófeles afirma: "La manera de procrear al estilo de antes, la declaramos vana simpleza. El delicado punto de donde brota la vida, la deleitosa fuerza que se lanzaba del interior y recibía y daba, destinada a formarse a sí misma y asimilarse primero lo que tiene más cerca y luego lo extraño, todo eso se halla ahora destituido de su dignidad. Si el bruto sigue hallando placer en ello, el hombre, con sus nobles facultades, ha de tener en lo sucesivo un origen más puro, más elevado."

El Golem

Otro vástago del arte mágico fue el Golem, creado por la palabra hebrea en 1580. Cuenta la tradición que, a las cuatro de la mañana del segundo día de Adar, el rabino Loew dio vida a un servidor dócil y mudo. Sobre su frente colocó un pergamino con la palabra emeth, "verdad". Se supone que había dreado el Golem sobre todo para vigilar el ghetto donde vivían, contra el que se habían desatado las persecuciones motivadas por un monje llamado Tadeo.
Cada viernes Loew borraba la primera letra, quedando la palabra meth, "muerte". Durante la semana, el autómata cumplía con obediencia las órdenes de su amo, satisfaciendo los fines para los que había sido creado. Sin embargo, cierta vez el rabino olvidó borrar la letra que volvía a convertirlo en un pedazo de barro. La criatura, libre de ataduras, salió las calles a efectuar todo tipo de destrozos. El rabino, tras algunos esfuerzos, consiguió borrar la primera letra y todo volvió aparentemente a la normalidad. Sus restos fueron ocultados en un desván al que subió, años después, el rabino Ezequiel Landau. La vista debe haber sido tan terrible que prohibió expresamente que nadie volviera a entrar allí. No obstante se dice que, cada 33 años, el Golem se deja ver por las calles de Praga
Gustav Meyrink quiso ver en la leyenda del Golem, que supone no fue destruido, la presencia del cuerpo astral del rabino, que velaría por el bienestar de la comunidad. Sin embargo, esta existencia vigilante con que lo resucita Meyrink se vio una y otra vez desmentida por los hechos. Es probable que el Golem se haya extinguido realmente en una sinagoga de Praga, como se aniquilaron las muñecas mecánicas de Droz y Vaucasson y como se aniquilarían tantos fantásticos autómatas que construyeron los sabios de la Edad Media y el Renacimiento.

Frankestein

Las distintas criaturas artificiales que se fueron construyendo, el homúnculo de Paracelso, la creación de Wagner, el Golem, configuran el linaje de Frankestein. Esta obra de Mary Shelley, publicada en 1818, cuenta la historia de la formación de un ser al que busca vitalizar el científico que lo ha creado. El dr. Frankestein, estudiante de ciencias ocultas, tras muchas pruebas y errores, logra su propósito de crear un ser, modelado con restos humanos robados a la muerte, a los que consigue insuflarles el hálito vital.
Triunfo del espíritu investigador, que desborda las fronteras con la muerte. Pero el más allá, severo custodio de cuanto le pertenece, utilizará a ese mismo ser para vengarse de cuanto le ha sido quitado. Los despojos vueltos a existir experimentará la sed atroz que siempre se supo padecen los muertos. Una sed de sangre que lo convertirá en criminal involuntario, al que finalmente habrá que inmolar en los altares de la vida.
Frankestein, surgido en los albores del cientificismo como columna vertebral de la intelección del mundo, tuvo una resonancia inusitada, tal vez a las aspiraciones demiúrgicas que se iban generalizando. Pero, como una advertencia irónica, este monstruo hubo de trascender por sí, usurpando el apellido del doctor que le insuflara el hálito vital -Frankestein- y dejando en las tinieblas el nombre de aquella joven que lo imaginó en una velada junto a un lago suizo para luego crearlo en el papel.

Otras criaturas raras

Los moroi -los muertos que caminan rumanos-, los zombi haitianos, los kosi de los nativos de Kiriwina, los tan extendidos vampiros forman, entre tantos otros, una vasta galería de seres crepusculares, a los que no acoge ni la vida ni la muerte, que causan espanto aunque también son utilizados a favor de intereses terrestres inmediatos. Los tulku pertenecen a esta categoría de criaturas extrañas.
Así como la ciencia occidental puso sus empeños en el desarrollo exterior, material, en Oriente tiende a centrarse en lo mental interior. Así en el Tibet, el poder mental crea a los tulku. Tulku significa "forma creada por procedimiento mágico", pero la creencia popular afirma que es la reencarnación de un sabio o un santo difunto, aunque también se cree que puede pertenecer a seres no humanos, dioses o demonios. Si bien en ocasiones puede servir de colaborador eficaz, como el Golem, su ayuda es harto dudosa porque la mayoría de las veces importuna a los vivos con sus requerimientos, que llegan a ser terminales.
Creen en Tibet que si un hombre, mientras se halla vivo, no practica algún tipo de entrenamiento mental, a su muerte irremediablemente se dispersará. Mas, si ha practicado meditación, la persistencia de su corriente de energía mental puede transformarlo en tulku. De todos modos, la práctica correcta de los ritos funerarios hará que este doble, real o pensado, no robe la propiedad de los vivos para lograr perpetuar la suya.

Los robots

La vida abreva en el arte: la literatura suele inventar o idear lo que luego se convertirá en realidad. Las anticipaciones de Rostand, de Julio Verne, de la ciencia-ficción en general, acaban por convertirse en hechos cotidianos.
Una de esas anticipaciones se produjo en 1920 con la publicación de una obra de Karen Capek: R.U.R. Esta sigla significaba Rossum's Universal Robots e introdujo por primera vez el término robot, cuya raíz es la palabra checa robota que significa "labor tediosa, esclavizante". Su aceptación generalizada fue casi inmediata, sin duda porque llenaba el vacío nominal de los autómatas o aparatos con figura humana.
Mientras los robots se multiplicaban en novelas y cuentos y el imaginario popular se los apropiaba, la ciencia seguía trabajando en su construcción y perfeccionamiento.
En 1942 Isaac Asimov publica Runaround, donde define las tres leyes de la robótica, que en verdad son cuatro. Ley Cero: El robot no puede dañar a la humanidad mediante la acción o inacción ni permitir que otra la dañe. Ley Primera: El robot no puede dañar a un ser humano mediante la acción o inacción ni permitir que otro lo dañe. Ley Segunda: El robot debe obedecer las órdenes que le da un ser humano, excepto si dichas órdenes entran en conflicto con la Ley Primera. Ley Tercera: El robot debe proteger su propia existencia, en la medida que no entre en conflicto con las Leyes Primera y Segunda.
Las leyes de la robótica fueron en verdad una respuesta a los miedos siempre latentes de que el hombre sea superado, o devorado, por las máquinas: en R.U.R los robots acababan por controlar a los seres humanos tal como el Golem había incumplido la tarea para la que había sido diseñado.
La ciencia ha ido perfeccionando día a día a los robots mediante complejos sistemas electrónicos, mecánicos y cibernéticos. Hoy en día cubren una amplia gama de actividades, desde los talleres de producción industrial hasta la sala del quirófano, desde los medios de comunicación hasta sus paseos por el espacio interestelar, pasando por la actividad lúdica. Casi no podemos pensar un área de la actividad en la que no estén presentes, incluso dentro del propio cuerpo humano. Parecen confiables y seguros y dependemos en gran escala de ellos; sin embargo, su control ¿será siempre efectivo o deberemos pagar un alto precio por haber creado esta forma de seudo vida?


Tríptico del horror
Beatríz Schaefer Peña

The Ripper
(London-Whitechapel. 1888)


Señal certera la sonrisa
que me llevó al paraje.
Allí estaba,
toda ella envuelta de crepúsculos
y yo, con mi tremendo sol a cuestas,
¡quemándome, quemándome!
No fue difícil apropiarse del engaño.
blandir el bisturí encendido
que le abriera en dos la entrega
y saciarme de esas flores estalladas
para después ¡bailar, bailar!
con el collar de sus vísceras
colgándome en el pecho.
¡Bailar, bailar, bailar!
ese clamor del día
y hasta el hartazgo de la sangre,
hasta el último aroma de su cuerpo.


El depredador

¡Qué sabes tú lo que es el dolor!
El silencio de los inocentes


Su piel era un desierto extendido a mi deseo
la misma luz, el mismo anuncio del verano
que amanece en la arena.
Quise vestirme de esa seda
del dorado espejismo
que dejaba su tacto;
cubrirme cada espacio con su entorno.

Y la fui desollando, poco a poco,
bajo el aire caliente.

Ahora, ya frío el alarido,
junto al colgajo inerme del pellejo,
su perfume me envuelve en la inclemencia.

La última cena
(Alemania-Rotenburgo. 2001)


Un solo discípulo sentado a la mesa,
un solo comensal
esperando al anfitrión que le ha ofrecido
su plato predilecto.
No sabe que él mismo
es el banquete que le aguarda.
Cada parte de su cuerpo está dispuesta
para el regocijo de los paladares.
Y se hunde en el zumo agridulce de las jarras,
celebrando el momento,
mientras la noche llega con su dormidera
desde el fondo del día.
El, ignorando que ya se ha devorado,
sueña que es un río que avanza con la sangre
arrasando al despojo.



















