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El mito del vampiro
Una noche de tormenta, con relámpagos y truenos que causan pavor. Un ataúd abriéndose para que de él salga el cuerpo muerto-vivo del vampiro. Un vampiro que se ha vuelto refinado, exquisito, que ama y es amado. Pero no siempre el vampiro fue este héroe romántico; su sed de sangre tuvo muchas formas de manifestarse, no siempre delicadas. En El mito del vampiro contamos su historia, su simbología, y le dedicamos poemas y cuentos a este personaje imborrable.


Índice

Leonor Calvera. El ángel oscuro
Charles Baudelaire. La metamorfosis del vampiro
Wolfgag Goethe. La novia de Corinto
Mirta Henault. Vampiras en Wall Street
De El Libro de Enod. La magia de Lilith
William Buttler Yeats. La rosa mística
María del Carmen Suárez. Historia real
Beatriz Schaefer Peña. Cinco poemas vampíricos
Susana Dillon. La vuelta de los vampiros
Susana Fernández Sachaos. Ritos de sangre
Pierre Reverdy. Un hombre acabado
O. W. De Lubicz Milosz. Y sobre todo que…

Coordinación general:
Leonor Calvera - Beatriz Schafer Peña
Ilustraciones:
Mariano Gómez







El ángel oscuro

Leonor Calvera

El vampiro, ¿es un mito o una realidad histórica? ¿O quizá las dos cosas a la vez? En primer lugar debiéramos delimitar el alcance del mito. ¿Es una ficción alegórica, como se señala corrientemente? Seguramente sí, pero esta definición no lo agota. Porque también es una cristalización de saberes, de proyección de deseos, de sucesos del pasado que multiplican sus interrogantes. En este sentido, es ambiguo, dejando plantada la duda respecto a la existencia real de aquello a lo que se refiere. Asimismo, el mito es bifronte: una cara mira al pasado y la otra se tiende hacia el futuro en tanto es una forma de enseñanza simbólica. Por ende, ¿qué nos están diciendo las muchas noticias que nos han llegado respecto a la existencia de vampiros?

El fenómeno se ha extendido desde la civilización hindú al mundo islámico, desde la China a Oceanía. Estas criaturas que se niegan a permanecer en el sepulcro recibieron diversos nombres, como brucolacos, pa-lis o devoradores de pies, géludos, según el tiempo y la latitud en que se presentaran.
Escritores como Voltaire y Davanzati recogen historias picantes de vampiros europeos. Una autoridad en materia vampírica, el monje benedictino Agustín Calmet, allá por el 1700, indicaba, después de una rigurosa pesquisa, que el vampiro responde a ciertos "desarreglos de la imaginativa". En cambio Rousseau afirma que la presencia de vampiros está avalada por informes oficiales, testimonios de personas de calidad, cirujanos, sacerdotes, jueces, siendo la verdadera preocupación, no probar su existencia sino descubrir cuáles cadáveres eran vampiros.
Los higienistas del siglo XVIII alertaban sobre los peligros de las sepulturas, de los cuales no era el menor el de los cadáveres que se comían sus propias mortajas o vestiduras. Estos Schmätzen Tode o "cadáveres gruñones" revelaban indudablemente su condición de vampiros porque, si se abría su tumba, con seguridad se los hallaría con los ojos abiertos y las carnes frescas. Su pelo y sus uñas crecían, sus miembros eran flexibles. La Iglesia medieval había asegurado que los santos no se corrompían en sus sepulcros por tener impreso en su alma el sello de la bienaventuranza eterna. Pero, he aquí que los vampiros tampoco se corrompían, aunque se decía que expelían un olor nauseabundo, lo cual sería una demostración de que en verdad eran ángeles negros..
¿Qué personas vivas se convertían en vampiros al morir? ¿Cómo podía discernirse en vida aquello en que habrían de convertirse? La lista de probables vampiros es larga y variada.
Los condenados a muerte, los brujos -sobre todo las brujas- los fenecidos de muerte rara o precoz, los perjuros, los excomulgados, aquellos a quienes sus padres maldijeron, los abortos de padres ilegítimos, los que mueren fumando o bebiendo durante la Cuaresma, los que fallecen por envenenamiento, embriaguez o enfermedades como la rabia, los niños que nacen con dientes. Como se ve, el abanico es muy amplio. Sin contar con que la condición es transmisible. Afirma un experto que la persona que "se encuentre atacada de languidez, que pierda el apetito, adelgace a ojos vistas y, al cabo de ocho o diez días, algunas veces quince, acabe por morir sin fiebre y sin algún otro síntoma de enfermedad que la delgadez y el desecamiento", sin duda fallecerá debido a haber estado en contacto con un vampiro.
En el siglo XVIII, en los territorios de la Europa Central, proliferaron tanto como para convertirse en epidemia, al punto que un monarca designó una comisión ad hoc para su estudio y posterior exterminio.
El método más conocido de arrebatarles su identidad y convertirlos en muertos formales era el mismo que en Eslavonia se aplicaba a los asesinos: clavarles una estaca en el pecho. Otro método tan eficaz como el de la estaca era la quema del cadáver: el fuego liberaba a la criatura vampírica de sus ataduras con la tierra como había liberado de sus pecados a las brujas quemadas en las hogueras de la Inquisición.
De grado o por fuerza había que "darles paz". Otros métodos menos conocidos que la estaca, la decapitación y el fuego, era abrirles el corazón y comer pan con algunas gotas de su sangre. O, dado que el vampiro odia el agua, echarlo a un río o un lago o enterrarlo en una isla. Por cierto no faltaron artificios menos truculentos, como alejarlos colocando una rama de rosa silvestre sobre su tumba o prendiendo incienso o resinas en general.

