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Los animales fabulosos
Animales que echan fuego por la boca, peces con torso y rostro de mujer, varones con grupa y patas de caballo, cerdas y perros sometidos a juicio: todo ello y mucho más aparece en las páginas de este nuevo Cuaderno, donde también se cuestiona si estos animales fabulosos realmente existieron en otros tiempos o son sólo símbolos, proyecciones de nuestro ser interior.


Índice


Leonor Calvera. Animales y humanos
Susana Cattaneo. Los ojos de los dragones son misteriosos
Yolí Fidanza. Visitante de la noche
Juan Pablo González. Characoteles del monte
Susana Fernández Sachaos. Bestiario de pesadilla
Julián del Campo. Quetzalcóatl
Mercedes Naviero. El tigre protector
Humberto Acciarressi. Cuando los animales están en el banquillo
Malena Gainza. Cocodrilos del alma
Oscar Portela. Crogmanones a la vista
Alicia Bello. Johny
Rolando Revagliatti. Que me tuvo no
Fernanda Gil Lozano. Sirenas (para escucharlas mejor)
Conrado Nalé Roxlo. La sirena
Julia García Mansilla. La mula ánima
Sara Rioja. Dueñas de la tierra
Beatriz Schaefer Peña. Tres caballos míticos
Marcelo Wiman. Historias marítimas
Yadi Henao. Travesía
María del Carmen Suárez. El viborón
Susana Dillon. El espantoso monstruo de la laguna
Francisco Squeo Acuña. Witizete
Marcos Abarza. En otra era


Coordinación general:
Leonor Calvera - Beatriz Schaefer Peña
Ilustraciones: Mariano Gómez







Animales y humanos
Leonor Calvera


Bisontes, bueyes, caballos, toros atrapados para la eternidad en las piedras de Lascaux, de Altamira, de Dordogna. Dioses con cabeza de chacal, de águila, de léon; diosas con faldas de serpientes o con forma de gata o seguidas por una jauría de perras. Deidades transformadas en león, en cisne, en pájaro. La presencia de animales con valor espiritual ha venido acompañando sin interrupción a los seres humanos desde las épocas arcaicas. Quizá donde aparece claramente el significado espiritual de los animales sea en las costumbres de los algonquinos, de quienes se ha tomado la palabra "tótem"; para ellos, cada individuo tiene una potencia o guardián tutelar bajo la forma de un animal cuyo nombre le es revelado en el rito de pasaje a la edad adulta. Y la comunidad entera está puesta bajo la guía de un ancestro animal a quien se considera el padre de la tribu. En tanto seres deificados, los animales estuvieron rodeados de tabúes, palabra que tiene la doble acepción de "sagrado" y "no limpio"; en consecuencia, existía la prohibición de matar o comer a los animales de esa especie, excepto en las celebraciones o ceremonias religiosas.
Sin duda hubo un tiempo en que los seres humanos no establecían las distinciones actuales entre ellos mismos y el medio en que vivían, entre su propio interior y los animales que los circundaban. Por ello, hay una larga etapa donde aparecen con frecuencia productos de elementos de distinta naturaleza, híbridos entre dioses, hombres y animales. Más tarde, la aproximación entre especies se va haciendo más lejana y, a la par, más compleja. La simbolización mágica va ganado terreno: los oficiantes de los cultos se revisten entonces de máscaras y pieles de animales, cuyos poderes dicen ostentar en tanto la comunidad acata sus palabras de mediadores entre el plano terrestre y los mundos del más allá. La intersección entre las especies se prolongó más allá de la etapa totémica, en un cruce en que los humanos adoraron tanto como destruyeron a los animales, creando a la par una rica simbología de sus propias pasiones y deseos.

Analizar la historia de cada especie animal es una tarea tan vasta como la de reconstruir la historia de la humanidad. Sus significados han ido cambiando, adaptándose a los distintos estratos culturales. Un ejemplo paradigmático lo constituye la serpiente1 que comenzó siendo la Gran Madre creadora y luego su condición se fue degradando hasta terminar maldecida y condenada. Menos espectacular, pero no menos llamativo, es el caso del ratón. En sus orígenes, el ratón era una de las encarnaciones o símbolos de Apolo, a quien solía denominárselo Apolo Ratón -Apolo Smintheus-. En la Edad Media todavía conservaba cierto predicamento, como símbolo del alma y encargado de trasladar los espíritus al vientre femenino para su renacimiento. Sin embargo, no tardaría en caer sobre su figura todo tipo de interdicciones por considerarlos encarnaciones de íncubos o súcubos. Las autoridades medievales alertaron con énfasis sobre los innumerables peligros de estas extrañas criaturas que se reproducían espontáneamente sólo mediante el fango.
Dado que sigue conservando un alto prestigio no podemos dejar de mencionar al cordero. En las mitologías mediterráneas, el cordero encarnó siempre la renovación primaveral, la victoria de la vida sobre la muerte. El poeta Horacio afirma que las brujas sacrificaban un cordero negro para levantar de su tumba las almas de los muertos. En las costumbres y ritos dionisíacos, se ofrendaba un cordero arrojándolo al abismo para que, apaciguado el guardián de las puertas infernales, permitiera la salida del dios. Los israelitas también tomaron al cordero en función sacrificial y los cristianos siguieron esa misma simbología, aunque con una reversión: Jesús es el agnus dei, el hijo de Dios, cuya sangre será derramada. Por ello, durante los primeros siglos de la era cristiana se representó a Cristo como un cordero. Sin embargo, para evitar la similitud simbólica con las religiones paganas, el Concilio de Constantinopla de 625 ordenó que el arte debía representar a Cristo en la cruz y no como el antiguo cordero.

La característica sobresaliente de los animales fabulosos es la mixtura, la hibridez. Se trata de combinaciones de león y humano, de caballo y ave, de cocodrilo y vaca, de pez y mujer. Los agregados pueden llegar a ser infinitos, como lo demuestran esos ricos "bestiarios" que proliferaron durante la Edad Media o los monstruos que poblaban los infiernos. Todo ello apuntaba a rechazar cuanto de animal había en el hombre -fundamentalmente su sexualidad- cuanto debía dejar de lado para acceder a los reinos supremos del espíritu. Sin embargo, resulta curioso que los signos del zodíaco sean animales, que las estrellas y constelaciones que pueblan el firmamento lleven nombres de animales y que la cabeza de muchos dioses sean de animales o estén coronadas por ellos. Vale decir, cada vez que se ha querido honrar lo noble, lo superior, lo cósmico, se hayan elegido animales, no seres humanos.

Por lo general se admite que la representación de animales, extraordinarios o no, son materializaciones de los estratos psíquicos profundos. Jung sostiene que la proliferación de estas figuras no sólo demuestra la validez simbólica sino hasta "qué punto es importante para el hombre integrar en su vida el contenido psíquico del símbolo, vale decir, lo instintivo…El animal, que en el hombre es su psiquis instintiva, puede llegar a ser peligrosa cuando no se la reconoce e integra a la vida del individuo." Nada sabemos por el momento cuán riesgoso es para los animales no incorporar su parte humana a la existencia cotidiana.


Los ojos de los dragones son misteriosos

Susana Cattaneo

Hay un tenebroso encantamiento
en los ojos de los dragones.
De miedo, los cíclopes
se ahuyentan.
Entonces,
ya libre,
soy el Fénix
y puedo comenzar de nuevo
la Creación.

Hay un tenebroso encantamiento
en los ojos de los dragones.
Como en las antiguas ruinas
de Birs-Nimrud.


Visitante de la noche
Yolí Fidanza

I

Fabulosa la forma que visita mi noche.
Felino de perfecta simetría
que alguna mano onírica dibuja.

Criatura de ensueño, hijo de pesadilla
desvela el ojo y la conciencia
quebranta la vigilia.

Presencia ubicua.
Habita la selva del idioma,
urde fosforescencias, irrumpe en escrituras
deslumbra con imágenes.
Soberbio de linaje acecha la majada
y de una dentellada al venado desgarra.

Fatal es su belleza, inocente su Mal.
Hermoso e implacable
desde su lúcida tiniebla me seduce.
Qué danza en su moverse acompasado
y en el asalto cazador del instinto.
Qué lamento de fiera enamorada
qué saeta echada contra el viento
y qué rugido invicto cuando acecha la muerte.

Sobresalta mi noche su cambiante fantasma.
Sombra chinesca en espejo de luna
Bramido ahuyentando bandadas.
Piel de caza sobre cama de hierro
donde fragua el amor un vencedor de fraguas.
Talismán del oriente en busca de mi mano.

¿Cómo escapar al hechizo y al daño?

Desordeno almanaques, indago fechas,
abro el libro de oráculos prologado por Borges,
hay un tigre en la letra.
Es otro y es el mismo, me destina y me marca
no con aire o con agua, sino implacable, a fuego.
Sobre mí sus poderes,
me conmueve la voz en la espesura
con una llamarada incendia mis pupilas.

Tras sus fascinaciones, mi yo oscuro se pierde
Mi yo claro pretende conjurar la amenaza.

II

Obstinada la noche en derrotar al tigre,
que deje de habitar mi pesadilla
que deja ya de ser invicto y bello.

El insomnio me urge y le robo la piel
y con su tela de oro me diseño un abrigo
y con su voz selvática me adorno
y salgo hacia el invierno vestida con su llama.

Ya no viene mi tigre nocturno a visitarme
acaso sin su piel y sin su presa sufre,
acaso lo he vencido, tal vez me haya olvidado.
Desvelada le guardo un cubil en la ausencia
y porque no se borren sus huellas en mi vida
de papel lo recreo, lo nutro con palabras.