¿Es una fantasía hablar de monstruos?
Jorge Orozco


Planteado el interrogante, y con apego a su literalidad en su condición de adjetivo, sin duda no lo es, ya que connota a todo aquello que es contra el orden natural, a lo excesivamente grande y a lo extraordinario, como así también a lo enormemente vituperable o execrable. Pero si consideramos que todas esas categorías atribuidas a los monstruos son, al menos en principio, subjetivas, después de un análisis exhaustivo nos será dado comprobar que los mismos tienen una considerable carga de fantasías del sujeto, por lo general no patológicas. En otras palabras, lo importante es tener en claro en qué contexto se efectúa el análisis de lo fantástico o, si así se lo prefiere, de lo monstruoso, cabiendo agregar que, merced a la riqueza y amplitud del tema que nos ocupa, permite una saludable mirada ecléctica.
A pesar de que el niño puede distinguir muy bien la realidad del mundo que lo rodea, su actividad favorita, y a la vez la de mayor intensidad, es el juego, al cual le atribuye la mayor seriedad y carga de afecto, creando a la misma vez, un mundo de fantasías sumadamente importante para él. Paulatinamente, y al acceder a la vida adulta, el sujeto efectúa una especie de renuncia aparente al recordado juego de su niñez, aunque de hecho tan solo substituye el juego de la fantasía, la cual genera pudor y ocultamiento de la misma por considerarla infantil y supuestamente disociada de la realidad de los seres adultos. Ya a principios del siglo pasado Sigmund Freud (1856-1939) decía: "Preguntaréis cómo es posible saber tanto de las fantasías de los hombres cuando ellos las ocultan con sigiloso misterio. Pues bien: es que hay una clase de hombres a los que no precisamente un dios, pero sí una severa diosa -la realidad-, les impone la tarea de comunicar de qué sufren y en qué hallan alegría." Sin lugar a dudas habría mucho más para decir acerca de los fantasmas, pero obviamente aquí nos hemos limitado a aquello que arroja más luz sobre este tema. No obstante, nos parece prudente aclarar que la multiplicación y la exacerbación de las fantasías puede conducir al sujeto a la Neurosis o a la Psicosis.
Después del abordaje anterior, y más allá de la calificación que conlleva el vocablo en sí mismo, surge inexorablemente el interrogante del porqué de la fantasía humana acerca del monstruo. Como suele ocurrir la respuesta no es una sola, pero podemos admitir, sin riesgo de equivocarnos demasiado, que por la ley de los opuestos el sujeto necesita la existencia del monstruo, sean cuales fueren sus características fantásticas, para reafirmar su propio no-ser-monstruo por oposición a través de los mandatos del superyo. Ya Heráclito (540 a 475 a.C.) decía: "Una misma cosa está en nosotros cuando vivimos o estamos muertos, despiertos o dormidos, jóvenes o viejos; porque estas cosas, dándose una vuelta, son aquéllas y aquéllas, dándose otro giro, son éstas. En este sentido, conviene recordar con atención la profusa literatura y filmografía creada por el Hombre, las cuales cuentan con lectores y espectadores a nivel masivo. También podríamos pensar que, en un sentido parecido, aunque en un escenario totalmente distinto, René Descartes (1596-1650), desde el racionalismo filosófico, apela a la fantasía al formular la hipótesis del genio maligno cuando siente la necesidad de probar la existencia y veracidad de Dios, diciendo: "Dios es quien nos ha creado -no un genio maligno-, y en su infinita bondad y veracidad no puede querer engañarnos."
Muchas son, por cierto, las miradas que podríamos dar a esta cuestión desde el universo de Jacques Lacan (1901-1981). Si tomamos, a manera de simple ejemplo, la denominada fase del espejo, de vital importancia entre los 6 y los 18 primeros meses de vida, ya que tiene un rol determinante en la formación del yo, el niño aprende de sí mismo y de su unidad a través de la contemplación de su propia imagen en el espejo. En opinión de Lacan, esta fase del espejo sería la causal retroactiva de la aparición de las fantasías del cuerpo fragmentado, lo cual suele producir situaciones de angustia por pérdidas de identificación de orden narcisista, circunstancia que puede comprobarse en la consulta. Dicho de otra forma necesariamente alegórica, frente al espejo también nuestra propia imagen puede ser la del monstruo que nos ocupa, pues el yo puede desdoblarse en yoes de naturaleza parcial, a los cuales el yo principal contempla en su devenir como si cumpliera el rol de un verdadero espectador, lo que ocurre con cierta frecuencia en los poetas, de lo cual Fernando Pessoa y sus famosos heterónimos constituyen un inmejorable ejemplo.
Otro tanto sucede con el proceso de incorporación del otro, de capital importancia en la vida de relación y la convivencia con el entorno, el cual puede ser incorporado como monstruos al acecho o, a la inversa, el monstruo puede ser el mismo sujeto que incorpora a ese otro. Un buen ejemplo de una correcta incorporación del otro podemos encontrarlo en ese célebre poema de John Donne (1572-1631): "La muerte de todo hombre me disminuye, / porque soy parte de la humanidad. / No preguntes por quién doblen las campanas: / doblan por ti."
Sin duda podríamos decir mucho más sobre este apasionante tema, pero también es cierto que no podemos ni debemos decir todo. No obstante, nos parece muy oportuno aprovechar el claro ejemplo de El extraño caso del Dr. Jekyll y del Sr. Hyde (1886) también conocido como El hombre y la bestia. Cuento largo del género psicológico-policial de Robert Louis Balfour Stevenson (1850-1894).
Aunque no nos consta que ese haya sido el propósito del autor, la narración mencionada constituye una rica elucubración acerca de la condición humana, la cual puede entre otras posibilidades, ser analizada desde la Escuela de Psicología Analítica de Carl Gustav Jung (1875-1961). Si efectuamos una observación detenida, podremos darnos cuenta que las actividades metafóricas que lleva a cabo el Dr. Jekyll ("el hombre") son, al menos en lo básico, dos: una personalidad polarizada en dos opuestos excluyentes entre sí, lo cual ya hemos señalado aquí con anterioridad y, a la misma vez, un intercambio entre dichos opuestos, donde no el Dr. Jekyll ("el hombre") ni el Sr. Hyde ("la bestia") pueden convivir, aunque sí habitar en el mismo cuerpo, ya que, como bien lo señalaba Sigmund Freud "le primer asiento del yo es corporal". El concepto de sombra en Jung es aquel que responde a los más antiguo del sujeto, a su inconsciente, a lo que realmente es, incluyendo aun las partes moralmente más negativas de su personalidad. Lo contrapuesto a la sombra junguiana es la máscra (o persona), que refiere a la conducta que es esperada del sujeto en su desenvolvimiento social en el desempeño de los diferentes roles. Remitiéndonos al elocuente relato de Stevenson, la máscara está representada por el Dr. Jekyll y la sombra por el Sr. Hyde. Pero cuando el yo no reconoce a la sombra, la rechaza destruyéndose así el equilibrio, es decir, el mínimo distanciamiento entre la máscara y la sombra del sujeto cual representa la normalidad o la patología, según la magnitud del eventual distanciamiento ya mencionado anteriormente. Para la consolidación de lo que Jung llama "sí mismo" es menester integrar a la sombra asumiéndola tal cual es, ya que, de no suceder así, la sombra actuando de forma independiente puede adueñarse de la personalidad total, con consecuencias de naturaleza imprevisible, aunque sin ninguna duda degradantes de la existencia del sujeto. Digamos, por fin, que todos, en determinadas circunstancias, podemos, no obstante considerarnos el hombre, ser potencialmente también la bestia, lo que equivale a decir: el monstruo.


Crimen pasional en la calle Tres Arroyos
Luis Calvo

Son las dos de la madrugada de un lunes cualquiera.
Hace treinta y dos años en la calle Tres Arroyos
un inesperado crimen nos recordaba que también
se mata por pasión.
Las crónicas oficiales sólo reseñaron
los celos enfermizos del autor de la tragedia,
pero nada dijeron de la consternada Laura,
la desdichada enfermera que aceptó consumar aquel ritual
con su despiadado amante.
¿Quién fue la víctima y quién el victimario
en la gélida noche del 4 de julio?
¿Qué se perdió en esa nocturna ceremonia
pactada de antemano?
Los cuerpos de ambos tomaron rumbos distintos
pero nada diferencia a una cárcel de la morgue.
Tal vez ella repose en paz junto a sus muertos
quizá él también continúe atormentado por la traición
de esos labios que tanto deseaba.
Debe ser verdad aquello de que el amor y la muerte
tienen un mismo destino.

 


Confesiones secretas del monstruo
Mirta Henault

A Mary Shelley, la joven inglesa a cuya imaginación
se debe la creación de una historia que, después de
dos siglos, aún nos conmueve.

Acabo de llegar y estoy mojado. Tengo frío. El corazón me late con violencia. He matado a un hombre. Soy un monstruo.
Muy pronto encontrarán el cadáver del hombre en las aguas oscuras del Danubio. Por su cuerpo hermoso lo reconocerán de inmediato: el Doctor Frankestein, famoso entre sus eruditos colegas de la Universidad. Apreciado por su amigo de la infancia y, sobre todo, amado por su hermosa, adorable novia que lo espera en vano para celebrar la boda.
Pocos conocen el lado oscuro del maldito Doctor. Sólo yo, su hijo y asesino, lo conoce. Ahora contaré mi historia, no para lavar la culpa sino para que se sepa la verdad. Dejo a quien encuentre esta confesión la tarea de creerla o no. Poco importa. En cuanto a mí, no se tomen el trabajo de buscarme. No me encontrarán vivo, Me van a devorar las llamas entre los hielos de Alaska.
El rencor contra mi padre comenzó desde el momento que me engendró. Fue en un sótano oscuro, maloliente, apestado de cucarachas y excrementos de rata, entre cables y violentas chispas eléctricas, sobre una mesa empapada de ácidos. Su ayudante era un hombre rengo con una cicatriz que le cruzaba la cara. Había salido recién de la cárcel donde había ido a parar por ladrón.
El Doctor Frankestein confió a sus amigos que, gracias a los cables y la electricidad con que me atravesó dolorosamente el cuerpo, logró despertar en mí una chispa de vida. ¡Mentiroso! Alguien antes que él me había dado la vida. Ya lo habrán adivinado: fue mi madre. Mi pobre madre de quien apenas subsiste la memoria.
Y fue usted, Doctor Frankestein, quien aniquiló a mi querida madre. Usted, con su pretendido saber universal, con sus pretendidos principios científicos, con su proclamado poder sobre seres y cosas; sí, fue usted quien exterminó a mi madre y me dejó a mí, ignorante y horrenda criatura, en la más absoluta soledad y la más amarga tristeza. No lo perdoné jamás.
Sé que del Doctor Frankestein sólo existe su cuerpo sin vida entre las algas del río y nadie lo escuchará reír jamás. Pero mi odio loo revive y siento ganas de gritarle a la cara una maldición para que se pudra en el infierno. Su crueldad conmigo no tuvo límites.
En verdad al Doctor Frankestein le faltaron los recursos de la ciencia, pero también es verdad que le sobró ambición, soberbia y un deseo infinito de poder. La voluntad de lograr éxito sin medir las consecuencias lo perdió y me perdió. Construyó un monstruo cuya fealdad espanta. Apenas parezco un ser humano como los demás. La desnudez de mi cuerpo marcado por cicatrices malcaradas, mis ojos casi fuera de las órbitas, mis cejas hirsutas en un cráneo sin pelos que cubran mis huesos, causaron horror a los que me vieron respirar. Mi padre huyó despavorido y el ayudante se hundió en la pileta repleta de ácido. Desapareció.
No sé cómo pude desatarme las sogas que me amarraban a la mesa y salí desesperado. Nada me detuvo. Pero mis pensamientos se enredaban cada vez más. La gente -¿era gente?- huía aterrorizada a mi paso y yo, sin saber que era yo, saltaba entre vallas que me cerraban el paso. Mi madre, mi pobre madre a quien nunca vi, me ocultó en el bosque. Por fin encontré un lugar tranquilo.
Bajo la sombra fresca de los árboles, escuchando el continuo murmullo del agua de los arroyitos, el canto de los pájaros entre las ramas altas que filtraban el sol, mi respiración se aquietó y mi corazón dejó de latir como un tambor. Algunas frutas me sirvieron de alimento. Los animales solitarios o en manadas que pasaban cerca nunca me atacaron.
Podría haber vivido allí para siempre. Pero la inquietud me carcomía por dentro. Deseaba compañía. No me bastaba el amable corar de las ranas ni la extraña conversación de los grillos: quería otras voces, quizás como la mía, que entonces no conocía. ¡Cuánto lloré en ese tiempo!
En mis recorridas nocturnas por el bosque descubrí una luz que se movía. Era la linterna que un hombre llevaba para guiarse en la oscuridad. Ocultándome entre las hojas y sin hacer ruido, lo seguí. Por fin llegó a una casita hecha con troncos. Alguien le abrió la puerta y entró. Se oían murmullos de voces, ¡voces humanas!, y me quedé a escuchar. Desde entonces volví y volví y volví. Comencé a distinguir las voces y en la soledad de mi escondite también descubrí mi voz. Con el tiempo aprendí muchas cosas de mis vecinos humanos. Pero esto no me causaba alegría, al contrario. No podía calmar la angustia de no poder abrazarlos. Esto lo comprendí cuando la señora, una preciosa criatura, me vio: cayó como muerta, o muerta tal vez. Escapé para siempre del lugar.
Si alguien sabe del infierno, no me lo cuente. Yo lo viví. Apenas salí de mi refugio del bosque, me persiguió la desgracia. Allí donde iba la gente huía y se encerraba en su casa. Algunos hombres me gritaban, me insultaban y me tiraban piedras hasta hacerme sangrar. Yo gritaba, suplicaba, pedía compasión. En vano. ¡Monstruo! ¡Fuera de aquí! ¡Maldito, feo, deforme! ¡Te vamos a pinchar hasta matarte! Estuvieron a punto de lograrlo, pero pude escapar.
Enfermo del cuerpo y del alma, lamiendo mis heridas, sobreviví. Pero mis humillaciones no tenían fin. Para tener agua y comida tuve que robar y matar con la ferocidad de una fiera. Yo, el monstruo, a quien mi madre, mi pobre y ausente madre, creó entre suspiros de amor en una noche a orillas de un verde lago. El Doctor Frankestein la convirtió en nadie, en nada. Sólo de él hablará el mundo.