Nos hallamos en el siglo XVIII, apenas disipadas las nieblas represivas que llevaron a la hoguera a miles de brujas. La atmósfera lúbrica se traslada de los aquelarres al vampirismo. Esta nueva forma de súcubos e íncubos se valía de su poder para filtrarse por la cerradura de una habitación y mantener relaciones carnales con un ser viviente. Su preferencia iba hacia allegados y parientes: viudas, amantes inconsolables, padres incestuosos. Los testimonios nos hacen saber que el vampiro ejercía -y ejerce- una fuerte fascinación , casi hipnótica, sobre las criaturas a las que busca someter. Aunque el paso del tiempo dulcificó sus maneras, su trato se encuadró largamente en relaciones sado-masoquistas. Magulladuras, marcas, golpes, eran huellas dejadas en las noches amorosas. Maltratos y mordiscos sellaban el pacto de placer y sangre. De placer y muerte.
La perduración de esta forma amatoria es harto evidente: el abrazo vampírico sigue arrancando suspiros de los espectadores y lectores. Conforme a las normativas de los teóricos del sexo como Bataille, Leiris y Mailer, placer y sexo siguen asociados a la violencia no sólo en el imaginario popular sino como práctica corriente.

Durante largo tiempo el valor de la literatura vampírica quedó restringida a lo testimonial: la transitan testigos oculares, parientes asombrados, vecinos indignados que queman y destrozan cadáveres a los que describen como particularmente espantosos. Aseguran que tienen lívido el rostro, ojos de fuego, que el cuerpo suele estar cubierto de pelos blancos y que ostentan uñas ganchudas. En ocasiones dicen haberlos visto como odres a punto de reventar debido a la cantidad de sangre que sorbieron.
La dignidad del buen estilo literario la recibirán los vampiros recién hacia el siglo XIX. Goethe, Sade, Byron, Baudelaire, Gautier, le Fanu, le prestan su pluma engalanada a este mito. En especial, se regocijarán con sus rasgos femeninos, como una tácita advertencia de los peligros que encierra la sexualidad femenina y, en general, su autonomía.
Sin embargo, de todos los vampiros de ficción el que contó con una repercusión inusitada fue Drácula. Mitad fantasía, mitad realidad, Drácula tuvo como inspiración la existencia de un voivoda, Vlad Tepes. Este héroe rumano, que combatió a los turcos, había nacido en Transilvania en el siglo XVI y ostentaba la orden de dracul, el dragón, en lo cual se inspiró el talento de Bram Stoker para darle nombre a su vampiro.