Characoteles del monte
Juan Pablo González


Aquí no hubo suficientes cristianos para esclavizar a las divinidades de antes,
y cada vez que han podido, y ahora sobre todo, esos diablos se muestran.
Rubén Darío

Cuando llegaron al pueblo junto al lago, en un principio pensaron quedarse quince días. Y pasó un mes, dos, tres, y se quedaron a vivir.
Eran Ana y diego, una pareja de artesanos de una ciudad del sur, y pronto encontraron una linda cabaña alejada del pueblo, de espaldas al gran volcán que dicen que tiene una laguna en su cima, donde viven varios animales.
Las leyendas mayas tzutujiles circulaban en boca de algunos ancianos que pasaban cargando leña, algunos campesinos que trabajaban en los sembradíos de las orillas, algunas mujeres que palmoteaban tortillas, algunos patojos que iban a la escuela: los artesanos escuchaban historias de perros que vivían bajo el agua, gente ahogada que se transformaban en "los ahogados", una suerte de extraños zombis vampiros. También se hablaba de la llorona, de los characoteles y otros espíritus, duendes, gigantes, dueños de las montañas y dueños de los barrancos, las rondas de la muerte que hacen rum, rum, rum, y demás espantos. Pero Ana y diego no les hicieron caso porque eran historias del folklore semiocultas entre las iglesias evangélicas, entre las voces y el griterío del mercado del pueblo.
Y Ana y Diego también empezaron a tener sus amistades del lugar, y por las noches recibían la visita de una hermosa gata negra de ojos verde jade, que parecía una pantera, panterita.
Venía la gata panterita de obsidiana por las noches, merendaba chocolates con ellos y después les hacía compañía, jugaban, comían tortilla, etc., etc.
Pero Ana y diego comenzaron a ver cosas extrañas en la pantera panterita negra; nunca crecía y sólo aparecía por las noches, nunca de día. De repente se esfumaba como ciertas obsidianas de Xibalbaj, y sus ronroneos parecían los de un jaguar del monte.
Al principio bromearon con la idea de que la pantera panterita fuera un characotel. "Panterita, characotela", le decían y la gata maullaba.
Una madrugada, cuando la gata acostumbraba marcharse-saltar por la ventana, Ana se despertó y le dijo a Diego, despertándolo también: sigamos a la panterita, a ver dónde va…para ver si es un characotel.
Y se levantaron y se apresuraron pero ya no pudieron seguir a la negra pantera panterita de obsidiana entre las sombras del lento amanecer.
Finalmente, otra noche de luna volvieron a probar; apenas la gata salió por la ventana, Ana y Diego la siguieron y la siguieron por el monte y los caminos de tierra de montaña y por entre las milpas. Cada tanto la pantera panterita de obsidiana se daba vuelta para ver si la seguían, pero ellos se ocultaban rápido.
Y vieron a la gata entrar a una casa de barro y cañas, abandonada perdida en el monte donde otros animales que discutían acaloradamente.
Y estaba por amanecer, y los animales salieron rápido de la casa y se fueron en distintas direcciones: gallinas, zopilotes, tecolotes, perros, murciélagos, conejos, culebras, lauchas. Ana y Diego trataron de seguir a la gata, pero nuevamente se les escapó; en cierto momento creyeron verla transformarse en una muchacha.
Por la noche interpelaron a la pantera panterita negra obsidiana y entonces "¿sos una characotela?", preguntaron, y la gata maulló y les dijo que sí, que era una characotel pero que no temieran, que muchas cosas que se decían de los characoteles eran mentira.
Antes, todas las personas, gentes del maíz, se transformaban en animales por las noches, se transformaban en sus nawales, sus animales guías. Luego, con la conquista y la inquisición y la iglesia, muchas personas, mucha gente del maíz, muchos mayas, dejaron de tener sus nawales y, para perseguirlos, comenzaron a decir que, si se transformaban en animales, en sus nawales, entonces serían characoteles, espantos monstruosos de la naturaleza.
-De día -dijo la gata- yo soy Clara, una muchacha tzujuli que ayuda en la casa y en el monte con la cosecha de café, y va a la escuela. Y de noche soy mni nawal Ix, y una gata y un characotel, lo cual es un problema, ya que muchos tzujules por la influencia de la iglesia piensan que yo puedo ser un espanto. Si me casara y mi marido me descubriese characotel, entonces él sería capaz de matarme por pensar que yo tendría una maldición. De hecho estoy por casarme con Carlos, un tzujuli evangelista que hace exorcismo, y es bien supersticioso, y estoy bien apenada por lo que peda pasar.
Ana y Diego escucharon la extraña historia maullada en boca de la pantera panterita de obsidiana. Aún sorprendidos, prendieron otro churro de mota y aspiraron algo de coca.
Volvieron a mirar a la gata negra chay y se rieron pensativos, intrigados, viendo colgados cómo ayudar a su amiga characotela. Y los maullidos continuaron:
-Tiempo atrás, yo tenía mi novio maya Kulán, que también tenía su nawal y se transformaba en characotel. Pero como le creyeron un espanto lo apalearon unos evangelistas y él se fue a refugiar en el monte, en los alrededores del volcán. Ahora hace mucho que nada sé de él, y dicen que ha muerto o se ha ido lejos. Mas ahorita -añadió la gata- creo que estoy enamorada.
Contó entonces cómo se había enamorado del Yac, jaguar del monte, pardo con manchas, que era un jaguar y sólo un jaguar jaguarcito salvaje del monte y no characotel ni así. Y que entonces en su gran pena ella estaba pensando quedarse con el Yac, jaguar jaguarcito pardo del monte, y dejar al pretendiete evangelista plantado en la iglesia del pueblo.
Y tanto ana como Diego pensaron que era una buena idea, y le dieron ánimos a la gata pantera panterita de obsidiana para que se quedara así, libre con su compañero felino y feliz. Y prendieron otro porro de mota y le convidaron a la gata toda negra pantera panterita chay, mientras ésta contaba-maullaba más historias de espantos del monte.
Chachara, chachara, chacharacotel.

Días después, Ana y Diego supieron que finalmente Clara, la muchacha, no había podido permanecer mucho en el monte con su novio jaguar jaguarcito yac, y que por allí la habían encontrado desnuda y con arañazos y se la había llevado Carlos, el pretendiente evangelista, para exorcizarla y casarse con ella.
Y dos dís más pasaron, y con muchos preparativo el pretendiente evangelista dispuso todo. El pueblo estaba revuelto por la historia de Clara la characotela, y la iglesia evangelista rebalsaba, chorreando agua santa y nubes de pom.
Comenzó el exorcismo con una parsimonia caricaturesca. Clara parecía narcotizada. Cantos y gritos teatrales fluían de las gargantas evangelistas mientras se hacía de noche y los bolos daban vueltas y tropezones dándole al guaro, asomándose curiosos a la puerta.
Y Ana y Diego, que estaban allí, vieron lo que pasó entonces. Ya entrada la noche, en medio del espectáculo del exorcismo, hubo uno de esos cortes de luz habituales en el pueblo y la oscuridad fue total.
Todo un concierto animalesco de vacas, gallos, perros, zopilotes, urracas, tecolotes, chanchos, caballos y culebras irrumpió en la iglesia evangelista. Tropel jauría bandada salvaje. Se escucharon ladridos, maullidos, mugidos, píos, relinchos, gritos.
Los evangelistas estaban anonadados, espantados; los animales les picoteban los pies y la cabeza y les mordían las manos y los brazos mientras intentaban huir del templo.
Quién sabe cuánto duró el revuelo de los nawales del monte: media hora o tal vez una hora, pero al volver la luz artificial, del espectáculo habían quedado los restos y destrozos de una batalla campal. El pretendiente y los otros evangelistas, incrédulos, lloraban en los rincones.
Clara y el resto de los characoteles y animales, habían desaparecido en la revuelta, y a la luz de la luna llena volvía a perderse en el monte, camino al volcán.
Chachara, chachara, chacharacotel.

Notas:
Chay: obsidiana, piedra volcánica negra, "piedra de rayo".
Yac: el gato del monte.
Cha: hablar, charlar, decir…lanza, navaja, vidrio.


Bestiario de pesadilla
Susana Fernández Sachaos


La Tentación de San Antonio, como tema de las artes plásticas, ha sido representada con crudeza trágica por muchos pintores y grabadores en distintas épocas y con diversos estilos y técnicas.
San Antonio se siente abrumado por la culpa cada vez que es tentado por las pasiones más humanas, sobre todo por dos de los pecados capitales más penados: la gula y la lujuria. Los animales fabulosos que aparecen en sus pesadillas para castigar su debilidad son producto del imaginario fantástico de los artistas.
La versión del pintor Mattias Grünewald -1455-1528, Escuela Alemana- muestra al santo acostado, rodeado de monstruosas bestias que combinan en sus cuerpos fragmentos de diversos animales. Un detalle de este bestiario -para dar sólo una idea- consiste en una masa de pelos con apariencia de conejo, cuernos de alce y ojos de muerto. Serpientes, leones, lobos, escorpiones, de los que reconocemos algún que otro rasgo que los individualiza, semejan grotescos Golems. Todo el conjunto se inscribe en un espacio tenebroso donde abundan árboles in follaje, sin vida.
Este tema ha permitido el curso del libre vuelo de los ensueños que representan plásticamente el frenesí y el deseo que provocan las pasiones que atormentan el cuerpo del género humano. Gozar con culpa y padecer el tormento del arrepentimiento parece repetirse una y otra vez. Todas las furias que viven agazapadas en lo profundo hacen protagonista a San Antonio, que nos muestra ese circuito con sus horrendos sueños: tentación, culpa, castigo.