Pero yo me he vengado. Justo antes de la boda, en el momento más feliz de su vida, encontró su fin. Al morir él, vio en el odio del monstruo su propia ruindad. En el último minuto comprobó la maldad de su alma en la ferocidad de su hijo. No tengo nombre, llámenme nomás Monstruo.

 


Gato encerrado en Killakee House
Anécdota de un pintor
Susana Fernández Sachaos


Los animales extraordinarios aparecen en mitos, leyendas, fábulas, cuentos y utopías: caballos alados, perros de tres cabezas, seres dobles como la quimera, para citar algunos.
Los animales figuran también como bestias espectrales en numerosas historias de seres encantados. Tal es el caso del gato negro de Killakee House. En las dependencias de esta mansión irlandesa, cerca de Dublín, se descubrieron efigies antiguas de un gato, posible evidencia de la práctica de algún culto relacionado con este animal
A principios de 1968 Tom McAssey, pintor irlandés, se ocupaba en decorar dicha mansión, con ayuda de algunos hombres de los alrededores.
Al anochecer de un día de marzo se registró actividad poltergeist frente a los asombrados trabajadores. L maciza puerta de entrada, poseedora de un cerrojo de quince centímetros, se abrió de par en par, inmediatamente después que MaAssey la cerrara.
Una voz, aguda como un maullido, repetía que no se cerrara esa puerta con llave. El pintor fue el único que no sintió miedo y volvió a entrar.
Sobre las losas de piedra que decoraban el vestíbulo, acurrucado en un rincón, un monstruoso gato negro lo miraba desafiante con sus ojos amarillos, moteados de rojo. Poco después desapareció.
Detrás de Killakee House se eleva Montpellier Hill, en cuya sima se encuentran las ruinas de un antiguo pabellón de caza, llamado por los lugareños "Club del fuego infernal". Allí, en el siglo XVIII, se cuenta que una congregación solía entronizar un gigantesco gato negro, el cual simbolizaba al diablo.
El espectro del felino, según estos rumores, es el que vio McAssey y ronda el hoy Centro Artístico de Killakee, donde trabajan y exhiben suobra algunos pintores y escultores irlandeses.
Una pintura del felino monstruo, realizada por McAssey, tal como lo contempló aquella noche de marzo, figura en el catálogo del lugar.

El misterio de los libros asesinos
Humberto Acciarressi


El serialismo criminal es vasto e inabarcable. Una de sus variantes, la de los asesinos, es acaso la cara más conocida, aunque no por eso menos inquietante. Hay quienes matan con un puñal, pero hay quienes lo hacen con una palabra, como dice Oscar Wilde al comienzo de La balada de la cárcel de Reading. Y, en el caso de los libros que recordaremos a vuelo de pájaro, hay algunos que han provocado más muertes que ciertos asesinos célebres. No huelga aclarar, sin embargo, que muchas de las obras aún no han acreditado su existencia real. De otras, además, se sabe que nunca consiguieron el privilegio de la imprenta y pertenecen al campo -atrayente, es cierto- de la leyenda. Y a pesar de esto, hay gente que murió y mató por ellos. Más que su contenido, casi siempre esquivo y errático conforme a quien sea el comentarista, lo interesante son las historias que los contienen a ellos.

¿Enseñanzas de extraterrestres?

De acuerdo a lo que narra la leyenda, el Libro de Toth encerraba el secreto de un poder ilimitado. En realidad se trataba de un papiro, el más antiguo de todos, que permitía a su poseedor mirar cara a cara el sol, entender el idioma de los animales y resucitar a los muertos. Lo que no es poco, si tenemos en cuenta que condujo a la muerte a decenas de magos que, en todas las épocas, alardearon poseerlo. La destrucción de la biblioteca de Alejandría se llevó libros preciados y preciosos. Entre ellos, algunas de las obras que nos ocupan y de las que sólo hay referencias posteriores. Una de ellas es la Historia del Mundo. Del sacerdote babilónico Beroso, quien -dice la tradición- narraba en sus páginas los primeros contactos con los extraterrestres y las enseñanzas de los seres galácticos. Quienes dijeron poseerlo tampoco terminaron sus días de muerte natural-
Otro de los libros malditos es Las estancias de Dzyan, del que -entre otras cosas- se ignora quién fue el primero en mencionarlo. Apareció de golpe, sin aviso previo. Se sabe, eso sí, que los bautizó Louis Jacolliot en el siglo XIX, aunque este dato carece de importancia si se considera que la obra habría sido escrita por venusinos. Una de las que padeció el karma maldito de este libro fue nada menos que Madame Blavatsky, quien -según ella misma contaba- lo había recibido de un mago copto con quien compartió algunas experiencias místicas y bastante cama en El Cairo. De acuerdo a las narraciones, el seductor nigromante había realizado copias del original salvado oportunamente en Alejandría y, por ese entonces, en un monasterio del Tibet.
Sin embargo, Blavatsky no se habría contentado con echarle una ojeada al libro, sino que se lo robó para su biblioteca personal. Hecho que, si lo que ella misma contó fuese cierto, el mago fanfarrón se merecía. Lo real es que, a partir de ese momento, la vida de la mujer se convirtió en un castigo: sufrió amenazas y hasta un atentado a balazos contra su vida. Como si fuer una película, cuando Blavatsky iba a revelar su contenido en una conferencia de prensa, la obra le fue robada de su caja fuerte. Su existencia, a esa altura, pasó del calvario a la bancarrota total, y así siguió hasta su muerte. Concretamente, lo más probable es que el libro no exista. Pero, en todo caso, es un buen tema para Hollywood.

El abad Tritemo y el extraño John Dee

El abad Tritemo, un extraño personaje sobre cuya existencia ya no quedan dudas, dijo haber recibido en sueños a un ser angélico, que le transmitió el texto de un libro llamado Esteganografía, que casi nadie vio nunca. Sin embargo, hay un dato que parece confirmar que algo existió, ya que el Santo Oficio, con fecha 7 de setiembre de 1609, prohibió la obra, aunque en esa época muchas cosas se censuraban de oída y por si las moscas. No fueron pocos los que acabaron en las piras de la Inqusición pro el solo hecho de alardear de la posesión de esta obra que, según se decía, revelaba las claves de una escritura secreta y permitía manejar a las personas a distancia, con el mero poder de la mente.
Alguien que parece haber visto la Esteanografía es uno de los sujetos más atrayentes de todos los tiempos: John Dee (1527-1608). Entre otras cuestiones, este distinguido matemático fue quien concibió la idea del meridiano único, el de Greenwich. Además, fue un experto en literaturas clásicas, fabricó autómatas que se paseaban por los salones reales ingleses, fue el primero en ser seducido por la idea de un viaje en el tiempo, e hizo enormes contribuciones con sus conocimientos para la armada británica. Sin embargo, en cierto momento, cayó en desgracia acusado de "conspiración mágica" contra María Tudor.
Dee, un personaje sobre quien todavía no se ha escrito lo suficiente, experimentó una noche de 1581 el episodio más extraordinario de su vida: se le apareció un ángel y le entregó un espejo negro -que en la actualidad se conserva en el Museo Británico- mediante el cual podía comunicarse con seres de otros mundos. El científico tomó notas de sus charlas y las volcó en varios manuscritos en los que describe el lenguaje "enoquiano" de los extraños seres. Luego, al darse cuenta de que necesitaba ayudantes para proseguir con sus investigaciones, no tuvo mejor idea que contratar a dos vivillos que lo esquilmaron hasta dejarlo en la miseria. Desesperado, acudió a la reina Isabel, a quien le confesó que era alquimista. La monarca, nada lerda en contestaciones, cortó por lo sano: le dijo que si podía transmutar cualquier metal en oro, se hiciera lo necesario para poder terminar sus días dignamente. Hay un dato que no merece ser descartado: algunos críticos consideran que Dee, contemporáneo de Shakespeare, fue quien inspiró a Próspero, el personaje de La tempestad.