En el siglo XVIII las fronteras entre la vida y la muerte habían perdido la estrecha custodia que aportan los rituales religiosos, comunitarios y efectivos. Al estar mal vigilados, los confines entre ambos reinos dejan filtrarse en el mundo visible a los seres y criaturas del más allá, deseosos de vivir en un estado de inmortalidad terrena. Así, al abandonar su morada, los vampiros andan y hablan pero ostentan un cuerpo ficticio por cuanto no proyectan sombra ni se reflejan en los espejos. Se presenta ante los hombres pero, como el Convidado de Piedra, no come su pan ni bebe su agua. Sólo se alimenta de sangre. Esa sangre que, en los sacrificios, nutriera durante siglos a los dioses, sirve a los vampiros como elixir de rejuvenecimiento.
Ese único alimento que mantenía a los vampiros en buena forma se convirtió en sinónimo de alma. Y aquí encontramos una de las grandes metáforas sociales que mantienen vivo al vampirismo. El siglo XVIII, momento del auge del vampirismo, es el momento de las transformaciones que produjo la Revolución Industrial. A partir de entonces se privilegiará la posesión del dinero por sobre toda otra cosa. Quienes lo tengan, quienes lo manejen, serán los amos del mundo. Los dueños de las riquezas, los capitalistas, transformarán en dinero el tiempo, el sudor y los esfuerzos de los trabajadores. Esto es, le chuparán la sangre por una siempre escasa retribución monetaria. El capitalista, el chupasangre, elevará el dinero, una cosa muerta, a la categoría de vida, reduciendo a la par el bullicio y la energía creadora de la vida a dependencia objetal del dinero.
Estos vampiros andan entre nosotros: nos succionan la facultad creadora, la libertad de pensamiento, la alegría de vivir y nos devuelven a un mundo gris de competencia, envidias, intriga y deslealtad. Pero no todos son así.
Hay otros que pertenecen a la estirpe de Satán, el ángel oscuro.(1) Como la serpiente, muere y renace, se lo combate y vuelve a surgir. Aparece bajo una u otra forma: es el brucolaco, es el conde que inspiró a Bram Stoker, o son los personajes de historieta como Superman, Batman y Robin que forman parte de las fantasías contemporáneas. Revolee su capa como Drácula o se vista con atuendo campesino, sucumba a los excesos del deseo o despliegue su capa vengadora y justiciera, ansíe la inmortalidad o renuncie a ella por amor, cada uno de ellos proyecta las íntimas apetencias del ser humano. Porque sin duda cada uno de nosotros lleva en sí algo del vampiro, ese tremendo aspecto del inconsciente que Jung llamó "la sombra".

El vampiro constituyó el punto de confluencia de la vieja creencia del alma metamorfoseada en pájaro al morir, las aspiraciones de eternidad y el temido desborde entre el mundo que conocemos y el mundo de ultratumba. Se buscó aplacar el mal del ángel negro por todos los medios. Sin embargo, su poder alegórico de los miedos y anhelos personales en una sociedad desacralizada le aseguraba una larga supervivencia. La razón, librada a sí misma, es traicionada con frecuencia por la aparición de presencias espectrales.
Porque mito y realidad son dos caras de una misma moneda, porque quizá los vivos soñemos que lo estamos y los muertos nos rodeen. Por eso, mirémonos en el espejo que son los otros para saber si nos reflejamos, si existimos realmente o somos unas pobres criaturas solitarias y egoístas que la vida desdeña y no quieren ni el cielo ni el infierno.

(1) Ver Leonor Calvera. Historia de la Gran Serpiente. Buenos Aires, 2000


La metamorfosis del vampiro
Charles Baudelaire

Con su boca de fresa, en tanto se enroscaba
como una serpiente sobre el fuego y sobaba
sobre el duro corsé sus formas atrevidas,
me dijo estas palabras en almizcle embebidas:
-"Tengo los labios húmedos y conozco la ciencia
de perder en el fondo de un lecho la conciencia.
Seco todos los llantos con mis pechos triunfantes
y hago que los ancianos se rían como infantes.
Yo, para Soy, mi querido sabio, tan docta en el placer
cuando un hombre en mis brazos se siente perecer
o cuando se abandona mi garganta a una boca,
tímida, libertina, delicada o de roca,
que sobre estos almohadones de emoción desmayados
por mí hasta los ángeles serían condenados."
Cuando hubo de mis huesos la médula sorbido
y hacia el suyo mi rostro se volvió conmovido
para dejar un beso, en la pálida luz
¡sólo vi un pegajoso odre lleno de pus!
Cerré los ojos en mi helado pavor
y cuando volví a abrirlos desde aquel horror,
a mi lado, en lugar de ese muñeco hinchado
que parecía haberse de sangre atiborrado,
temblaban los despojos, en confusión completa,
de un esqueleto que, como una veleta,
repetían el lúgubre chirrido de metal
cuando lo azota el viento en la noche invernal.