Dentro de la obra gráfica de Jacques Callot -1592-1635, Escuela Francesa- San Antonio aparece tironeado por los demonios que aquí adoptan la forma de aves draconianas que se enroscan unas con otras como serpientes libidinosas. Otra tiene cabeza de pájaro y cuerpo de caballo del que salen tentáculos terminados en esqueléticas garras. El tono, entre burlesco, macabro y escatológico, nos recuerda algunos rasgos de los personajes de la Comedia del Arte.
Con la Tentación, la locura se vuelve reina. Por tener carácter de pesadilla se intuyen alucinaciones auditivas además de las visuales. El rostro aterrado del santo muestra esta posibilidad. Los bramidos, aullidos y espantosos sonidos sibilantes de los animales atormentarían el sueño de Antonio, castigo horrible para las apetencias mundanas.

También Salvador Dalí -1904-1989. Escuela Surrealista- es "tentado" por la Tentación. Su interpretación no es una pesadilla sino un sueño surrealista. La angustia y el terror están ausentes. El santo, vulnerable en su desnudez, blande una cruz que aleja al cortejo de tentaciones carnales y sacrílegas que dominan al mundo. La representación, que no es monstruosa, está dominada por un bello caballo daliniano de largas patas. El resto del conjunto son objetos tales como una torre o una lámpara que tiene las mismas patas que el corcel guía.

Para Max Ernst -1891-1976, Escuela Dadaísta y Surrealista- la visión de la Tentación alcanza el estilo de Hieronimus Bosch y sus visiones infernales. Su San Antonio no tiene la esperanza de escapar de sus monstruos que parecen ser los amos de un universo en descomposición. Recuerdan a los crustáceos, pero transfigurados por la imaginación del artista.
Toda esta serie de animales fabulosos que desfilan a través de estas obras nos anuncian un retorno al caos y nos llevan a caminar por el suelo sagrado de lo trágico.

Quetzalcóatl
Julián del Campo

Dios del aire
Mit. azteca

Eres del aire
Señor;
guardián de los secretos
en el alfa y el omega de tus alas.
Vendrás con la resaca del mar
sobre la playa,
con ramas en el pico
a colorear el pelo de las niñas
y elevar la semilla de su sexo.
Asomarás a la lluvia trémula
que ha de escanciar sobre los frutos.
Despejarás la niebla,
purificando el infinito del silencio.
El fuego de tus ojos esparcirá
las cenizas en la tierra
que, fecunda,
abrazará el bendito semen,
transformándolo
en palabras.

 


El tigre protector
Mercedes Naveiro


Hace tiempo, en aquellos años en que me sentía permanentemente desesperada, inventé una visualización antes de dormir que me calmaba mucho. Era asÍ: estaba al borde de un río y descubría un agujero en la tierra, algo así como lo que le pasó a Alicia. Me metía en el hoyo y pronto me encontraba cayendo a toda velocidad. En las paredes del pozo había todo tipo de objetos pegados, y algunos flotantes. Los pegados eran piedras, líquenes y raíces, y también pedazos de loza rota, seguramente fragmentos de algún plato -o taza- mexicano. Otros objeto y animales eran círculos metálicos brillantes que parecían, pero no eran, monedas, caracoles y objetos de forma apelotonada, aglutinada, a veces vidrios gruesos y basura de todo tipo. También flotaban papeles, trapos, algunas mariposas y pedazos de muñecas.
Después de un largo rato de caída, llegaba al fondo y terminaba posándome sobre un animal que me esperaba: un tigre.
No era el tigre de Blake, ni el de Borges: era blanco con leves destellos amarillos, blando y suave y muy afectivo. Yo lo abrazaba, me agarraba de su cuello firme, y él me llevaba galopando como un caballo por paisajes que, aunque subterráneos, tenían cielo, árboles, pasto, pero cuyos colores eran un poco diferentes a los de la tierra de arriba porque había una luz más cercana al índigo que al blanco.
Esos paseos me enseñaban muchas cosas y me proponían soluciones a mis tristezas y conflictos. Había casas extrañas, con forma de pirámide o de ziggurat a las que no me convenía entrar y otras acogedoras, construidas en el centro de un maravillosos jardín de orquídeas y magnolias adonde podía entrar aunque casi nunca lo hacía, ya que con verlas me bastaba. También había taperas, restos de una explosión atómica, castillos siempre alejados brillando sobre las laderas de montañas violetas.
Algunas veces encontrábamos una cueva dentro de una roca plateada, y entonces entraba con el tigre a escuchar a un sabio -casi siempre chino- que me regalaba alguna palabra clave.
Después de esas recorridas, siempre a lomo del tigre, reconfortada no sólo por lo que había visto sino también por el blando y elástico galope y la sensación de la piel suave de su cuello contra mi cara -una piel cálida, limpia, con un olor suave a felino manso- llegábamos de nuevo a la entrada del hoyo. Yo me sentía tibia y relajada por el afecto recibido, y con la mente clara y despejada. Volvía a subir, aspirada por el exterior, lista para enfrentar el caos de mi vida.
Años después, mi amiga Matilde, que vivía en San Telmo en un caserón gris azulado con diez y seis gatos, me regaló uno, casi a la fuerza. Un gato blanco con algo de amarillo atigrado que había encontrado esperándola una mañana en la calle, en la puerta de su garage, con una patita lastimada y un pedido urgente de adopción.
Lo llamé Miguel, por el arcángel, y me encontré duela de ese gato que se hizo enorme, gordo y cariñoso, con rico olor levemente felino, limpio hasta la obsesión, con quien duermo la siesta apoyando mi cabeza sobre su panza suave, acompañada por un ronroneo firme, tranquilo y persistente. Ya solamente viajo en mis sueños, pero él siempre me acompaña.
Con Miguel mi vida cambió, mis problemas se resolvieron, y comprendí que el tigre de mi meditación había decidido subir a la superficie y dedicar su vida a protegerme.

 


Cuando los animales están en el banquillo
Humberto AcciarressiI

In memorian de Astor, mi perro compañero


El misógino Schopenhauer solía decir que cuanto más conocía a los hombres, más quería a su perro. Y ya que de hombres y bestias se habla, algunos episodios de la historia parecen darle la razón al filósofo. En 1440, en una comarca de la Croacia medieval, fue redactado el Estatuto de Poljica, un verdadero documento sobre la estupidez humana. Allí, entre otros puntos, puede leerse que "si un animal hace un daño a un viñedo, paga con su cabeza". Aquella peregrina ley ordenaba que las cabras y el ganado menor purgaran su delito con la vida, y contemplaba detenciones. El texto, descomunal en su desatino, decía cosas como: "Cuando un acusado no quiere recapacitar, córtesele un pedazo de cola, y si tampoco entonces desiste, sacrifíqueselo."
La Edad Media trajo cambios para todos los gustos, pero en el caso de los animales fue puro disgusto. Las bestias adquirieron status jurídico y la historia atestiguó los procesos más delirantes de los que se tenga memoria. Y hay casos, como suele argumentar García Márquez, en que la realidad supera la ficción. Cuando Alicia se encuentre de visita en el País de las Maravillas, presencia el juicio más insólito de la literatura: la cabeza de un gatos de Cheshire -el animal no tiene cuerpo- es condenado por la Reina de corazones a ser decapitado. El rey, su esposa y la multitud escuchan, entonces, un irreprochable argumento de un verdugo demasiado sensato para la obra de Lewis Carroll: no se puede cortar una cabeza a menos que exista un cuerpo de donde cortarla.
Esopo, Samaniego, La Fontaine y Jonathan Swift apelaron al recurso de dar vida humana a las bestias, aunque al solo efecto de satirizar a la sociedad de su tiempo. En la senda de un escrito de Chaucer (El parlamento de los pájaros) de fines del siglo XIV, George Orwell creó en Rebelión en la granja un sistema en el que los cerdos, luego de destronar a los humanos, se arrogan el monopolio del saber y organizan una dictadura que padecen los animales de corral y de tiro.

La culpa no es del chancho…

Pero los juicios que nos ocupan no remiten a la imaginación sino a una realidad descabellada. Ya fuera de la ficción, en 1447, una chancha fue condenada a muerte por matar a un niño en Savigny (Francia), pero sus seis lechoncitos fueron absueltos "por falta de prueba positiva de complicidad" y por entender el juez que "el mal ejemplo materno los eximía de culpa."
Un tribunal que enjuicia la conducta de un perro o de un chancho debe estar preparado para proceder de la misma forma con una cucaracha o una hormiga. La igualdad ante la ley, en todo caso, sería un argumento lógico frente a este disparate. ¿Con qué elementos puede un magistrado juzgar la conducta de una laucha? Pues bien, un célebre jurisconsulto francés, Bartolomé de Chasseneaux, saltó a la fama en 1521 cuando se le encomendó el patrocinio de roedores que habían destruido una cosecha de cebada en Autum. El tribunal citó a las ratas del pueblo que, como es obvio, no acudieron. El abogado denunció vicios legales, entre ellos el no haber citado a todos los roedores del condado. Cuando se cumplió el trámite mediante bando público y las ratas se mantuvieron en su negativa, el letrado alegó "el temor a gatos malintencionados". Y en su escrito, el vivillo Chasseneaux agregó: "La citación implica que se provea a la seguridad del citado durante el tránsito de ida como de vuelta." Como ni los jueces ni los demandantes pudieron garantizar esto, la causa quedó sobreseída y el abogado obtuvo larga fama.