El libro que nunca existió

Otro de los libros que condujeron a la miseria o a la muerte a quienes se declararon sus poseedores, fue el llamado Manuscrito Voynich, presuntamente escrito en una lengua artificial por Roger Bacon, quien decía poseer los documentos originales del rey Salomón con las claves de los grandes misterios del universo. Este singular personaje, cuyos conocimientos llegaron a ser prácticamente ilimitados, y hoy es reconocido como uno de los pioneros de la ciencia experimental, anotó hacia 1250: "El que escribe sobre cosas secretas de manera que no se oculten al vulgo es un loco". Lo cierto es que el libro, redactado en clave secreta por Bacon, fue a parar a manos de nuestro ya conocido John Dee, que además era un fanático de las obras extrañas.
Dejando de lado otras cuestiones apasionantes en torno a Bacon y Dee, lo cierto es que el tiempo llevó el manuscrito a una librería de Nueva Cork, donde hasta no hace mucho estaba en venta por unos cuantos miles de dólares. Tal vez sea el único caso en que uno de esos libros de los que todos hablan y nadie vio, puede estudiarse detenidamente. Por lo pronto, se sabe que está escrito en clave sencilla, pero hasta el momento indescifrable. Los análisis continúan, pero parece que cuando Bacon hablaba de no dirigirse al vulgo, lo decía en serio.
El catálogo no se agota tan fácilmente. Hay decenas de obras que acarrearon miseria, destierros, persecuciones y muerte a quienes dijeron poseerlas. Muchos de esos libros, sabemos hoy. Nunca existieron. De otros, peor aún, podemos decir que eran meros apuntes de los saberes científicos de un determinado siglo y no revelaban ningún arcano. Las circunstancias que rodearon algunas obras, sin embargo, aún deberían ser estudiadas más detenidamente, a la luz de los hallazgos recientes. Hay algo que, más allá de toda consideración al respecto, no es ocioso precisar: decenas de títulos con rango de best-sellers que pueblan las librerías de todo el mundo, no son sino la superchería fabricada por los ghost-writers de algunas editoriales.
Un último desconsuelo para quienes creen haber leído obras fabulosas o suponen que podrán arrancarle algún secreto a libros llegados desde la noche de los tiempos. En ciertas librerías de Buenos Aires, en ediciones que van de las rústicas hasta las lujosamente encuadernadas, se venden ejemplares del Necronomicón. Pues bien, este libro nunca existió. Se trata de un invento de H:P: Lovecraft, quien en una carta en la que no falta el rasgo irónico, le contó la humorada a Jacques Bergier, especialista en las cuestiones que abordamos. Pero vaya uno a convencer a quien ya está convencido de lo contrario. Después de todo, como venimos señalando, ciertos libros siguen dejando un tendal de muertos.


Lo siniestro
Hilda Catz

Son las cuatro de la mañana de una calurosa noche de verano. Cecilia se despierta sedienta. A oscuras, se dirige a la cocina, donde a tientas busca un vaso. Siente pasos detrás de sí y dice: "¿Sos vos?" Y una voz le responde: "No".


Viaje al pasado
Nelly Oliver


El silencio profundo aturde, sacude, conmueve… El aire parece aligerarse, el ocre de las hojas tiñe de nostalgia el paisaje.
Ella abre su corazón y, desde la soledad y la tristeza, sus manos vacías cobran vida al entremezclarse con otras que la reciben con amor: es una cita con el pasado.
Apenas se echa a andar, puede reconocer jardines con diversidad de plantas que provee casi naturalmente este clima pero que, aun así, necesitan de la mano cariñosa que las cuida.
El hierro forjado está vivo, abrazado por jazmines que exhalan su hondo perfume. Descansa a la sombra del lapacho, aquel árbol que compartió sus travesuras de niña refugiándola entre sus ramas cargadas de flores. Sus ojos se llenan de imágenes. Imágenes de esa materia intangible que son los sueños.
Es un canto a la vida.
El pasado la conduce a una encrucijada de caminos. La emoción la embarga ante una aventura que recién comienza. Una atmósfera en la que el mundo se detiene. Lo mágico se mezcla con lo cotidiano. El tiempo fluye de otro modo.
La casona cuenta sus secretos en cada uno de sus rincones. No hay palabras, sólo vivencias. Pero las voces están allí, ella las escucha porque tiene el corazón abierto. Respira la tranquilidad de una convivencia auténtica, jovial, protectora, con éxitos y fracasos, quebrada brutalmente por el dolor de una ausencia prematura.
Experimenta una sensación extraña: la brisa otoñal depositó sobre sus hombros un jazmín pequeño y oloroso. El pasado modificó el futuro.
El duro ejercicio de la vida la llevó a buscar este refugio exclusivo. La realidad la golpea, pero es feliz porque el lazo de amor es indestructible. Estará ahí, por siempre, musitando para ella el poema eterno del recuerdo.


Los espectros del hotel Watson
Un pantallazo del antiguo pueblo de Belgrano
Sally Arrivillaga


Frente a la plaza actual, rodeada por una densa arboleda, se destaca la Iglesia de la Inmaculada Concepción -familiarmente llamada "la Redonda"- faro de fe y esperanza para sus devotos fieles, escenario de festividades religiosas y casamientos, bautismos y solemnes misas para los que ya no están en este mundo.
Junto a la iglesia se elevaba un imponente edificio con ornamentados balcones en el primer piso y cuatro bellos arcos en la entrada principal donde aparecía en grandes letras el nombre de Hotel Watson. En el pasado, era mojón obligado antes de continuar el camino hacia el centro en diligencia o a caballo; en la terraza había un mirador desde donde se anticipaba el arribo de vehículos o de agotados jinetes.
Un día, se rompió la rutina de los pasajeros. Al llegar una distinguida, señorial pareja, solicitó la mejor habitación y el mejor champagne de la bodega para brindar por el amoroso encuentro. No habían acabado de celebrar, cuando una sigilosa figura entró en las habitaciones, amartilló una pistola y "limpió" su honra con dos asesinatos.
Murieron los amantes y comenzó la leyenda. En noches de tormenta se veía aparecer, en la parte superior del edificio, luces fosforescentes que semejaban a los protagonistas del drama pasional, extrañas figuras que lanzaban aterradores gritos y estallaban en llantos que desgarraban el corazón. Los huéspedes entendieron que la sangre había impregnado las paredes del hotel y rápidamente se fueron yendo. Quizá como homenaje a quienes, por haberse amado, sufrían y penaban, el Watson acabó por cerrar sus puertas.
El edificio se ha mantenido hasta la actualidad; la torre, en cambio, fue destruida sin duda para conjurar el maleficio de las almas en pena de los amantes.


La aparecida
Alfredo Carlino

Para Elena Fernández

Ella,
esbelta y fugaz,
delineada como el asombro,
traía en su mirada la variedad del color;
sus pechos insinuados
como un rosal de sueños:
hasta la castidad se sorprendía.
Nadie podía rehuir esa mirada del esplendor;
era un implacable acoso de la fastuosidad.

Uno venía de tramitaciones grises
desatando depresivas melancolías
en la sordidez cotidiana.
Repentinamente,
las cenizas volaron,
avivó el fuego
y todo, poco a poco, comenzó a encenderse
por arte de magia.
Cada articulación,
como una muñeca antigua,
volvió a tener sonoridad,
a movilizar los recovecos
de los deseos íntimos,
a conocer el abecedario de los silencios,
a bailar la luna, callejuelas adentro,
músicas de la especialidad colorística.
Uno volvió a la vida encantada,
a visualizar nuevamente duendes, musas,
a tomar la sortija de la calesita
para repetir lo notorio,
paraísos que llegaban de la mano del hada.

Ella
traía el verdor de sus ojos,
el sol reluciente en el cabello.
Ella,
la esbelta,
consagrada en sus memorables contornos.
no quedó más que el abrazo a la aparecida;
desde lo arcano
emergió en saludos
cercanías a la voluptuosidad.
La incomparable céltica
traía la luz
en su mítica mirada,
la claridad en sus cabellos
salvajes y antológicos.
La aparecida se posicionó
tomando lo mejor de uno
y fue luz,
digamos llamarada,
al estallar la clarividencia.

 