 


La novia de Corinto (Fragmento)
Wolfgang Goethe


…Una fuerza me saca fuera de la tumba
para buscar los bienes por mí probados,
para amar todavía al esposo ya perdido
y aspirar la sangre de su corazón.
Y cuando éste haya muerto,
deberé ponerme a la búsqueda de otros,
y más jóvenes amantes serán víctimas de mi deseo furioso.

Hermoso joven, tus días están contados.
Vas ahora a morir de languidez en este lugar.
Yo te he dado mi collar;
Llevo conmigo el rizo de tus cabellos.
¡Míralo bien!
Mañana tus cabellos serán grises,
sólo en tu tumba volverán a ser negros.

Escucha ahora, madre, mi última plegaria.
Haz levantar una hoguera,
abre la estrecha tumba donde yo me ahogo,
y da reposo a los amantes entregándolos a las llamas.
Cuando surja la chispa,
cuando nuestras cenizas estén ardientes,
¡volaremos los dos hacia los antiguos dioses!




Vampiras en Wall Street
Mirta Henault


Ya no soy joven, saben. He vivido tantos años que no los puedo contar. Vengo de familia noble por el lado de mi padre. Por el lado de mi madre no lo sé. Alguna vez escuché que fue una aldeana que cazaba serpientes bajo los siete colores del arco iris. Dicen que era alegre, hermosa. Rosada y lustrosa como las flores del campo. Pero una noche se perdió en el laberinto del gran castillo del noble de la gran capa y los colmillos afilados. Desde entonces languideció, se volvió pálida, y tan delgada que parecía volarla el viento. Sólo le creció la panza.
Día a día le crecía la panza hasta que no pudo más y explotó. Entonces nacimos nosotras. Me contaron que, como fui la primera, me llamaron Leni; a mis hermanas, más de una docena, las llamaron A. Sí. A porque a mi padre -ya habrán sospechado que fue el conde- le resultaba más fácil llamarlas en la noche "Aaaaaa" con el grito de un lobo salvaje. De todas maneras, no era difícil que nos entendiéramos sólo con la "A" porque con el pensamiento bastaba para diferenciarnos de las piedras grises, húmedas y heladas del sótano del castillo donde vivíamos prisioneras. Porque mi padre, el conde, era muy celoso y no nos dejaba salir ni siquiera de noche, ni cuando nevaba, ni cuando el viento parecía llevarse las rocas más grandes. Apenas nos mantenía vivas con algunas gotitas rojas, tibias y dulzonas que le sobraban después de haberse él alimentado hasta hartarse.
Estábamos ansiosas y hambrientas. No le saltábamos a la garganta porque le temíamos pero planeamos nuestra fuga pegadas a una chispa de fuego, mientras él recibía en el palacio a un huésped muy deseado y el sirviente mayor preparaba los mejores platos de animales muertos.

Yo fui la primera en sorber el viento de la llanura que es peor que el de las montañas porque nada lo detiene. Mis hermanas A salieron después.. Nos las volví a ver hasta que ciertas circunstancias nos reunieron. Al parecer, seguíamos pensando lo mismo aunque de distinta manera.
Estaba en libertad. Escuché al lobo gritar: "Aaaaa" y algunas ventanas del castillo se iluminaron. Pero nada pasó. La llanura, el viento, la luna y los deseos eran míos. Esta vez no me los iban a sacar aunque los lobos me persiguieran. Yo era tan poderosa como mi padre. Solamente debía andar y andar hasta encontrar mi lugar.