Jurado de osos

En 1499, el defensor de un oso que causó estragos en la Selva Negra fue todavía más allá. Pidió para su defendido un jurado compuesto por iguales al reo, es decir…por osos. En otra ocasión, un hombre acusado de asesinato hizo citar como testigos a su gato, su perro y su gallo. Al declarar bajo juramento su inocencia, los magistrados lo dejaron libre porque ninguna de sus mascotas lo contradijo.
En sus Reflexiones sobre la ejecución de un puerco, Arthur Koestler informa que una chancha vestida con ropa de mujer fue ahorcada en 1386 en la aldea normanda de Falaise. Siglos más tarde, en 1639, el tribunal de Aix sentenció a la hoguera a una yegua por entender que "obró con premeditación al cometer su crimen." El delirio humano llegó a su clímax en sentencias contra perros hidrófobos, en cortes donde los jueces declaraban que los reos no podían "alegar locura en sus descargos".
Las relaciones sexuales de un animal con un ser humano, de acuerdo con la Lex Carolina, se castigaban con "la hoguera para los dos cómplices". Según narra Koestler, el último caso referido fue el de Jacques Ferron, quemado en Vanres en 1750, luego de haber mantenido relaciones sodomitas con una burra. Lo patético de este proceso fue que el animal fue absuelto, ya que el cura y otros notorios vecinos de la aldea declararon que "la burra fue víctima de violencia y no participó del crimen por propia voluntad."

Y en el 2000 también…

Pero las costumbres medievales continúan en la era de las autopistas informáticas. En nuestro país, un dogo llamado Oso, que le causó la muerte a su dueña de 87 años, fue condenado a cumplir funciones en el Servicio Penitenciario, con lo que escapó al sacrificio que en la Inglaterra actual sería de rigor. También en la Argentina, en 1990, la Cámara de Apelaciones del Crimen de Tucumán dispuso la libertad de tres perros que habían sido detenidos por la policía de la localidad de Yerba Buena. Luego de varios días de cautiverio, el abogado de los doberman Zeus y Matías y del ovejero Alí, presentó un recurso en el que precisaba que us detenidos "estaban incomunicados y sin el beneficio de la libertad condicional". Frente a esto, la Cámara decidió la libertad de los reos argumentando que "ninguno de los tres posee antecedentes" y que uno de ellos "actuó en estado de emoción violenta por el aroma" que desprendía el sujeto atacado. Y no hace mucho, la gata Felipa -habitante célebre de la Casa de Gobierno- sólo pudo evitar el destierro gracias a que el presidente Néstor Kirchner firmó un decreto autorizándola a permanecer en la Rosada.
En abril de 1995, en Novara, al norte de Roma, un juez condenó a dos perros pastores alemanes -Biagio y Lía- a doce días de arresto domiciliario por el asesinato, atestiguado por varios vecinos, de un gato callejero. Antes, en eneero de 1994, y luego de caminar por su celda en la cárcel de Hackensack, la gobernadora de Nueva Jersey había indultado a un can de raza Akita-Inu, sentenciado a la pena capital por herir en un labio a la sobrina de sus dueños. El perro, llamado Taro, se convirtió en el centro de una polémica internacional. Hasta el gobierno nipón pidió clemencia para el reo, ya que el Akita-Inu es el animal nacional de Japón desde los tiempos en que acompañaban a los legendarios guerrero samurais. En medio de la campaña por su vida, Brigitte Bardot argumentó que "quien ha purgado tantos años de cárcel, ya ha pagado su deuda con la sociedad". Para los dueños de Taro, que llegaron a gastar más de cien mil dólares en su defensa, el indulto tuvo un sabor agridulce. Al animal se le conmutó la pena capital por la del destierro. Sócrates, ante esa opción, eligió beber la cicuta. Taro, en cambio, marchó al exilio, tal vez extrañando a los guardias con los que pasó más de la mitad de su vida.

Cocodrilos del alma (Collage)
Malena Gainza


Cromagnones a la vista
Oscar Portela


A Maurice Blanchot

Desde que el hombre bajó a la luna, ésta no se pone más:
es sólo una estación orbital, que permite afinar los cálculos
físico-matemáticos de la ciencia moderna.
Heidegger

Cuando llego al pequeño recinto, el ambiente se resiente de un entusiasmo ditirámbico, con raras reminiscencias tribales o báquicas. Los habitantes de la cueva están absorbidos por la guerra librada contra un enemigo astuto y cruel pero, al mismo tiempo, el grupo muestra un entusiasmo de conjunto en esa batalla en la cual se juega el prestigio de la familia "cromagnon". Los software son cada día más complicados y la guerrilla impiadosa, sigilosa, puede en segundos asestar su estocada fatal.
Los "nerds" son los más excitados, mientras los árbitros de la elegancia se muestran menos atávicos y los "informales" hacen de fans de los "nerds".
-Gordito -le susurro al oído al "nerd" más obsesionado en su cacería de guerrilleros mientras se desliza entre las colinas del inhóspito desierto- mata a un colonialista. No me escucha, no puede distraer ese segundo que puede poner en riesgo su vida y el de su fuerza de comando.
El entusiasmo crece con la muerte de algunos guerrilleros, que caen víctimas de las certeras balas de los mejores tiradores. El petiso, "nerd" atípico, que más que hablar se comunica a gritos y con poquísimas palabras, está al borde de un ataque de nervios y todo está atravesado por un suspenso que puede tener su epílogo en minutos. El árbitro de la cueva contempla con una sonrisa cómplice la cacería de los dinosaurios que, sabe, será victoriosa.
Las "barbies" de aquella tropelía propia de Jurassic Park colaboran con silbidos, términos intraducibles y se excitan hasta llegar a sublimar sus pulsiones, mientras la temperatura sube hasta alcanzar movimientos sísmicos. Se trata de una ceremonia, de un rito iniciático repetido una y otra vez a lo largo de la historia, el mismo que alguna vez permitió al joven entrar al mundo de los adultos, en tanto ahora lo encierra definitivamente en los juegos de simulacros y las máquinas parlantes, bibelots propios de nuestra post-historia en la cual las viejas cavernas y las bestias primitivas son remplazadas por ficciones visuales y acústicas. Esos aparatos son los únicos medios de participar y protagonizar el descarriado carrusel de la historia, espejo con el cual los "crogmanones" no quieren saber nada. En la cueva están más seguros y la cacería no forma parte sino de un sueño interminable: el sueño del poder y la seguridad en uno mismo.
Por fin llega el momento culminante y el público de ese improvisado estadio se desmanda: mi gordo, el "nerd" más admirado por el heteróclito grupo, ha terminado de aniquilar a un miembro de Al Qaeda y la respuesta no se hace esperar. Tiembla la cueva: es el gol esperado de un nuevo Maradona, de un Chuck Norris que lucirá por un instante el mirto de los vencedores de Salamina. Gritos, algún perdido sapukay, silbidos, aplausos, puños en el tablao del Lacio, saltos de siouxs que han conseguido la cabellera del blanco al que habría que quitarle el corazón para que la ceremonia fuera real y la sangre del enemigo se integrara con la del guerrero.
Después vendrán la pipa de la paz, el póquer, los vasos de trago largo y el esperar la madrugada, porque las guerras contra el enemigo se deben librar sólo de noche: el sol nunca fue buen consejero de los rayos láser y las computadoras funcionan mejor en un ambiente nocturno, cuando la mayoría descansa y la ambición sueña hasta que el sol caiga verticalmente sobre los cuerpos. El gordito, mi gordo, muestra en su rostro las señales de una satisfacción inmensa.
Ahora sólo debe esperar que George Bush lo condecore. En el fondo de su cándido corazón siente que acaba de pasar a la historia. Todavía atado a su roca, expiando su culpa contra la autoridad divina, prometeo siente cómo los humanos han perdido el fuego de la libertad que reposa en la palabra.
En su improvisada Altamira del siglo XXI, los "crogmanones" se admiran de los adelantos técnicos, aunque éstos hayan sido preanunciados desde hace siglos, cuando por primera vez un humanoide se atreviera a pintar en Lascaux la imagen rupestre de un animal primitivo. Trazos éstos que, durante mucho tiempo, creímos que separaba definitivamente al animal del hombre. Tantas veces ha entrado el hombre a la historia como ha salido de ella: del mono al súper-héroe hay una larga ruta con muchos retrocesos.