La tranquera del enano
Juan Echebarne Gainza


En la estancia La Morocha, localidad de San Gregorio, Departamento de General López, provincia de Santa Fe, ocurre un fenómeno sobrenatural e inusual. Allí, más exactamente en el potrero N° 7 que linda con "la sección", quien quiera cruzar deberá abrir la tranquera y, como consecuencia o efecto, podrá aparecérsele o "salirle" el Enano.
Muchas son las leyendas que se han tejido en torno de ello y varios son los que prefieren no pasar ni de día ni menos de noche, dando una vuelta de 60 Km -o 12 leguas- de viaje para entrar a "la sección" por el camino de Iriarte, hoy año 2004.
Famosas son las bromas de mal gusto que ha soportado más de uno; por ejemplo, una noche de verano, en el campamento de un contratista, estuvieron contando cuentos de que "salía el Enano" y sugestionando a un tractorista nuevo que no era del pago. Cuando el hombre terminó de comer, se fue a arar el campo. Hacía poco que había parado de llover y un pueblerino, al que se le había quedado encajado el auto en el barro, vio la luz del tractor a lo lejos y se dirigió a pedir ayuda para que lo desencajaran. Entonces el tractorista, que venía maquinando en su imaginación, y alerta por si aparecía el Enano, al ver a este pueblerino en el medio del lote conjeturó que sería el Enano y, del miedo que tenía, lo encaró con el tractor con toda la furia corriéndolo hasta que el hombre, sin entender porqué le pasaba esto, saltó el alambrado. Otra trastada fue también de noche. Volvía la camioneta o chata de la estancia del pueblo llevando en su caja, atrás de la cabina, a un puestero y un domador que vivían en "la sección"; al llegar a la tranquera del Enano, el domador se baja por un lado a abrirla y al puestero no se le ocurre mejor idea que bajarse por el otro lado para asustarlo. Mientras el domador desenganchaba el gancho de la cadena que sujeta la tranquera al poste, el otro paisano fue y lo agarró por la cintura. Al domador lo ganó un ímpetu de supervivencia: sacó sucuchillo e inmediatamente, como acto reflejo, le hizo un tajo al puestero de oreja a oreja, lo que los paisanos denominan "barbijo" porque sigue el mismo tramo de la cara del barbijo verdadero, que sujeta el sombrero o chambergo con una correa debajo de la barba del hombre.
Otra vuelta venía Ramón Herrera, el hijo del puestero, manejando el tractor de la estancia y, en la pala mecánica que traía a la rastra, venían sus dos perros galgos. Al llegar a la tétrica tranquera, se baja del tractor para abrirla y se olvida de que tenía los perros atrás; en eso, un galgo se le abalanza por la espalda y le salta apoyándole sus manos en los hombros. Ramón pensó ¡el Enano! y salió corriendo como alma que lleva el diablo -dejando el tractor encendido y todas las tranqueras abiertas- hasta que llegó fatigado al puesto y el galgo tras de él. Al día siguiente, estaba toda la hacienda del potrero mezclada, el tractor sin gas oil y él tuvo que rendirle cuentas al mayordomo (administrador) del establecimiento.
Pero vayamos al meollo del asunto: ¿existe el Enano o es producto del imaginario popular? Como es sabido, toda leyenda tiene algo de verídico y eso es lo que me motivó a realizar una exhaustiva y profunda investigación en búsqueda del origen del Enano. He aquí el fruto y conclusión según los decires de los mismos protagonistas, padentranos del pago de San Gregorio y "morocheros" (ex empleados de la estancia La Morocha).
Empecemos por el experimentado y gran domador don José María "Josengo" Flores, quien relata lo siguiente: "Yo estaba un día, a la hora de la siesta, recorriendo "la sección" y, vecina a la Tranquera del Enano, a unos 500 metros, está el Monte o Médano del Enano. Lindando con este Monte está la cañada del Sordo García (un español escapado de la Guerra Civil española, donde había quedado sordo sirviendo como artillero en una batería a quien la estancia le daba comida y permiso para vivir allí, en una cueva que había cavado, con unos animales); el Sordo -continúa Josengo- había contratado un boyero o peoncito para que lo ayudara a arrear sus vacas y a ordeñar. Yo, mientras hacía la recorrida, vide que el chico estaba arrodillado cerca del Monte y se santiguaba haciendo la señal de la Cruz; no entendía lo que pasaba y me arrimé despacito, y ahí jue cuando lo pude apreciar al Enano: era morocho y tenía una bermudita y una camiseta gris. Dios unas güeltas alrededor del chico y desapareció, enderezando para el lao del Monte."
Otro es el testimonio de la hija del capataz don Juan Raimundo, viuda del puestero Chechi. "Veníamos con la familia del pueblo para el puesto cuando el finado de mi marido paró el auto para abrir la Tranquera del Enano. Era la hora de la siesta, y en eso vemos que del Monte sale el Enano en dirección a la Tranquera donde estaba mi marido. Nosotros, desde el auto, le empezamos a gritar con desesperación que se venía el Enano de la tranquera, pero no nos escuchaba y el Enano empezaba a acelerar el paso. En eso lo vio mi marido y disparó para el coche y, así, escapamos."
"Me contaba la señora de Altamirano, -sigue diciendo la señora de Chechi- puestero de la estancia vecina, que linda con el Monte o Médano, que casi todas las siestas salía el Enano del Monte, vestido con una camiseta y una bermudita, e iba a buscar agua a una noria que había ahí y volvía a meterse en el Monte, desapareciendo como si se introduciera dentro de una planta." Según decían, debajo del Monte o Médano del Enano hay enterrado un cementerio indio, pues allí cerca hay tres pozos o 'bateas de los indios' donde éstos ocultaban la hacienda robada en los malones o se escondían de la partida de milicos que los campeaba (en el año 1955 los militares colocaron un mojón en la cima del Médano del Enano) La señora de Chechi dice también que un día vio que sus chicos charlaban con el Enano desde el sulky y que ella, desesperada de pánico, corrió hacia ellos para protegerlos pero, cuando llegó, el Enano se había desvanecido.
Pero el testimonio más acertado, que nos brinda la certeza de la existencia e identidad del Enano, es el del competentísimo capataz don Rosario "Toto" Figueroa. "Cuando yo era chico mi padre, Atilio Figueroa, era puestero de "la sección", allá por 1942. Y el capataz de la estancia era don Germán Raber; este criollo tenía unas hijas muy bonitas a las cuales pretendían varios muchachos cogotudos del pueblo. Pero el viejo Raber también tenía un hijo enano, que además era atrasao; entonces, cuando venía algún mocito a noviar con alguna de las hijas, al Enano lo encerraban en un galponcito, al fondo, todo el día y los hacían desgranar maíz. Habrán estado cuatro años en la estancia y se fueron pal lao de San Miguel del Monte. Lo remplazó mi suegro de capataz, don Filomeno Flores (padre de Josengo, más arriba citado), que fue a habitar el puesto de capataz en "la sección" donde supo estar Raber. Y mi señora cuenta que, a la hora de la siesta, si no lo veía por el Monte o la tranquera, lo sentía desgranar maíz, porque había sufrido tanto en vida que quedó penando su ánima errante por la estancia La Morocha."
A raíz de estos relatos, averigüé el paradero de las hermanas del Enano que, efectivamente, eran muy lindas, y me dijeron que lo querían mucho a su hermano, que no es verdad que lo ocultasen y me regalaron una foto de él. En la foto se nota que es morocho, está vestido con camiseta y bermuda y es evidente que padecía una deficiencia mental (que para la época era una vergüenza y se acostumbraba no mostrarlos hasta en las mejores familias). Dedico esta historia a él, cuyas iniciales son M.R., pues prefiero dejar su nombre en el anonimato porque su persona ha sido demasiado perturbada y quiero dejarlo descansar en serenidad con el Eterno en su gloria.
Recomiendo no merodeen por ahí entre las doce del mediodía y la cuatro de la tarde, no vaya a ser que "le salga el Enano de la Tranquera".



El azulaico


Francisco Squeo Acuña

Fue en el río de Guan Chin
(agua apretada, palabra vietnamita)
y se bañaba con ropa.
Salió casi volando hacia Tilimuqui.
Estaba a cincuenta metros, lo ví doble
pues tenía la corona de albahaca del carnaval
en el valle de Wamatica o Famatina.
El amigo Fallabrino dice que lo vimos
en Alcapatal y que seguía rumbo a la sierra
de los Quinteros
donde escriben en las piedras.

Pedí permiso para bajarme de la camioneta
en Talampaya.
Allí lo divisé, le grité "che, transgresor".
Se sentó con su trajecito de tela de avión.
Me acerqué, lo ví agarrar su rostro de paralelepípedo
con sus manitos de pianista celestial.
Tenía nariz de uñigal
ojitos de flor de tusca
su barbita como un ramo de jacarandá
y su cabellera rojinegra.

Me dijo que andaba buscando que lo encontraran.
Se escapó de las sierras cordobesas
donde vio el triunfo del Frejuli
y luego estuvo en Ezeiza
para la inauguración
de la patria renga argentina en el '73.

Me dijo que había comido dátiles musicales
en la finca Breyer de Patquía
y que casi lo ahorcan en Amaná.
Le dolía el estómago,
estaba quisquido.
Entonces aclaré que en mi bolso de vieja
también tengo soluciones.
En su boquita de cabrito terco
con dientes de pisingallo
le di una cucharada de coloquintina
un trago de aguardiente de Pituil
con pasas Fiambalá y jengibre.

Empezó a dar vueltas como los suris
con los que al parecer tuvo trato -según dijo.
Se fue ligero como una charata
al murallón del eco.
Empezó a gritar y gemir.
Una fetidez musicalizada persistía.

Apareció la camioneta;
cuando vio tanta gente sentada en bancos
salió echando humo.
Dicen que inauguró o diseñó la ruta azulaica
de Talampaya al Valle de la Luna,
es decir, de la Pipa Aubone,
pues algún día se hará un aeropuerto
o un Estado infinito.