Por largo tiempo vagué sin rumbo por este planeta repleto de lluvia de fuego, aullidos de animales heridos, ruidoso de balas que molestaban mi placer. En cierto momento creí morir. Nada me gustaba. La gente se mopvía de un lado para otro lentamente, sin ganas. En algunos creía ver la llamita verde del deseo preferido, pero se enroscaban disimulando. La sangre demasiado abundante era indigesta. Las fichas de colores, el oro y los billetes verdes estaban en otros lados. Debía volar para alcanzarlos. Y volando sobre ciudades iluminadas con pensamientos inútiles y lamparitas sucias, arrastrándome sobre pastos humeantes de secas alegrías, traspasando montañas cavernosas y humedades ocultas, llegué al fin al palacio brillante de lentejuelas, repleto de cadenas de oro sosteniendo relojes atrasados. Los rincones tenían niebla de humo y rumores de palabras obscenas.
En ese lugar encontré lo que andaba buscando, el néctar soñado por mis agudas apetencias después de minutos -o siglos- de abstinencia. También encontré a mis hermanas. No solamente yo sabía dónde estaba lo bueno.
Ciertos escritores, cuyos nombres me espanta pronunciar, exageran cuando hablan de los señores muertos por causa de pasiones provocadas por los pájaros de la noche. No. Ahí están los esqueletos de los pobres pájaros de la noche sacrificados por culpa de las mágicas bolitas y de otras pequeñas cosas, auténticamente todopoderosas: los billetes pintados con la cara de señores antiguos. Esa es la varita mágica de pasiones vulgares y fuente inagotable de oscuros y sórdidos deseos. Nosotras solamente sorbemos su voluntad para liberar sus deseos.
De día, escapamos del sol, refugiadas en los viejos campanarios de iglesias abandonadas, junto a las arañas que tejen telas infinitas y a pájaros de alas de plumas negras, rotas, opacas y averiadas al no poder volar. Pero a la noche… ¡Ah, las noches son el éxtasis! Los hombres e ponen tan al desnudo que cuesta mirarlos. Y no solamente en Wall Street, el centro de los centros. Mis hermanas me comentaron que también lo sienten en lugares donde los hombres nacen con otro color de piel, otra forma de ojos y hasta se visten de diferente manera. Pero todo, todos, tiene los ojos rojos y salidos como si les fueran a estallar, las bocas redondeadas o torcidas con gestos que parecen de amor, asombro o terror mientras las manos temblorosas sostienen el pequeño aparato pegado a la oreja sin poder desprenderlo.
Yo me mantengo piloteando en Wall Street porque es allí donde la circulación de sangre roja y verde es mayor. Mi placer no puede ser más extremo y, al final de la noche, quedo exhausta de tanto gozar. Ellos no me ven ni me oyen pero yo suave, muy suavemente, los penetro hasta ese lugarcito que ya saben, y desato sus deseos. Entonces su respiración se acelera, gimen, aúllan, dan órdenes por el celular, algunos gritan mientras en las pantallas rebozan los números en franco descenso. Los muchachos transpiran, agonizan de miedo. Es que la sangre verde, esa que les da vida, brillo, poder, felicidad, fuerza, riqueza, parece escurrirse por los números de la pantalla.

El aire rosado me produjo una extraña y dolorosa impresión. Necesitaba escapar, ya no podía ver más la claridad. Volando, corrí a esconderme en un lugar donde no llega el sol: las tumbas del cementerio.
Reaccioné cuando me cubrió la oscuridad de la noche y la luna me descubrió el objeto de mis deseos. Sí, allí estaba la sangre que yo anhelaba. Pero no era verde. Los billetes tenían diversos colores. Sin embargo, los muchachos eran parecidos a los de Wall Street y estaban preparados para someterse a mis deseos de sangre: ellos también la ansiaban.
Ahora estoy aquí y les cuento todo esto. No para que se asusten sino para que estén alertas. Mis hermanas A y yo rondamos por todas partes.


La magia de Lilith.
De el libro de Nod


Moré en la casa de Lilith
por un tiempo y pregunté:
"En la oscuridad,
¿cómo construiste este lugar,
cómo pudiste tejer estas ropas,
cómo pudiste cultivar tu alimento?"

Y Lilith sonrió y dijo:
"No como tú, yo estoy despierta.
Veo los peligros que giran a tu alrededor.
Creo lo que necesito
mediante el poder."

"¡Despiértame entonces, Lilith!", dije.
"Necesito tener este poder.
Entonces, podré tejer mis ropas,
cultivar mi alimento,
construir mi propia casa."