Johny
Alicia Bello


Johny en el espacio en que te encuentras hay luz, árboles, agua fresca, un horizonte para mirar y en el que encontrarnos con nuestra amistad y nuestro amor. Ya no te miraré contemplar la calle, ni la copa del árbol de la que te creías enamorado. Ya no. Pero sí. Estás escondido, dormido, corriendo, esperándome adentro de mi corazón. Ahí donde sólo vos y yo entendemos ese silencio, ese ladrido, la palabra "mamá", amigo hijo. Te pareciste a como te soñé. Fuiste el sueño que se hizo real: fidelidad. Tu mirada de filósofo, de entenderlo todo, de ser mirador de la noche y las estrellas.
Digo tu nombre y sé que estás. Tu nombre es mi resonancia, no me entiendo sin tu nombre. No es sólo el tiempo, es la música que compartimos, la última -Las cuatro estaciones de Vivaldi-, las poesías que te leía. Cada tres o cuatro versos te llamaba "Johny", como si todo poema te fuera destinado.
Está por oscurecer. Dejaste de buscarme con la mirada cuando el sol era hermoso. Te busco yo con mi corazón y te encuentro, siempre nos encontraremos.
Eras mi detector de tenuras. Desde donde estés, no dejes de serlo. Perdoná mi llanto. Es como un juego. Quiero sentirte también en la risa. Esta casa era tu cucha. La cucha de Johny.
Me enseñaste tanto, tanto. Te dejé de mirar cuando elegiste dormirte para siempre en este mundo. Nos miramos desde adentro y en las plazas y en cada lugar donde tu paso y el mío se parecían. Seguiré aprendiendo de tu mirada, de tu alegría de niño.
Johny: me diste sombra, frescura al alma, horizonte; aprender a olfatear la vida desde otra mirada. Amigo. Hijo. Johny.

 


Que me tuvo no
Rolando Revagliatti


En una sola ocasión soñé que yo no era
en una sola ocasión soñé que yo no era quien soy
que yo no era un animal fabuloso
un animal animado por la fábula
un animal con ánima en la fábula.

En una sola ocasión me soñé careciendo
de mis tradicionales atributos
una sola vez me soñé intrascendente:
un sujeto cualquiera redactando
un simple texto referido
a un sueño que me tuvo no
como animal fabuloso.



Sirenas (Para escucharlas mejor)
Fernanda Gil Lozano


El hombre diferente, la diferencia, lo diferente es más poderoso y persistente que el mundo concreto y normal. La diferencia se mezcla con nuestra vida y participa de nuestra historia. Mas "lo diferente", en cualquiera de sus formas, no es más que una proyección de nosotros mismos. En sus materializaciones, encarna la gama completa de nuestros fantasmas, de nuestros prejuicios, ideales e ilusiones, de nuestras virtudes y vicios.
Los/as diferentes nos invitan al camino del auto-conocimiento. En este caso las Sirenas han sido vistas exclusivamente bajo una mirada patriarcal que anula gran parte de su riqueza simbólica. Podríamos comenzare describiéndolas como hermosas doncellas de la cintura para arriba pero con la parte inferior de su cuerpo como cola de pez. Llevan consigo un peine y un espejo con los cuales adornan y arreglan sus cabellos. Cantan con voz irresistible sobre una roca del mar y dan muerte a los hombres que sucumben a sus encantos. Sin embargo, no siempre fue así. Homero descuidó describirlas físicamente, quizás porque era notorio lo que después se olvidó: eran mujeres-pájaro.
Es necesario ver a las Sirenas como un símbolo de tradición milenaria, cargado de interferencias en cuanto tal, y generosos de significados como pocos otros.
Ante todo, las Sirenas son híbridos. La imagen mítica de las criaturas mitad humanas y mitad animales, como estas criaturas o el Minotauro, expresa una vieja intuición común: que no existe una naturaleza intrínseca a nuestra especie, que nuestra continuidad y nuestra diferencia con los demás animales de la tierra son misteriosas y profundas, y que en tal continuidad y en tal diferencia reside nuestro sentido de extrañeza en relación con la tierra, o bien, la clave posible para sentirnos cómodos.
Según el concepto freudiano de símbolo, los contrastes se funden en la metáfora inconsciente, el enigma se enmascara con la censura. Hibridismo, ambivalencia, polaridad, doblez, dualismo, son las cualidades psicoanalíticas de los fantasmas creados por el miedo. Mircea Eliade explica que tales son las características de lo sagrado.
De la fusión de dos entes biológicos diferentes brota una fuerza sobrenatural. Podríamos suponer que las imágenes primordiales, sedimentos de memoria acumulados, son engramas colectivos que tienen una vida en sí, independientemente de los individuos particulares. Como si detrás de la metáfora hubiera algo más que una sustitución ornamental de la realidad.
En las Sirenas, un ser intermedio ha tomado forma. La parte humana se circunscribe al rostro, mientras todo lo demás es gallináceo. El límite entre una especie y la otra puede retroceder, avanzar, sufrir desplazamientos imperceptibles, variables al infinito. Éstos pueden ser un viaje hacia los equilibrios o las estridencias, hacia lo sublime o lo brutal, ofreciendo cada vez criaturas nuevas, capaces de despertar nuevas tensiones y obsesiones, provocando encadenamientos repentinos y reacciones insospechadas. El animal alado, en este caso, es capaz de cantar, pero también de herir con sus garras. Son una ligadura entre la tierra y el cielo, mensajeras de los dioses. Quizás ángel, serafín, querubí. El ave está en el extremo opuesto al reptil. Lo cual no es tan obvio como puede parecer: Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de México, encarna este intolerable dualismo.
Las sirenas son genios femeninos del mediodía: actúan en la hora de la religiosidad antigua, la hora pagana de los fantasmas, el instante sin sombras en que el sol, en la cumbre de su efecto sobre la tierra, ha concluido su ascensión y está por emprender el camino hacia la noche.
Las Sirenas no persiguen. Es el hombre quien debe acercarse. Las Sirenas esperan. El lugar aparece sembrado de cadáveres, huesos descarnados y pieles putrefactas: toda una advertencia. Las razones aducidas para explicar el porqué de sus alas revelan el aspecto profundo del otro componente del híbrido, es decir, lo humano femenino. En esto también interviene la ambivalencia. Nacidas como ninfas, las Sirenas merecieron las alas, ya sea como castigo o como premio. Nacidas en cambio como mujeres aladas, por los mismos motivos se afirma que se las cortaron.
Pausanias, Eustacio y Juliano traen a las musas como feroces adversarias. Las Sirenas se habían atrevido a competir en el canto con ellas. Las musas, enojadas, para denigrarlas les arrancan las alas y con sus plumas se hacen coronas. La diosa del amor castigaba así la insistencia de las sirenas en mantenerse vírgenes, rechazando no sólo la unión con mortales sino con los dioses.
La versión más densa de implicaciones simbólicas es la que asocia las alas de las Sirenas al mito de Deméter y su hija Koré-Perséfone. Este mito reafirma el nexo de las alas y el mundo de las tinieblas a la par que expresa el enigma femenino y sus relaciones con el nacimiento y el destino final del hombre. Las Sirenas, niñas del séquito de Koré, están jugando con ellas en las cercanías del Etna; mientras se distraen para recoger violetas y narcisos, Plutón rapta a la doncella divina y se la lleva al reino de los muertos. Deméter, madre antes que nada, les reclama a las Sirenas por su descuido y, como castigo, las transforma en aves. Ovidio, sin embargo, dice que son las mismas Sirenas las que piden alas a los dioses para ir a ver a Perséfone.

Aves y/o peces

En este cambio de especie zoológica obró a su favor cierta confusión lingüística debida a homofonía o paronimia. Ala y aleta, en griego, se designan con las misma palabra, pteruguion, y en latín, entre pennis y pinnis (pluma y aleta) hay apenas una vocal de diferencia. Estos parecidos lingüísticos y ambivalencias simbólicas fueron los intersticios donde copistas medievales dieron rienda suelta a su frondosa imaginación. Nunca una mutación tan radical se apoderó de centauros, esfinges y dragones. Y esta doble representación de las Sirenas parecería corroborar una vez más la duplicidad de su simbología. Su forma cambiante, dispuesta a escoger las apariencias más inéditas, habla de una capacidad e metamorfosis no común que se va manifestando inclusive a lo largos de los siglos.
A menudo los nuevos modelos conviven con los antiguos. De alguna manera acabó por imponerse la Sirena-pez. Se anula pues el concepto de vuelo para dejar prevalecer el de caída. Según algunos autores, las Sirenas, compuestas de carne y pescado, representan el paso de los días en que es permitido comer carne a la abstinencia de Cuaresma. Pero, en general, las Sirenas son juzgadas en oposición a Cristo pescador. Las vemos apretando las branquias de los peces, golpeándolos con una maza, destripándolos con un cuchillo, guardándolos en la vagina, porque los están pariendo, o porque los están utilizando en una suerte de erotismo blasfemo. Las mujeres-pez coinciden con ls mujeres serpiente: las vemos cómplices de Eva, traspasando a Adán con el hierro de la muerte eterna o martirizando a Cristo flagelado. Es decir, el cristianismo las deja atrapadas en un plano bajo y húmedo, cenagoso y malvado.
Perdimos la trayectoria vertical de las Sirenas, su poesía. El cristianismo, si bien les aporta una gran hermosura, también castra uno de sus movimientos fundamentes como es el desplazamiento vertical al cual sólo accedían con sus alas. Por otro lado, la sensualidad de su cuerpo-pez les borra esa opción tan exclusiva: la virginidad por opción. Las Sirenas superaban el placer del cuerpo por una más sublime; en este sentido, su música puede ser interpretada, no como la maldad de un encantamiento, sino como el primer peldaño hacia el desapego a todo lo que nos ata al mundo material.
Para escuchar a las Sirenas hay que osar y ejercer la libertad, Esta situación puede interpretarse como una decisión de fuga hacia un plano superior má sutil, donde no haya que dejar atrás todo lo que signifique un peso, una atadura. En casi todas las religiones, el encuentro con la divinidad exige un renunciamiento, y también la música es considerada la piel que acompaña al alma hacia otras alturas. Las Sirenas, sin embargo, siguen siendo asimiladas como las desviadoras, las que tuercen, las siniestras a las cuales los hombres deben rechazar ya que los apartan del sendero recto. La sabiduría de sus cantos va a ser tomado como conocimiento pagano, el placer que ofrendan va a ser reducido al placer erótico, por lo tanto, es preciso evitarlas y negarlas. Así, la única ave positiva que aletea sobre las naves serán las palomas, manifestación del Espíritu Santo y, a menudo, alma de los fieles que participan del triunfo de Cristo. Como híbridos alados, no habrá más que ángeles. Estos mensajeros entre dios y el hombre serán las únicas formas semi-divinas admitidas por los rígidos monoteístas de origen bíblico.