El Supay
Julia García Mansilla


¿Así que no le creen cuando usté jura que ha visto al diablo? Yo sí le creo; sucede, ¡mire si no le v'a creer! Yo también he sentío miedo, un miedo tan grande que yela la sangre. Es conocido que las montañas escuenden secretos. Sabimos que cuando azota el temporal, Huarallocsina, la madre del viento, pelea con sus hijos en entrevero furioso, y que es al cuete encarar esas dos juerzas. Se saben tantas cosas desde añares… Y ya que me lo pregunta, le cuento: no sólo a usté lo han susteao fiero. Yo también viví un caso peliagudo.
Mire, dende changuito, van a hacer casi sesenta años, fui puestero allá arriba, en Corral Quemao, cerca del Chile. La montaña era mi casa, podía internarme en ella, recorrer los puestos, arrear la hacienda como si no fueran leguas las que traqueteaba. Como si fuera el patio e' mi racho. Amaneciendo salía. Los pastos tupidos se extendían como una sola mata verde. Las montañas sembradas e' cardones y chaguares entuavía velaban la noche. ¡Y el silencio e' la montaña! Se lo puede sentir. Una culebra se retuerce sobre una hoja seca y el crujido se agranda como coro en capilla. Los ruidos se agigantan y rebotan sobre los cerros como repique e'campanas. Créame que a veces recorría las estancias no sólo por buscar algún orejano, sino de puro vicio, p'a darme el gusto e' dejarme estar,
abrazado por el corral e' la cordillera, como ripio llevado y tráido por el viento.
Usté sabe que, allá arriba, en un abrir y cerrar de ojos cambia el tiempo, y que de sólo estar a uno lo pilla el temporal. Las nubes se le vienen encima como si quisieran aplastarlo sobre la tierra. Pero p'a mí no era cosa e' miedo. Conozco como la palma de mi mano cada rincón, cada cueva, como p'a dejar pasar tranquilo el chubasco y seguir mi camino en cuanto las nubes se pierden entre la quebrada. Algunas tardes andaba como a mí me gusta, medio hablándole al aire; otras, flechado por el sol del mediodía, hacía un alto y me echaba bajo cualquier sombra a siestiar un rato.
¡Pero no se impaciente, don! Tengo que contarle todo p'a que sepa que lo compriendo. ¡Usté también debe haberse visto apurao! No lo desniego. Permítame contarle mi experiencia.
Un día, ya bajando p'a las casas, me vi envuelto, sin poder cuerpearle, en un temporal bien fiero. La lluvia se nos venía encima, a mí y a mi caballo. Busqué un refugio. Dejé el moro atao y a reparo y trepé las murallas afiladas del cerro en busca de un socavón como p'a pasar la noche. La oración parecía más cerrada por causa e' la polvareda que levantaba el zonda; la lluvia me aporreaba pero alcancé el borde e' una cueva y me perdí adentro, de cabeza. Respiré hondo. El frío había cáido de golpe y me envolví en el poncho también empapao. ¡Qué remedio! Veía alguito cuando los rejucilos aclaraban la oscuridá; malicié, y no me equivocaba, que me había amparao en una cueva tan grande que no alcanzaba a devisar el techo. Metido entre los cerros, en lo más recio del aguacero, el asunto no estaba p'a más exploraciones. Me conformé: gracias que me hallaba a reparo.
Acurrucao, me eché a dormir. De ajuera llegaban los aullidos e' los vientos enredados en la pelea y los gritos de la Huarallocsina queriendo sujetar a los hermanos ensañados. Adentro, entre dormido y despierto, sospeché que no estaba solo. Un olor raro, como a pelo mojao, llegaba hasta mi nariz. Pero ¿de quién? ¿de qué? ¿de puma, de zorro, de ratas apeñuscadas e nido? Nada conocido. Y mire que yo de bichos sé bastante…¡En qué brete me había metido! Por buscar reparo había cáido en una oscuridá peligrosa, y se me hacía que algo pior me aguataiba desde algún rincón.
Y así fue, porque ahicito nomás oí una especie e' ronquido que se venía p'a mi lao. Pegué un respingo y a los trompezones me corrí p'a la otra esquina de la cueva. El ronquido me seguía, Podía haber demandado si era hombre o demonio lo que estaba ahí nomás, Pero, fíjese bien don, no pude abrir la boca: quedé paralizao, mudo del susto. No me importaba qué era la cosa, yo quería acabar de una vez con ese socio que compartía conmigo la oscuridá e' la cueva. Escaparme p'a no sentir su olor asqueroso. Su presencia con brillo e ojos. La ropa se me había pegao al cuerpo y un sudor frío me resbalaba despacito desde la frente; se me hacía, créame, que entuavía me bañaba el aguacero. ¡Ay, don! Por más que haiga baleado al cóndor, que haiga perseguido y acorralao al puma p'a matarlo sin compasión, por más que uno, llevado por enemistá haiga imaginado que defunteaba a alguno…No, no se imagina el miedo que da lo que no se ve. La mesma idea de que debía abalanzarme sobre esa cosa que soplaba a mi lao, que tenía que pillarlo, revolcarlo, sujetarlo contra los muros puntudos e' las rocas, buscarle el cogote o el centro justo entre los ojos y clavarle allí un puntazo mortal ¡ay! de sólo pensarlo se me helaba la sangre.
Quería apaciguarme. Miraba hacia ajuera. La cortina e'agua seguía cáendo tupida. No me volví ni una vez a vichar, no quería encararme con eso que seguía gruñendo bajito, hasta que, de pronto, empezó a resollar, a jadear como bestia cansada o, pior, hambrienta. Cuando un soplido tibio me calentó la coronilla, no aguanté más, El miedo, se lo confieso don, me dio coraje o me apocó, no sé. Me envolvía la cabeza con el poncho y salté como venao entre los chaguares y las piedras, me desmoroné rodando y caí sobre la senda: machucao, aturdido, pero a salvo.
Busqué el caballo, lo monté a lo loco y, de una galopiada, con la cara bañada por la lluvia, puse distancia entre la cosa y yo.
Cuando llegué al rancho, al colgar el poncho en un clavo p'a que se secara, ¿adivine lo que vi? Justito sobre la guarda, al lado del cuello, ¡tenía una quemazón e' una palma de ancho! Por eso, ¡como no le v'i a creer cuando usté jura que lo ha sustiao el diablo! ¡Si a mí también se me apareció el Supay!



La sombra en Hamlet
Silvia Bolotin


Con Hamlet y con Julio César (1599-60) -que lo anuncia- estamos en el ciclo llamado negro de las grandes tragedias, donde no se trata de un reenvío a las impúdicas y atroces verdades, sino que los personajes parecieran adaptarse en una negación sin recursos ante el espanto de una intolerable aparición.
Hamlet fue escrito en 1601, o 1602, por William Shakespeare, después de la muerte de su padre, así como Romeo y Julieta (1595-96) nos llega como una sinfonía de duelo perenne sobre amores apasionados a su hijo Hamnet, que murió en 1596 a los once años. Al realizar conjeturas en mi imaginario de lectora, percibo un Hamlet como fenómeno de resonancia a la desaparición del hijo y del padre, pero como antítesis en relación con Romeo y Julieta, donde Hamnet recibe un homenaje inmortal con un aroma nostálgico por la separación de William y Anne Hathaway. Se constata que, entre la estructura del lenguaje en Hamlet, aparecen representaciones de pasiones criminales, que serían Hmanet, el padre, Anne… Estos símbolos se esparcen y aparecen como una resurrección introducida por el concepto de lo fantástico con el personaje de Gertrudis, o la Sombra, o proyectada por Horacio, amigo de Hamlet. O bien exteriorizado por ese sujeto agotado por el "fracaso y el furor" privativo de la turbulencia trágica llevado al extremo con el príncipe. Lacan lo resume con potencia al decir que "la dimensión de lo fantástico surge cuando algo de lo imaginario del fantasma comunica lo que llega normalmente al nivel del mensaje del otro, en tanto que es el mismo Yo." Entonces, el Yo del autor queda como espacio de identificaciones, donde se articularán fenómenos epifánicos, emergiendo a partir de la formalización del inconsciente bajo las leyes de la poética.
Por otro lado, Hamlet es el paradigma del tratado del mal, del conflicto que yace en el alma, que la envuelve y la pervierte, obnubilando la razón. Y estas condiciones serán, paradójicamente, la salida de héroes con que liberan sus tormentos. Pero contrasta con La Tempestad y El Cuento de Invierno (1610-11), donde los personajes, si bien son llamados al horror, se mueven hacia el perdón de las ofensas. Además, Shakespeare destaca la belleza, la trascendencia en un mundo imaginario donde explora los trasfondos como si fuera su eximio legado del verbo. Hamlet comienza con la muerte del padre, instalándose un clima misterioso invadido por interrogantes, intrigas y efectos especulares sometidos a la función del objeto "a" en un juego de espejos. La Sombra del padre, en acto I, escena V, dice; "Yo soy el alma de tu padre, condenada por cierto tiempo a andar errante de noche y a alimentar el fuego durante el día, hasta que está extinguidos y purgados los torpes crímenes que en la vida cometí. De no estarme prohibido descubrir los secretos de mi prisión, podría hacerte un relato." Aparece el signo de amor referido a un padre amenazador donde se intenta develar un enigma oscuro, similar al proceso del desciframiento de un sueño. Y se hace el día en esta metáfora paterna, en medio de un relato tenso donde no se conocen los suburbios del crimen. Pero adviene una suerte de distensión cuando la Sombra le confiesa a Hamlet: "La serpiente que quitó la vida a tu padre hoy ciñe su corona", anunciándole que se le vertió el veneno llamado hebona en el oído, con esa característica de Shakespeare de hacer una confesión sin confesión. "Juega aquí a través de consonancias maléficas con un término que añade lo fantástico al horror de una situación." Y nos brinda una parte clave en la pieza de teatro que la distingue de "Edipo que desea y mata él mismo a su padre. En cambio, Hamlet desea pero es otro quien comete el crimen. El asesinato significa para el sujeto del inconsciente, el goce compacto de su deseo parricida."
Por otra parte, William Shakespeare manipula imágenes; son imágenes dobles que hacen de calambour con una doble significación, como en The Ghost. Ahí adquiere una fuerza encarcelada en significantes de formaciones de lo inconsciente que conducen a significados, como en los malos sueños de ambición del acto II, escena 2; y así surgen brillos rumbo a la precisión, yendo y viniendo desde lo pintoresco hasta una sensualidad inusitada. Y corresponde subrayar que Pascal nos aproxima a la idea que hacerse el loco sería la política del héroe moderno, y nos reúne a la locura fingida de Hamlet para lograr su propósito de enlazar la comedia con la tragedia en el drama. Shakespeare salta entonces por encima de lo sensual, loo absorbe como en la escena hermosa de la pantomima que encierra una escena-mensaje que revela el crimen de Claudio, pero una vez más fracasada, porque Hamlet el indeciso no puede matarlo. Hecho que demuestra que, cada vez que tiene que representar su acto, Hamlet lo representa más tarde sometido a ese famoso to be or not to be bajo ese efecto de especulación especularizante sobre el tiempo que lo encamina a una acción imposible. He aquí el efecto especular de "a" que se percibe también cuando el envenenador corteja a la Reina Gertrudis, produciéndose una metamorfosis con la verdad. Y se suman constantemente ideas metáforas que atacan al lector por todas partes, exhalando la sabiduría misma del poeta, rompiendo la cadencia natural de la prosa, y por esa vía adquiere una línea melódica. Con este Hamlet que le avasalló el cuerpo del padre de Ofelia, se introduce un Hamlet cautivo entre dudas nutridas de repudios sucesivos al amor, la amistad y al honor mismo, y aparece un héroe descorazonante. No es azaroso que se lo erija a Hamlet como el prototipo mismo del hombre atormentado, casi incapaz de un gesto que lo salvaría de la degradación de su universo donde él mismo se ahoga.
Y desembocamos en Ofelia. Una de las creaciones más sublimes entregada al romanticismo, atrapada también por la locura como si no comprendiera el porqué de la muerte de Polonio y sólo lo percibiera en un cuadro borroso. Pero su suicidio ambiguo destaca al dramaturgo en todo su esplendor. Y la tragedia empieza ahí. Entonces, en el acto V, escena 1, Alertes ruge; "¡Oh! ¡Que un triple desastre caiga diez veces triplicado sobre la maldita cabeza de aquel cuyo inicuo crimen te enajenó de tu privilegiado entendimiento". Y algunas frases más tarde se oye: "Aquí está Hamlet, el danés". Momento en que expresa por primera vez su deseo de amor. La verdad inconsciente ha develado la intriga; muere Claudio. Hamlet le pide a Horacio que tome aliento para contar esta tragedia y se derrumba. El poeta le dio un sentido acumulativo al espanto ante la intolerable aparición. Y entre el más allá de injusticias prohibidas de fratricidios, adulterios, codicias, estalla lo fantástico explorando todo los desconocido de enunciaciones reprimidas que vuelven en una letra inimitable.