La preocupación tiñó el rostro de Lilith
y dijo: "Ignoro lo que el despertar te hará,
pues tú estás realmente maldito por tu padre.
podrías morir,
Podrías cambiar para siempre."

Y Caín díjole a esto:
"Incluso entonces,
una vida sin poder no sería realmente vida.
Moriría sin tus dones.
Y no viviré como un esclavo."

Lilith me amaba,
Y yo lo sabía;
haría lo que le pedí,
aunque no lo deseara.
Y fue entonces cuando Lilith,
la de los ojos brillante,
me despertó.
Se cortó con una daga
y sangró para mí.
Bebí del cuenco. Era dulce.

Entonces caí al Abismo,
caí para siempre,
cayendo en la más profunda
oscuridad.

La rosa mística
William Butler Yeats


A veces, pero sólo durante un instante, advertía una vaga y solitaria figura con el rostro cubierto por un velo que, sosteniendo una antorcha de débil luz, se movía rápidamente entre las formas danzantes, mas como un sueño dentro de otro sueño, como la sombra de una sombra, y comprendí, por medio de un entendimiento surgido de una fuente más profunda que la del pensamiento, que se trataba del propio Eros, y que su rostro estaba cubierto por un velo porque ningún hombre o mujer, desde el principio del mundo, ha sabido nunca lo que es el Amor, o ha mirado en sus ojos, pues entre todas las divinidades sólo Eros es en sí un espíritu, y se esconde en pasiones que no son de su esencia cuando quiere comulgar con el corazón de un mortal. Así, si un hombre ama noblemente, conocerá el Amor a través de la compasión infinita, la confianza inexpresable, la comprensión ilimitada, mas si ama de manera innoble, entonces lo conocerá a través de la envidia vehemente, del odio súbito y del deseo insaciable, pero nunca conocerá el Amor sin velos. Mientras yo pensaba en estas codas, una voz me gritó desde las figuras encantadas: "¡Entra en la danza! ¡Entra en la danza! ¡Que los dioses puedan fabricarles cuerpos a partir de la sustancia de nuestros corazones!"; y antes de que pudiera responder, una misterios ola de pasión, que parecía el alma de la danza moviéndose dentro de nuestras almas, bailando con una augusta mujer inmortal, que tenía lirios negros en sus cabellos, y cuyo gesto evocador parecía cargado de una sabiduría más profunda que la oscuridad que existe entre las estrellas, y de un amor que era como el amor que se respiraba bajo las aguas; y mientras danzábamos y danzábamos, el incienso se acumulaba sobre nosotros y a nuestro alrededor, cubriéndonos y aislándonos como en el corazón del mundo, y pareció que pasaban siglos, y que estallaban tempestades y se extinguían los pliegues de nuestros hábitos y en su cabello espeso.
De pronto recordé que sus ojos no habían parpadeado en ningún instante, y que sus lirios no habían dejado caer ni un solo pétalo negro, ni se habían movido de su sitio, y entonces comprendí con gran horror que estaba bailando con alguien que era más, o quizá menos, que humano, y que estaba absorbiendo mi alma del mismo modo que un buey absorbe el agua de una charca al borde del camino. Y caí, y la oscuridad pasó sobre mí.


Historia real
María del Carmen Suárez


Eran las cuatro de la madrugada en San Telmo,
el silencio, un secreto indefinible.
Desperté en un entresueño violáceo.
Encendí la lámpara y lo encontré en su gris de plata,
aleteando.
Criatura enigmática y solitaria.
Transformé el miedo en una flor radiante.
Debí luchar.
Apelé al hielo de la mente. Supe de su insólito paseo.
No me acongojé.
Tapé mis manos con el tapiz de los recuerdos.
Abrí la ventana. Lo solté como al pasado.
Dormí serena.
Al día siguiente, un amigo me dijo:
Has liberado al vampiro.


Cinco poemas vampíricos
Beatríz Schaefer Peña

de Las secretas voces

De lejos llega ese rumor tranquilo
como tranquilas aguas
que van trayendo, uno por uno
diferentes momentos.
Estás de pie mirando aquella noche
que avanza sobre el día
mientras la luz se apaga en las señales
que nunca has comprendido.
Así, la tarde, inesperadamente
se adueña de tus pasos.
Ya no acontece el sol.
Y sin embargo
su voz aún te llama
en la penumbra.