La fábula de Ulises y las Sirenas es un emblema de la imperfecta racionalidad humana, ¿o masculina? Ulises, consciente de sus propias debilidades ante el canto de las Sirenas, habiendo optado por la línea recta se hace atar, se obliga a una táctica que, al fijarle límites, le impide cambiar de programa. Su situación, ser débil y saberlo, señala la necesidad de afrontar otros modos de seguir los caminos rectos, o pensar si hay que seguir esos caminos necesariamente.
Convengamos que, contraria a la conducta racional, la irracional se apodera del hombre en el amor, el odio y el autoengaño. Sin embargo, actitudes como la inconstancia y el altruismo dan cuenta de otra modalidad del comportamiento: la racionalidad debe ser siempre problemática y no lineal para que también tenga cabida la explicación por el azar -que también existe-. Las Sirenas nos recuerdan esa otra posibilidad perdida, esa distracción cotidiana en que nos sorprendemos en los momentos más absurdos. De sus abundantes imágenes visuales, hoy sólo conservamos de ellas su estridente voz: ya sea por un temblor de tierra o alguna otra catástrofe, las Sirenas se activan desgarrando nuestros oídos con sus gritos. Quizás gritan porque no las escuchamos.


La sirena
Conrado Nalé Roxlo

Va la sirena muerta por el río
con una flecha al corazón clavada,
y desde la ribera desolada
mis lágrimas la siguen por el río.

Mía no fue, pero fue un sueño mío,
¿Quién la devuelve al mar asesinada?
¿Por qué pasa ante mí, muerta y dorada?
¿Dónde perdió su corazón y el mío?

¿En qué arrecife de coral distante
irá a encallar su frágil hermosura?
Con ella encallará mi sueño amante.

Y del dardo mortal la pluma oscura
indicará en la tarde al navegante
que allí tiene la mar más amargura.


La mula ánima
Julia García Mansilla


Centauro femenino: desmelenada y crenchuda, el cuello arqueado, ojos saltones escrutando la noche. Olor a azufre, pezuña hendida, relucientes, ondulantes ancas.
"Es la mul'ánima -dijo un anciano. Encantadora de cristianos, condenación para los que la vimos corcovear en un callejón oscuro entre cardones y cercos de talas y alcanzamos a oír su rebuzno lastimero como llorido de mujer."
Luego agregó: "Me la topé una vez y me bastó: era la imagen misma del diablo. Desde esa noche, no sé por qué, le escapé a la confesión; después, como desganado, dejé correr el tiempo. Sólo incliné la cerviz cuando me anoticié de que vieron a la sacrílega manoteando en el río, atragantada de agua y de espuma, envuelta en el barro que arrastraba la creciente, con los ojos abiertos hacia el cielo como pidiendo perdón."
Meciéndose, rebullendo contra el oleaje, con las espesas crenchas enredadas en el cuello, la mula ánima era un animal desbocado huyendo hacia la nada.


Dueñas de la tierra
Sara Rioja

Terminado el tercer milenio, el fin de una guerra mundial que parecía interminable marcó la desaparición del ser humano y de una considerable cantidad de animales y plantas.
La codicia y la desaprensión de pueblos guerreros, armados con sofisticados proyectiles letales, habían llevado al planeta Tierra a un estado de indefensión y pobreza extremas.
No pudieron escapar a ese destino las aves, los grandes mamíferos y numerosos reptiles. Sobrevivieron ciertos insectos y plantas silvestres. El agua era escasa.
Pasó muchísimo tiempo, imposible de medir porque no se contaba ya con cálculos humanos.
Con mucha dificultad habían prosperado ciertas colonias de insectos después de curarse, durante generaciones, de los males genéticos derivados de las armas atómicas y químicas.
En el suelo vivían las hormigas, con un régimen tipo matriarcal idéntico al que siempre habían mantenido. Gracias a su laboriosidad, habían regenerado su hábitat, resignándose al tipo de alimentación que les proporcionaba la escasez del entorno. A veces les era necesario luchar contra otras colonias de su misma especie para establecer un predominio territorial. Como en el pasado, habían conseguido establecer un tipo de simbiosis con ciertas plantas, para mutuo beneficio.
Las abejas tampoco habían modificado sus formas organizativas pero enfrentaban mayores dificultades. No contaban con cotos propios de plantas y debían volar días enteros para encontrar las flores que les proporcionaran el néctar y el polen necesarios para fabricar la miel.
Nunca se sabrá en qué momento dos obreras de ambas especies pudieron ponerse de acuerdo ni cómo lo hicieron, con códigos tan diferentes de comunicación, ni cómo las colonias enteras respondieron favorablemente para crear una nueva simbiosis.
Fue así que, en un lapso indefinido, abejas y hormigas contribuyeron a mejorar la calidad de vida del planeta moribundo y a poblar la Tierra con nuevas especies de plantas que atrajeron lluvias y suavizaron los rigores del clima.
Las hormigas aireaban la tierra con sus túneles y cuidaban las plantas. Las abejas polinizaban las flores y permitían la permanente reproducción de la flora.
Se convirtieron en las herederas de la Tierra.
El tamaño que habían alcanzado era también sorprendente. Cada insecto había crecido, hasta esos momentos, casi mil veces su talla original.

Tres caballos míticos
Beatríz Schaefer Peña


Dice el centauro

Quiero a esa hembra.
La imagino indómita
y capaz de derribar con sus coces
los portales del cielo.
Quiero la flecha certera
que la contenga,
El amor encaramado
a la cima de esas ancas
con los ijares dispuestos
a una carrera hacia la noche
donde los cascos resuenen
sus destellos de plata.

Pero la veo lejana y feliz,
pastando feliz
en la pradera de oro
del día que comienza
proclamando el olvido.

El unicornio


En la sombra cautivo,
al final de la trama.
Máscara de lluvia
y filo de estrellas
tajando los perfiles;
ojos que guardan
transparencias
y un cuerno reclinado,
herido de relámpagos.
Con huella sigilosa
nos conduce hacia un manso
territorio de sueños,
mientras marcha en el tiempo
del resuello infinito.
Ya no hay premoniciones que detengan
su forma perseguida.
Un cristal de memorias
revela su leyenda
y una imagen de niebla
lo torna verdadero.


Pegaso


Mi madre fue decapitada;
de esa sangre nací, de esa marea.
Fui un elegido del dios,
un caballo con alas
que no conoció el sudor
ni la derrota,
capaz de llevar sobre la grupa
el peso de la guerra
junto a la levedad de la Belleza.
Fui el que condujo el carro
de la Aurora
entre las sombras
que le abrieron su paso,
para siempre.

Hoy, ya sin alas,
tendido en el cielo de la noche,
soy una constelación sobre el rocío.






 