Lacan, Jacques. Hamlet, Trágedie du Desir, París, 1959. Pag. 89.
William Shakespeare. Hamlet. Obras Completas. Madrid, 1932. Pag. 231
Ibid. Pag. 231.
William Shakespeare. Hamlet. Traduit de l'angalis par Francois Magín. Edición bilingüe. París, 1959. Pag. 442.
Juan David Nasio. Les Zeus de Laure. París, 1987. Pag, 102
Ibid. Pag. 281.


Advertencia del cielo
María del Carmen Suárez


Custodian
observando crucigramas de cerca.
Desde las alturas
pasan cual ráfagas de viento
transmutan hielos
el fuego de los corazones.

Enigmáticos, parpadean.
En sus pupilas,
el reflejo del sol.

Están junto
a plantas acuáticas
a mariposas radiantes.

Juegan con el candor
de la humildad
en aventuras y hechizos.

Ángeles dibujando el futuro
en el aire.

Atraviesan patios,
Senderos.
Nos ven.
Amparan las rutas
desde los párpados del sueño.

Barba azul
Julián del Campo

Pero la tierra vino en ayuda de la mujer
Y abrió la tierra su boca y se tragó el río
que el dragón había arrojado de su boca.
Apocalipsis 12.13


Soy el azul;
azul el ángel.
Yo alumbraré el misterio
que reservo para todos tus gemidos.
Yo tengo otro lugar
donde las siete sangres
serán un manto redentor y dulce.
Pero es preciso morir,
morir ahora.

En verdad les digo
que serán las elegidas.
Impediré que inflamen vuestros vientres
y no habrá parición, ni dolor, ni llanto.
La bestia que era, ya no es:
haremos un trueque de destino.
Vuestra redención será la lluvia azul
en mis entrañas;
redimidas serán las ocultas, las gozosas
que vivirán en mí
yen esa muerte, también, una mirada
que ya pueda mirarme eternamente.


Los que se resisten a morir: Aparecidos y vampiros
Fernanda Gil Lozano


Los aparecidos y vampiros son criaturas de extremos. Ansían el placer de la vida y, sin embargo, se satisfacen en la calamidad y la muerte. Pero, ante todo, tengamos en cuenta que los opuestos se atraen, como es el caso de los dos polos de la vida y la muerte. La vida es un regalo de la muerte, al igual que la muerte es un resultado de la vida. Cualquier forma de existencia terrenal está sometida a este principio. Una hermosa alegoría de la fusión entre la vida y la muerte la encontramos en la contemplación de un cementerio. Allí, mientras bajo tierra sigue su curso incansable el proceso de descomposición, en la superficie la hierba crece tan abundante y verde como casi en ninguna otra parte.
Por estas características opuestas, paradójicas y humanas, quise reflexionar sobre los rebeldes, ya que conocemos a muchas clases de ellos, pero hablamos poco de los que se oponen a su destino, a lo irreductible de la vida que es la muerte. En este sentido, tenemos que hacer un esfuerzo y salir del orden ordinario, ya que la máscara bajo la que se manifiesta lo sobrenatural siempre es diferente; nunca es la misma. Sólo aquél que es capaz de reconocer las máscaras puede penetrar con la mirada a través de ese engañoso velo y tratar de comprender la esencia de esa fuerza que se oculta detrás. Esta capacidad de metamorfosis que se atribuye al mundo inmaterial se repite en las religiones de todas las culturas y épocas. Los dioses, los espíritus, los demonios y las criaturas de la noche pueden adoptar distintas apariencias, o bien ilimitadas, como sucede con el demonio, o bien limitadas, como sucede con los aparecidos y vampiros. No obstante, con los aparecidos y los vampiros lo que está en el centro de la cuestión es el tema de la muerte y la posibilidad de que los muertos regresen, ya sea solos, ya sea invocados y, más aún, de que regresen a causar mal, a asesinar a los humanos, esto es, de que sean muertos vivos a los que es necesario matar de acuerdo a un ritual macabro.

Los aparecidos. Temor a la muerte y conjuros.

El temor a la muerte y el miedo a que los muertos regresen son temas que forman parte de todas las culturas, que están presentes en toda la historia humana y que no han desaparecido de nuestra moderna sociedad industrial por más que lo usual en ella sea encubrir ambos temas, sobre todo el último, bajo conceptos científicos. De alguna manera, el culto que cualquier sociedad rinde a sus muertos expresa, tras el respeto que les manifiesta, el temor que siente por ellos, y los rituales asociados a ese culto en sus diversas formas tienen que ver con el esfuerzo por evitar que vuelvan, por conservarlos en el "más allá" o, al menos, lejos del área en que la vida cotidiana continúa. Aunque las religiones paganas y, sobre todo, el cristianismo hicieron con frecuencia algún tipo de apología de la muerte o, al menos, de ciertos tipos de muerte y con ella elaboraron otros mundos o paraísos en donde los muertos podían disfrutar de la felicidad eterna, lo cierto es que este esfuerzo por encomiar la muerte, y construir sitios maravillosos para eterno regocijo o paz de los desaparecidos, revela muy claramente la resistencia de los seres humanos a aceptar la muerte como lago natural, siendo que se trata de un corte brusco que interrumpe la vida y que significa cambiar este mundo al que se está atado por relaciones de poder, de riquezas, de amor o de odio, por un mundo identificado en cambio -en la mayoría de las culturas- con la oscuridad y el frío, con la noche y con las sombras. No es de extrañar por todo ello que los muertos se nieguen a morir y abandonar este mundo, o quieran a toda costa regresar de la muerte y de la noche. El tema de los aparecidos y vampiros está ligado a ese temor y a ese profundo rechazo a la muerte.
El mundo cristiano o prontamente cristianizado heredó de la cultura clásica romana mucho del temor de ésta a los muertos. Se tenía a los muertos por impuros y peligrosos y hasta se creía que seguían viviendo en sus tumbas. De allí los ritos destinados a clamarlos y a hacerlos permanecer en la muerte. Los temores hacia los muertos se acentuaban al tratarse de condenados a la pena capital, suicidas, mutilados y, sobre todo, insepultos, en especial los ahogados en alta mar, a los que no era ya posible dar la debida sepultura. Con los criminales sucedía algo parecido, pues no podían ser enterrados con los debidos ritos. Accidentados y quemados por rayos resultaban muertos peligrosos. La mutilación dificultaba que los cadáveres permanecieran en el otro mundo y hacía a los mutilados firmes candidatos a regresar a éste a causar dificultades. Ese era el problema central, pues se suponía que los muertos sin sepultura o sin ritual, los mutilados, los quemados o los ahogados, sobre todo si habían sido en vida conflictivos o inadaptados como se suponía eran los criminales ajusticiados, eran los que volvían. Por todos estos supuestos, los aparecidos remitían a seres agresivos y peligrosos, y su regreso a este mundo no presagiaba nada bueno, pues venían en busca de venganza o justicia, cargados como estaban de odio, y dispuestos, ya fuese con razón o sin ella, a hacer daño a los vivos.
De temprano el cristianismo intentó combatir estas creencias y dar al problema de los aparecidos y vampiros una lectura racional. Así los primeros Padres de la Iglesia trataron, sin mucho éxito, de reducir la importancia de los aparecidos entre los pueblos cristianizados. Tertuliano quiere que se trate de pura ilusión, y para él la aparición de los muertos es irreal: se trata de fantasmas, de ilusiones. Es el demonio quien nos envía esas imágenes falsas que nosotros tomamos por reales. San Agustín, en cambio, es menos preciso. En un opúsculo dedicado a describir los cuidados que deben darse a los difuntos, habla de apariciones y de aparecidos que se muestran en sueños, o de otra forma, a los vivos y piensa que los testimonios afirmativos son muchos y muy serios. Su conclusión es que las apariciones son reales, pero que los muertos no participan en ellas. Agustín cree que los ángeles, con permiso divino, son quienes le hacen saber al que sueña que determinados muertos deben ser enterrados; que el propio muerto lo sepa o participe de esta advertencia, en lo que toca a la corporeidad de los aparecidos, estima que nuestros sentidos nos engañan, pero al final siembra la duda y remite al poder infinito de Dios. San Gregorio Magno, en cambio, habla mucho de los aparecidos en sus Diálogos; según él, los aparecidos son siempre almas en pena que expían sus faltas cerca del lugar donde las cometieron, y solicitan a los vivos oraciones y buenos pensamientos que los ayuden en su condena.
Las opiniones dentro del cristianismo fueron variando con el tiempo; a finales del siglo XII todo aparecido era un poseso. Poco después la admisión oficial del purgatorio hizo todo más flexible. Así y todo, existe en todas las épocas y culturas una connotación negativa hacia los aparecidos, debido a dos razones; por un lado, el encuentro con un muerto suele ser el encuentro con la propia muerte y, por otro, los muertos que vuelven no son los mejores exponentes del grupo social sino aquellos más problemáticos.
Por ese motivo resultan tan importantes los ritos funerarios, pues constituyen la vía preventiva para evitar que los muertos vuelvan: así, cerrarle los ojos y la boca al muerto y taparle las fosas nasales al inicio del ritual intenta evitar el mal de ojo, pero también que el alma o espíritu escape y se quede en este mundo. Se envuelve al muerto en un sudario, lo que es costumbre tomada por los germanos del cristianismo, pero se cierra con un alfiler, costumbre pagana,, lo que ayuda a evitar cualquier regreso del muerto. Se le ponen unas zapatillas de Hel para el viaje, se le cortan las uñas y muchas culturas juntan personas para que, con velas y cánticos, preserven el cuerpo inerte. También es esencial que el muerto siga al salir de la casa, pues se trata de confundirlo y evitar que regrese.
A partir del cristianismo va a ser importante que la tierra donde yace el cuerpo esté consagrada como parte de un conjuro hacia el posible retorno del muerto. De todos modos, para evitar el retorno del muerto, para evitarlo, se clavaba a los difuntos una estaca en el pecho y, cuando se hacía el oficio religioso, la estaca era arrancada y en ese agujero se rociaba agua bendita. El mismo sistema de clavarlos al suelo se usaba en casos de suicidas, de niños muertos sin bautizar, o de mujeres fallecidas durante el parto. Al muerto se le ponía una pieza de moneda de oro en la boca, que era parte de su tesoro, para que viviera bien en el Otro Mundo.