Ese temido atardecer

No sólo son las sombras
o el color de la sombra.
Hay un río de aromas
que me conduce al sitio de la sangre,
a esa vena propicia,
-el manantial oculto que me urge-.
Hay un jardín escondido
en los crepúsculos.
Allí crece la rosa,
la suave mordedura.

El hijo

Bebió de mí. Yo fui su fuente,
la iniciada memoria,
la pureza rosada de las uñas.
Cuando nació, pensé:
-"Me voy a desplegar en estas alas
de transparencia gris
que advierten,
desde el filo de los bordes.
Sus alas han de darme
la plenitud del vuelo que me fue negado
Sus alas, abiertas en el sueño,
rasantes del peligro."
Después, cuando el iris de sus ojos
se hizo cielo visible,
allí permanecí, como un espejo.
Nada podía quitarme ya,
fuera del tiempo,
fuera de este deseo de su sombra.

El anunciado

Lo esperas. Llegará con un ramo
de flores desangradas
junto al rumor incierto
que tal vez sean sus pasos.
La desgarrada noche de sus ojos
bajará hasta tus ojos
Y en esa anunciación verás
el último esplendor
que te conceda el tiempo.
Pero él no partirá, todavía.
Te guardará en la boca
y en el risco filoso de los dientes
para que no te pierdas de sus señas
ni dejes que te aniden
las larvas del olvido
Y cuando al fin se vaya,
cuando no queden rastros ni vestigios
posibles más allá del recuerdo,
será su despedida
como la despiadada fiesta de un puñal
sobre tu corazón.

El don de la tiniebla

Bajé a la cripta siguiendo tu sigilosa huella,
rosa abierta en el miedo.
Detrás de aquellos muros se hacía sombra
el silencio.
Todo era gris igual al desencanto
de presentir tu corazón oculto
en las grietas del frío.
Entonces, acerqué mi corazón
y en el calor sediento de la sangre
fue tu beso en mi piel y fue la noche.
Y el Reino de la Noche
para siempre.

La vuelta de los vampiros
Susana Dillon

Estos vampiros andan entre nosotros: nos
succionan la facultad creadora, la libertad
de pensamiento, la alegría de vivir y nos
devuelven a un mundo gris de competen-
cias, envidias, intrigas y deslealtad.