Historias marinas
Marcelo Wiman


Sven Johansson, nacido en un pueblo impreciso de la provincia de Ostergölän, reino de Suecia, un 3 de enero de 1854, devino por necesidad marino en su adolescencia.
En la familia siempre se dio por cierto que Sven arribó a la Argentina en el año 1876 como encargado de la sala de máquinas del primer barco a vapor de bandera sueca que inició el servicio regular a Buenos Aires. Ese mismo barco por diversos conflictos quedó varado en nuestro país durante dos años. Durante ese tiempo, la empresa se hizo cargo de los sueldos de la tripulación y de su alojamiento en el "Hogar de Marinos Suecos".
Sven, al cabo de los dos años, decidió afincarse en la Argentina para dejar atrás las penurias y ausencias marinas. Gracias a sus conocimientos en el manejo de máquinas consiguió empleo como conductor en el ferrocarril Sud y, ya con trabajo asegurado, se casó con Olivia Jonson, dama sueca natural de Malmö, y se fue a vivir a Tandil. De este matrimonio nacieron tres hijos varones y una mujer.
No puede decirse que se tratara de una familia longeva: dos de sus hijos y su hija murieron antes de los 42 años, él, en las sombras del olvido, muere en Buenos Aires en 1908 y su mujer, anónima ama de casa, lo sobrevive hasta 1916.
De su escasa herencia aún subsisten un mortero de piedra, un ejemplar del Nuevo Testamento escrito en caracteres góticos en el idioma natal y un reloj de bolsillo de plata. En la contratapa de éste figuraba la leyenda "Recuerdo de la expedición Nansen", escrita a punta de buril o clavo, escrita en forma tan precaria que, cuando su actual poseedor, un bisnieto, lo hizo restaurar, el pulido la borró pudiéndose leer sólo la sílaba final de Nansen. Asimismo, había cuatro fotos. Mi madre, casada con el mayor de sus hijos, me decía, mostrándome esas fotos: ese hombre saludando con el brazo en alto desde la locomotora cubierta de banderas argentinas, es tu abuelo conduciendo el tren inaugural a Bahía Blanca.
El Nuevo Testamento, con dedicatoria fechada en 1873, ostensiblemente desgastado por las inclemencias de la vida marina, la inscripción en el reloj y las tradiciones familiares dieron origen, ya muerto el abuelo, a un mito o leyenda que deba por cierto que Seven Johansson había integrado una de las expediciones polares llevadas a cabo por el famoso explorador Fritjof Nansen quei, en 1893, intentó aproximarse al Polo Norte donde su barco Fran quedó preso entre los hielos durante 16 meses, lapso tras el cual lo abandonó y reinició la travesía a través de las planicies heladas hasta llegar a los 80 grados 14 de latitud norte.
La temprana muerte de los abuelos y de sus hijos contribuyó a hacer perdurable el mito que se mantuvo por tres generaciones hasta que mi propio hijo, muy recientemente, no se dio por satisfecho con la narración de hechos difusos y me hizo notar que, cuando Sven llegó al país, tenía 24 años cumplidos en tanto Hansen para esa fecha apenas contaba con 17 años.
Este duro golpe al orgullo familiar hizo que, por amor propio y cariño a mi ancestro, me diera a la tarea de investigar los lejanos sucesos para verificar cuánto había de verdad en ellos puesto que estaba convencido que el mito había nacido de buena fe pero que podría haberse distorsionado por alguna razón no conocida.
Como primera medida recurrí al "Hogar de Marinos Suecos", lugar en que había vivido más de dos años y donde seguramente debían contar con información fidedigna. Desgraciadamente, las obras de la autopista Buenos Aires-La Plata determinaron la expropiación del secular edificio y su traslado a las instalaciones anexas a la Iglesia Sueca de la calle Azopardo.
De las averiguaciones efectuadas en la administración del templo y en la Embajada Sueca no pude obtener ninguna información, presuntivamente porque parte de la documentación se había extraviado en la mudanza y, dado el tiempo transcurrido, no quedaba nadie que recordase algo sobre el particular.
Los misteriosos hilos que entrelazan las vidas humanas en esta oportunidad se pusieron de mi parte: la simpática señora que me atendía con paciencia y solicitud, de pronto recordó que no hacía mucho tiempo otra persona, más o menos de mi edad, había concurrido a la iglesia en busca de datos similares. Si bien no había vuelto, dejó una nota con su teléfono y señas personales. Este señor, a punto de partir para suecia, resultó ser el nieto de uno de los compañeros de Sven en la sala de máquinas del buque interdicto. Por un tiempo él y Sven habían sido colegas y vecinos en los pagos de Tandil.
Grande fue el asombro al enterarme, en el transcurso de la conversación, de que los lejanos sucesos, objeto del orgullo familiar, también lo eran en la de ellos. Sin embargo, la versión de los sucesos no era concordante. Según este señor, la expedición de que daba cuenta la contratapa del reloj, realmente había existido, pero que la inscripción había que interpretarla de manera diferente: no debía leerse "Recuerdo de la expedición Nansen", sino "Recuerdo de la expedición. Nansen", entendiéndose Nansen como firma y no como nombre de la expedición. Según se testimonio, se había tratado de una simple operación de pesca en los mares árticos y Nansen, homónimo del célebre Fridtjof, era un avezado marinero, compañero y pariente de Sven.
Ellos, como después le ocurriera a Fridtjof Cansen, se habían atrevido a avanzar demasiado al norte en busca de cardúmenes al precio de quedar aprisionados por los hielos. Dado que carecían de alimentos suficientes para una estancia prolongada, el Capitán había dispuesto enviar una patrulla al sur en busca de auxilio.
Cuatro marineros, provistos de un trineo, algunos víveres, un mapa y una brújula, partieron por la sólida planicie helada, bajo un cielo sereno, al amparo de un sol permanente, en busca de las velas o chimeneas salvadoras.
Ya habrían recorrido unos 150 km. Cuando los camaradas comenzaron a preocuparse por un fuerte viento que acercaba nubes amenazantes, presagio de tremendos temporales de nieve. La temperatura bajó a límites insoportables en tanto el suelo vibraba y crujía dejando percibir incipientes grietas. El miedo los paralizó. El abuelo se aferró al Nuevo Testamento, que siempre lo acompañaba, implorando con fervor la ayuda divina, mientras sus tres compañeros quedaron abrazados, como muertos, con los perros en torno a ellos.
Al cabo de instantes de zozobra, Sven levantó la vista y, a pesar del viento huracanado, pudo observar entre las nubes una extraña figura: la envolvían resplandores, fuegos que despedían relámpagos pero, no obstante su bizarría, lograba transmitir una sensación de paz y dulzura. Su cuerpo se prolongaba en cuatro alas que dejaban ver cuatro brazos y un par de piernas semejante a la de bueyes relucientes como bronce bruñido; su cabeza, humana de frente, dejaba ver un rostro de águila en la nuca y, a ambos lados, una cara de toro. Como parte integrante de él, pero separados de su cuerpo, se movían a gran velocidad cuatro brazos incandescentes y una rueda cuajada de ojos, que lo seguían en todas direcciones. Mientras el aterrado marino se desvanecía creyendo perder el último hálito de vida, la criatura comenzó a arrojar piedras ígneas que, si bien despedían una considerable temperatura, no quemaban.
Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, fue despertado por los lamidos de los perros que le humedecían el rostro y las manos. Al mismo tiempo, se sentía confortado por los vapores tibios que emanaban de pequeños cráteres que súbitamente desaparecieron. La atmósfera estaba apacible y la ruta a seguir no mostraba tropiezos hasta el horizonte. Despertó a los demás compañeros y todos siguieron andando hasta el momento en que fueron avistados por otro barco pesquero que los recogió.
Los tres camaradas de mi abuelo quedaron convencidos que se habían salvado gracias a la Divina providencia y que lo viso y contado por él era producto de la imaginación de una mente que deliraba por el miedo y el frío.
Nansen al poco tiempo abandonó su empleo. Convencido de que los ruegos de su compañero y pariente le habían salvado la vida e intuyendo que no volverían a verse, resolvió desprenderse de su amado reloj, grabó con un pequeño buril en la contratapa las sencillas palabras y se lo regaló en agradecimiento a mi abuelo.
Los otros dos camaradas, si bien admitieron que las impetraciones fervorosas contribuyeron a superar el peligro corrido, jamás aceptaron como cierta la versión sobre los hechos que daba mi abuelo. Él mismo se fue convenciendo de que en realidad se había tratado simplemente de un agradable sueño. Así es como un suceso que pudo ser trascendente, se convirtió en la familia de G.J., mi interlocutor, en una simpática y pintoresca anécdota de tiempos idos.

Nota: R.L.J., autor de las remembranzas precedentes, me dio su autorización para publicarlas.

Travesía
Yadi Henao

Desde todos mis huesos, viajo.
Todavía no llego.

La duda tampoco fue camino.

La melancolía cruza el paralelo del otoño,
el atroz meridiano de la peste.

El sueño de los dioses,
el insomnio del Sahara.

Las plagas del enigma,
La cabeza de la esfinge.

La flecha clavada en el ojo del deseo,
Las cerraduras en muros desolados.

El dragón que se apaga hundido en el Mar Rojo.

Las cartas que escribí en el hotel del infierno.

El viborón
María del Carmen Suárez


La mariposa negra, brillante, aleteaba en la casa de campo del indio Arias. Yo sabía que no era lo que parecía ser, pero quedé en silencio. La razón de estar allí nadie la sabrá: eran crucigramas del destino.
En el exterior, relinchos e caballos y luciérnagas envenenadas de noche. Él nos contó que en la puerta de la salamanca el viborón estaba esperando un huésped. Era pasando el vado, en las aguas turbulentas, amarillas del amanecer.
Percibí que esa mariposa era un signo; seguí charlando aunque estaba en otro sitio, avizorando la ceremonia. Me vi cerca, volando en un zigzag celebratorio.
En La rioja muchos saben que existe. Había custodiado la enorme bodega de don Aparicio. Nadie entraba allí. El viborón, gordo y con pelo en la nuca, hacía crecer la fortuna del viejo. Él sabía el poder que otorgaba y era su servidor.
La mariposa cambió de color; emitía unos silbidos inquietantes. El indio Arias nos regaló algunas hierbas curativas. En esa duermevela vi a Aparicio, contando monedas de oro que sacaba de un baúl verde. Era hora de regresar a la casa.
Nos acompañaron en la noche plena. Las linternas eran pequeñísimos focos de luz en la negrura. El viborón seguía custodiando la entrada de la cueva, esperando a algún visitante que entregara parte importante de su vida a cambio de fortuna y poder.