Elementos y contextos de los aparecidos

Los aparecidos cristianos, cuando no son formas demoníacas, son almas en pena que traen algún mensaje ultramundano o algún anuncio de muerte o de castigo divino. Valen, pues, mucho menos por lo que son ellos mismos que por la función que fuerzas superiores a ellos, diabólicas o divinas, les imponen. Esto los hace menos interesantes y más estereotipados. Los aparecidos más independientes de la ortodoxia cristiana, por el contrario, son más variados e interesantes, ante todo porque no se trata de espíritus sino de muertos/vivos, cuerpos animados. Muchos de ellos -ahogados, mutilados, sujetos que en vida tienen rasgos poco comunes, inadaptados de diversa índole- parecen tener problemas en el otro mundo y están como predestinados a ser aparecidos, a regresar a este mundo a generar problemas aun después de muertos. Es cierto que muchas veces aparecen, como en el caso de los ahogados, para hacer saber que han muerto, y también pueden ser anunciadores de muerte como los aparecidos cristianos, e incluso puede deberse a alguna epidemia, como nos narran varias sagas.
No obstante, lo más frecuente es que sus motivos para regresar resulten personales, sea porque prefieren quedarse aquí con los vivos, sea porque es venganza o justicia lo que solicitan. Por ello, sus apariciones no trascienden el medio en que han vivido: este es otro rasgo clave, porque los aparecidos se muestran a quienes los conocieron en vida y que son justamente los que más les temen, pues son ellos los que los engañaron, traicionaron o asesinaron. Esos aparecidos, rondando alrededor de sus antiguas granjas, acosando y agrediendo a vecinos y parientes, atacando y matando al ganado, se integran a una realidad cotidiana carene de rasgos demoníacos e independiente de los designios de la providencia, dándoles así un sesgo particular, marcado por cierto suspenso, como parte de la vida cotidiana. A esto se añade otra característica no menor: los aparecidos se muestran casi siempre de noche, en medio del frío, las sombras y la niebla. A veces surgen, lejos de su época y hasta de día, pero esto es más bien raro, ya que lo usual es que los fantasmas teman a la luz y que, cuando asomen al umbral de las casas, sea para atraer hacia ellos a sus adversarios a fin de agredirlos fuera, en medio de las sombras.
Todo esto contribuye a dar a estos relatos de aparecidos una coloración muy viva y a veces muy dramática. Pero quizás lo que es da más interés es la forma de enfrentarlos y acabar con ellos mediante recursos que prefiguran los rituales anti-vampiros de las modernas películas que trabajan la temática.
No hay formas pacíficas de deshacerse de los aparecidos. Sólo desaparecen cuando se emplean contra ellos fórmulas rituales que los obligan a no volver. Esa presión puede ser la clara manifestación de rechazo que la comunidad les expresa o, como ocurre en algunos relatos cristianos, el toque de campanas, o la orden de un santo o un sacerdote, acompañada de exorcismos, empleo de cruces y aspersiones de agua bendita. Pero, aun en tales casos, puede ocurrir que no resulten suficientes y que el aparecido siga empedernido, aferrado a su situación de tal. En esos casos hay que emplear la violencia. Se comienza apaleándolos, pero es más seguro atacarlos con armas de hierro como hachas, lanzas y espadas. A veces se logra hacerlos huir, pero los aparecidos suelen ser tercos, además de temibles guerreros, y lo más probable es que respondan al ataque con sus armas, utilizando su fuerza y el temor que inspiran. En tales casos lo pautado es ir a matarlos de manera definitiva; una de ellas puede ser cortarle la cabeza y ponerla a sus pies para que no la encuentre y se quede en su tumba; otra, más definitiva, es el fuego. A veces previamente se les clava una estaca en el pecho, igual que se hace con los vampiros.

La muerte de los no-muertos

El hecho de que a todos los mortales nos amenace la muerte es una experiencia ancestral de la humanidad. No sin razón la muerte tiene una importancia de primer orden en numerosos mitos y religiones. Además, parece que antes despertaba menos pavor del que causa hoy al hombre occidental tal vez porque no se veía como una verdadera muerte sino que representaba más bien un segundo nacimiento y el comienzo de una existencia espiritual. Pero la incredulidad, u otros tipos de creencia, resucitaron antiguos temores.
En el territorio difuso entre aquello que en realidad no vive pero tampoco está totalmente muerto se enmarca la existencia de los aparecidos y vampiros. Con el tiempo, la valoración de estas formas de existencia han cambiado. Así, mientras que los hombres apegados a las creencias tradicionales la equiparaban a una perdición, hoy la idea de ser vampiro resulta atractiva para las mentes descreídas, ya que el estado del no muerto no significa que se sea inmortal. Por una parte la carrera de los aparecidos y vampiros tiene un límite porque, sin duda, el hecho de hacer eternamente lo mismo de un modo ineluctable puede ser un infierno, aun cuando prometiera ser motivo de un inmenso placer.
¿Cómo clasificar a los que se niegan a morir? Analizando los relatos de los aparecidos podemos establecer la siguiente clasificación:
A) Muertos recalcitrantes o renuentes a morir: no llegan a ser aparecidos y se limitan a seguir viviendo dentro de sus tumbas. Son los vivos los que acuden para apoderarse de sus tesoros teniendo que luchar con ellos y arriesgar su vida.
B) Invocados o aparecidos a la fuerza: estos son los aparecidos invocados. Aquí se trata de muertos que son llamados, usualmente por alguien capacitado para ello, y que regresa del Más Allá para ser consultado acerca de algo, para dar testimonio de algo o por alguna otra razón. La aparición de estos muertos tiene la característica de que, una vez cumplida la tarea que se les impone, vuelven a su lugar sin más. Su aparición es producto del uso de algún poder especial, sin ello sería imposible el fenómeno. La aparición de estos muertos se asocia con brujos, hechiceros, magos y espiritistas.
C) Aparecidos voluntarios o verdaderos aparecidos: son los muertos que regresan por su propia voluntad y, para mí, los verdaderos "aparecidos", donde entrarían como un subgénero los vampiros.
Tantos relatos de antiguas épocas, y no tanto, que pretenden ser reales, me hicieron valorar mucho esta clasificación, ya que su simpleza deja al descubierto problemas más profundos que tienen que ver con nuestra vida y no tanto con nuestra muerte.
Esta clasificación nos resulta necesaria ya que en principio podemos asegurar que quienes vuelven lo hacen para alguien, más que para algo. No existirían los aparecidos y los vampiros si no hubiera gente viva, con lo cual la independencia de éstos se nos hace dudosa. Para los vivos, los aparecidos son tan esenciales como una pierna o un brazo. La muerte es tan repulsiva, en nuestra cultura, que los vivos resucitan a los muertos bajo la forma de un aparecido. Por lo tanto, los aparecidos son la presencia real, simbólica e imaginaria del ser faltante, muerto, presencia que existe quizás únicamente en nuestro inconsciente, pero para el caso es lo mismo. Su función es la de regular la intensidad de la fuerza del deseo.
En conclusión, los aparecidos de cualquier tipo vienen y permanecen porque los queremos, porque los necesitamos y porque desde hace mucho, sabemos que nos vamos a morir, que somos finitos y nos resulta insoportable, ya que cada muerte es un recordatorio de la propia y cada aparecido es la ilusión del retorno.

 

Niña sumergida
Susana Cattaneo


La pequeña muerta camina por el pozo de bordes húmedos. La tierra se desliza en toboganes de viento y ella, la niña de manos ahorcadas, afirma ser extranjera de la luz. Enredaderas de lirios crecen en sus labios y escala, jadeante, los infinitos confines del cansancio.
Muy estrecho aquí, su lecho marrón, donde la acompañan insectos de cabellos largos que ella peina con lenguas de fuego y barro de serpientes. Aprieta con las uñas los leves huesos de su espalda.
Libres de toda mirada, hay noches en que sus ojos deambulan metros más debajo de su soledad.
La oscura sale -a veces- a la superficie, cuando se ponen de pie todas las mañanas. Ata entonces el aire alrededor de la corteza de su nombre.
La pequeña muerta adorna su cintura con jueves eternos, como el jueves que partió a lo imposible.
Hay octubres en que sonríe a todos los jardines nacidos en las entrañas del mundo.
Ahora es el mediodía de la noche, tiempo del rito y la plegaria. Pequeña muerta mía que guarda el sol en la tristeza.



El drama del hacedor de realidades
Jorge Cambiaso


Como todos los poetas, no sabía que los escarabajos odiaban a los poetas; lo descubrió aquella noche que soñó que uno de ellos con encarnizada persistencia devoraba una a una sus palabras y sonreía con desprecio. Desde su atormentado despertar sólo se dedicó a cazar escarabajos para convencerlos de que no valía la pena, que él, como todos los poetas, era totalmente inofensivo. Los prisioneros prosternaban su cuerno y simuladamente aceptaban el consuelo pero, al primer descuido, presurosos volvían a su sueño a nutrirse con afán de sus palabras. Poco a poco le fue ganando un inmenso vacío.

Como todos los poetas, ahora el desdichado vaga perdido por los deshabitados universos de su delirio con ojos insomnes desmesurados irreversibles.


Madre de monstruo
Yolí Fidanza

Hija de dioses, real consorte
herida por un rayo de exótica belleza.
¡Ah la criatura surgida de las aguas del mar
toda hermosura, toda maravilla, toda ímpetu viril,
aureolada de espuma, radiante de blancura!
Desde la ola el asalto del toro de azulada nieve, seduciendo…
¡Cómo retumban los tambores del corazón,
cómo ruge el deseo, cómo olvida hijos y esposo
cuando el fuego de la pasión irrumpe!

Ya escapa a los poderes
y fecundada por prohibido esperma
pare un monstruo
toro por la cabeza y todo el resto hombre.
Para acallar los llantos lo amamanta.
Le duelen los pezones mordidos por la Bestia.

Crece el endriago. Preso y abandonado escupe ira.
En los cuernos la fuerza. En las fauces el hambre.
En la lengua ardor que sólo aplacará la sangre.
Brama su furia. Exige bocados de carne tierna.

Desde la Isla Floreciente parten siete doncellas.
Murmurando himnos de sacrificio navegan siete púberes.

Enajenada reina suplica y se pregunta
¿Acaso el nudo atado por loco amor de diosamadre
podrá por tierno amor de hijadiosa desatarse?

Llegan ruegos a la morada de las constelaciones.
Ya no peligra el héroe.
Ya no se extraviará en el Laberinto.
Ariadna enamorada le asegura el regreso.

No hay excusas. La ley del Hades ha de cumplirse.
Teseo empuña el arma y el Minotauro de ese garrote muere.

Siete doncellas danzan. A coro siete púberes con címbalos celebran.
A la culpa por su vientre engendrada Pasifae libera.


   
  GRUPO NÉMESIS - Buenos Aires - Argentina