El espantoso monstruo de la laguna


Susana Dillon


Ahí nomás, muy cerquita del ángulo recto que forma la provincia de Córdoba en el límite con San Luis y La Pampa, en esos sures misteriosos, hay una laguna. Los indios la llamaron Laguna del Cuero.
Por esos pagos anduvo Lucio Mansillo y lo contó en su Excursión a los indios Ranqueles, sólo que no supo entonces los porqués de este nombre tan particular.
Los mapuches aseguraban haberlo visto muchas veces a la orilla de ríos y lagunas ¿A quién?, preguntarán ustedes. Al Cuero pues, un monstruo perverso siempre dispuesto a atacar a las gentes desprevenidas.
El Cuero es exactamente eso, un cuero de vaca o ternero provisto de enormes uñas como ganchos y un montón de ojos, que habita en el fondo del agua. Allá, en su elemento, permanece enrollado como un gran tronco de árbol. Vaya a saber qué cuestiones lo impulsan a salir, pero cuando lo hace se despliega silenciosamente. Bajo su apariencia quieta acechan el engaño y la muerte.
Cuando El Cuero ataca no se salva nadie; él sabe esperar el momento justo y en cuantito alguien lo pisa sin darse cuenta de su presencia en la orilla, se enrosca violentamente, provocando la asfixia de su presa, que viaja ya muerta a las profundidades. Algunos cuentan que el agua hace grandes borbotones cuando El Cuero se sumerge: son las risas, dicen, ls horribles carcajadas de la bestia satisfecha.
Sin embargo, hace mucho tiempo que nadie sabe de él, que no lo han visto. Y aunque siempre cuidadosas, por si acaso, las personas andan más tranquilas por el lugar.
Lo mató la Cirila Fuentes, afirman algunos con toda seguridad. A la Cirila el monstruo le robó a la hija cuando era apenas una niña pronta a pasar a mujer. Porque esas tenía el muy degenerado, le gustaban las niñas.
La Cirila era una moza todavía cuando sucedió esta desgracia. Llor+o su pena unos cuantos días y después decidió que era mejor la venganza y dejarse de tanto lagrimear.
Una noche partió hacia la laguna bien equipada. Lleva la matra* heredada de su abuela, comida y agua, ya que no iba a beber jamás de la laguna.
Pacientemente pasó la noche protegida por Küyen, que la estaba amadrinando. Y aunque la luz de la luna no ahuyenta los fríos de la madrugada, sirve en cambio para iluminar el paisaje y dejarle cada día su testimonio de plata.
La Cirila se había untado pomada de choique** y aguardaba. El olor iba a traérselo, estaba segura.
El olor fue deslizándose de a poco por las aguas heladas de la laguna y llegó hasta el fondo transformado por el perfume pegajoso de lo líquenes. El cebo estaba funcionando.
Apenas amaneció se levantó la Cirila de su improvisado campamento. Se había obligado a dormir aunque los nervios la desvelaron largos ratos. Iba a ser bravo ese día, iba a necesitar toda su fuerza y su valor.
Se arrimó a la orilla y auque el agua le trajera la memoria de su hijita muerta, hizo un hueco con las manos y se lavó bien la cara y las manos. El ungüento iba a llegar de seguro, eso lo sabía la Cirila. Después juntó ramas espinudas, eligió las más fuertes y formó una pila cerca de la orilla.
Los negros ojos fijos en la laguna, los labios apretados entre los diente, siguió esperando. La paciencia siempre ha sido un don precioso para el ranquel. El tiempo transcurría en aquellas épocas sin los apuros de este presente que no nos permite disfrutar el costado más bello de la vida.
La Cirila esperaba, los ojos fijos, mordiendo un trozo de charqui*** de guanaco. Un murmullo suave agitó las aguas. Una especie de silbido vago y sordo confundido con el viento.
Ella sonrió con fiereza, El Cuero estaba saliendo. Por primera vez lo vio deslizarse sobre la orilla rodando despacio para abrirse lentamente como una flor lisa y maligna, pegada al barrial.
Cirila lo miró un rato, vaya a saber cuánto tiempo. Quién sabe si el malvado se dio cuenta mientras estiraba las rugosidades de su cuerpo astuto y plano. Quién sabe si supo nunca que esa mujer no iba a ser una presa sino el oscuro final de su destino.
La Cirila sí lo supo. Armado con el atado de ramas pinchudas llegó bien cerquita de la bestia, para que se confiara. Apenitas percibió el movimiento, le arrojó unas ramas, retrocedió, cargó el resto y volvió a arrojárselas.
El Cuero, herido y furioso, intentaba la huida replegándose, pero las espinas se le iban enterrando en la piel hedionda y perversa y, a medida que se iba enrollando, le perforaban las entrañas. Cuando El Cuero llegó al agua, se hundió violentamente, y esta vez no hubo borbotones ni el sonido cruel de la risa satisfecha.
Un reguero de sangre bermellón tiñó las orillas y las aguas. Entonces la Cirila empezó a aullar:
-Weeeee, weeeeee…se llevaba el eco su lamento.
Cuando los indios llegaron al lugar la encontraron de rodillas, rezándole a Futa Chao, su dios padre, y la laguna era un espejo rojo inmóvil.
Años le duró el color, contó una anciana; después, se le habrá ido yendo, cuando a la Cirila se le agotaron los rencores.
Vaya a saber si está muerto del todo, pero al menos duerme sus terrores allá bien en el fondo, donde el coraje de ninguna madre pueda alcanzarlo.

Notas:
*Matra: manta mapuche o ranquel, tejida a telar con vistosos colores.
** Pomada de choique: ungüento obtenido de los huesos del choique (avestruz). Especie de caracú que, bien macerado, servía como remedio para algunos dolores del cuerpo, o cicatrizante de heridas.
***Charqui: carne seca conservada con sal.


Wikizete
Francisco Squeo Acuña

En el pueblito azul, equivocado aterrizó
el centroamericano con su avión maya.
Las aves que traía de regalo casi todas murieron:
sólo una quetzalita se salvó de la desgracia.
Estaba con sed, tomó en la yacumana del Chuquis,
a los tumbos voló hacia picos altos
pasó por Vinchina y por el valle Hermoso.
Los olores de los volcanes
la llevaron al alma de don Miranda;
en Jagüel siguió al rodeo de Tinogasta
donde le dio a las uvas para el aguardiente.

Perdida, se elevó hasta el Manchao:
el frío la hizo descender.
Vio las peras de Fiambalá, que le gustaron.
Continuó rumbo hacia Saujil
y en Caschuil se durmió.
Ya en lo alto, un condorcete,
salvado del Rodrigazo,
la picaba en madrugada.
Ella, sorprendida, le respondió;
le dijo que era Florinda.
Empezaron a volar por la precordillera;
Iban creyéndose entender como los suspiros
de las vicuñas.

Las jóvenes aves se elevaron al Bonete;
ya sabían de los encantos.
En un rincón, mata de carqueja y salvia de la puna.
Hicieron un nido
como el sol ante la aurora.
Deslizó un huevo de color.
Luego revolotearon por el valle cisandino.
Florinda se acostumbró a caranchear:
vuela por la Ramadita
como si fuera abril en Portugal.
Su compañero veterano la sigue mimosamente.
Al pasar los días,
del huevo de color sale un ave
que será witizete al fin
con cabeza verde y plumas de colores.
Y se lanzó a hablar gritonamente.


En otra era
Marcos Abarza


Luego de impensadas pruebas y detonaciones nucleares,
de ciencias aberrantes y desenfreno experimental,
llegó un tiempo en que toda la tierra se tornó fría,
hostil a la supervivencia del hombre.

Aparecieron entonces novedosas estructuras.
Creaciones, fruto de ciclos de ocio y para nadie predecible,
dispuestas a interponerse en el camino de la naturaleza,
que pretendía llevar a la humanidad hacia la extinción.

En prístinos tiempos por todos olvidados,
los hielos cubrieron la faz de la tierra.
En ese lapso de severo clima invernal,
sucumbieron especies enteras y toda vegetación.

Apenas unos cuanto pudieron superar el fenómeno.
Extensas planicies quedaron baldías.
Un cruel desierto helado fue el paisaje,
y la humanidad se jugó la última carta.

Dispuestos a prevalecer, construyeron nuevos sistemas;
aunque dañinos a su salud física y mental,
representaron la única manera de sobrevivir.
Pero el invierno fue perpetuo.

Resistiendo la adversidad, nuevas ciudades aparecieron,
mas en ellas muy pocos cabían.
Al tiempo, sin provisiones suficientes,
las modernas urbes sucumbieron al canibalismo.

Fue en ese tiempo cuando descubrimos al Grover,
Una bestia fabulosa que vivía en el hielo,
Y buena carne y manjar significó para los hombres,
Cuya raza prolífera se extendía por yermos lares.

Los Govers tenían una apariencia extraña,
Nunca se había visto algo así sobre la tierra.
Un blanco cuero grasoso los recubría y guardaba del frío,
mientras el olfato los guiaba sobre la nieve.

Se alimentaban de minúsculos seres etéreos,
y nosotros de ellos.
Tan numerosos y únicos eran esos animales,
que en un momento los adoptamos como mascotas.

Y más ciudades se construyeron sobre estériles tierras,
sostenidas en la existencia del Grover.
Los hombres se dedicaron únicamente a su caza
y las mujeres a cocinarlos de diversas formas.

Así, pronto se olvidó el viejo mundo florido.
El hombre se hartó de la solidaridad con sus pares,
y los gobiernos volvieron a enfrentarse.
De esta suerte, se reiniciaron los ensayos bélicos.

Detonaron nuevas cabezas nucleares,
retornaron los aerosoles domésticos
y el uso de gases nocivos a la capa de ozono,
con efectos devastadores.

El conjunto de los delirios humanos
llevó pronto al calentamiento global,
de un modo tan excesivamente violento
que los hielos desparecieron en pocos años.

El cambio aniquiló a los gélidos seres etéreos,
y, con ellos, se extinguieron los Grover.
La raza sagrada de bestias etereófagas desapareció
Quedando de ellas sólo su fríos esqueletos.

Sólo Grovers yacer al sol se vieron.
Sólo humanos sobre la tierra.
Entonces el hombre, bajo el calor del sol
vio sus últimos días devorándose a sí mismo.

Carne humana y el Grover abonaron el suelo.
En el calor, brotaron semillas por eones congeladas.
La tierra brilló fértil y esplendorosa.
La naturaleza festejó su victoria.

   
  GRUPO NÉMESIS - Buenos Aires - Argentina