Leonor Calvera


Todos los chicos le temen a la oscuridad y todos los grandes se refugian en ella cuando van a hacer algo que los avergüenza o que los culpabiliza. La noche resulta proclive para que nos hundamos en su misterio, para desatar el diablo que, a la luz del día, tenemos encadenado. La noche tiene luna cómplice y estrellas que se cubren con un velo de nubes para no presenciar las tragedias humanas originadas en las más bajas pasiones. La luna es impúdica: mete su ojo de voyuese en todas las alcobas; las estrellas son recatadas y vergonzosas porque tiemblan al contemplar la inmortal tragedia del amor mortal.
Pareciera que todo lo malo debiera pasar de noche para poder cubrirlo con el negro manto de la impunidad. Los crímenes más abominables se cometen de noche, tal vez porque los alaridos de terror suenan más macabros en recintos donde el eco los multiplica. Los oscuros castillos, las mazmorras, las salas de tortura, son los escenarios apropiados para que se desborden los personajes sin alma y sin sombra.
Esos espectros salidos de las nieblas y tinieblas, de criptas y cementerios, no van a andar a la medianoche buscando víctimas a no ser porque padezcan de insomnio a raíz de una cena que les sentó mal y decidan andar del tingo al tango en busca de incautos. Los que andan por semejantes lugares a horas poco propicias, metiendose en alcobas de señoritas que dejan las ventanas abiertas de puro acaloradas, tienen que ser hombres-vampiros.
Y donde hay hombres-vampiros también hay aullidos de lobos, espantosos gemidos,
Chistidos de búhos y revolotear de murciélagos para aterrorizar a los que andan por el mundo con las defensas bajas. Pero, donde hay hombres-vampiros, no hay fantasmas, ni espectros, ni momias, ni zombies. Esa gente no se hace la competencia ni trabajan en equipo -deben decir: "el buey solo bien se lame"-. Cada fantasma es célibe y tiene su zona de influencia. No se ha sabido de ninguno, por exceso de lugar que tenga en el más solitario de los castillos, que admitiera a otro que le quite el rating. Ni el castillo de Helsinor -favorito de Shakespeare- por donde anduvo Hamlet discurseando frente a la calavera, ni el de Canterbury, por donde Oscar Wilde hizo transitar a su mejor personaje, tenían más de un aparecido.
En cambio, los hombres-vampiros, a pesar de su condición de espectros, pueden hasta tener novia y reproducirse: mediante el solo hecho de pasarles la maña de chupar sangre ya las convierten en iguales a sí mismos. Una especie de clonación intravenosa: se seducen unos a otros con el clásico besito en la carótida.
No sé gran cosa de estos temas vampirescos porque desde chica me vacunaron de espanto. Mi madre fue muy efectiva en su tratamiento.
No tendría seis años cuando a mi padre, que era cinéfilo, se le ocurrió llevarnos, a mamá y a mí, a ver un estreno en la sala del Social Theater, en una localidad del sur de la provincia de Santa Fe. Era una noche de enero y se proyectaba Drácula de Bela Lugosi. Hacía poco que el local se había reconstruido: era de los primeros con piso en declive y tenía los baños a ambos lados de la pantalla. Los chicos nos íbamos a los asientos de adelante no porque fuéramos chicatos sino porque allí comíamos chocolatines y pororó a destajo, tirándonos los restos mientras pateábamos el suelo si los indios se llevaban a la chica cuando el muchacho del jopo andaba lejos, arreando ganado. Sentarnos adelante era un gesto de independencia del que salíamos aporreadas y con los moños perdidos porque nos sacudíamos puñetes siempre que la acción en la pantalla nos contagiaba ímpetus guerreros. A los chicos que pretendían ensañarse con nosotras, no les iba mejor: arañazos y patadas en las canillas con aquellos zapatos de chapitas en las punteras.
Pero aquel Drácula cambió el curso de nuestro mundo y aquella paideia luminosa de pronto se convirtió en un mundo tenebroso que había que recorrer de la mano de los grandes, sumisos a su poder.
La cosa no nos gustó desde el principio, cuando el tipo extraviado llega al castillo del conde en una noche de perros. Se nos cuajó la sangre cuando, en la cripta, del cajón envuelto en la niebla salía una mano tanteando el terreno. Sentí a mi amiga Angélica que me decía en secreto:
-Me hago pis.
-Aguantá, que yo de aquí no me muevo.
El silencio en la sala era de muerte. Sólo se oía el rodar del proyector y el chistido del vampiro. Chirrió la tapa del ataúd donde dormía, vestido como Gardel en París, el maldito conde. Era un enero bochornoso, pero estábamos helados.
La acción tenebrosa no nos daba tregua: el mucamo del conde comía arañas y moscas y se veía de lejos que estaba loco del todo. El viajero se puso a investigar la cosa porque sospechó que el dueño de casa, de colmillos por demás crecidos, andaba sorbiéndole la sangre a cuanto infeliz durmiera sin cerrar ventanas y puertas. El siniestro argumento seguía y los chicos, que en otras felices oportunidades teníamos energías par volcar butacas, patalear y gritar como energúmenos por cualquier bronca de salón, estábamos ahora todos abrazados, sin poder dejar de mirar aquello que nos aterraba, tan atrapados como las moscas del menú del mucamo.
A Drácula se le había dado por hacerse el enamorado de la chica y el abombado del novio, o sea el muchachito, no se daba cuenta. Vestido de frac, capa negra forrada en raso y peinado a la gomina, finalmente se mete por el balcón en el cuarto donde dormía la joven. Entonces Drácula cae sobre su cuello, abre la bocaza con terribles colmillos y apunta a la yugular de la chica que sigue dormida sin decir un ¡ay!.
Por ahí siento que el Pocho, que era el peor del barrio, reacciona:
-¡Gritá, mierda! -pero nadie responde, ni en la pantalla ni en la platea.
Nosotros, todos abrazados, unos primeros y otros después por efecto del contagio, nos estábamos meando encima y colectivamente, sin remedio ni redención. Una larga hilera de chorros seguía el declive hacia la pantalla. Nadie se movía: los grandes atrapados por el drama y los chicos por el terror y la culpa: ¿Cómo afrontar
la vergüenza de salir meados ante el respetable público?
Aquella fatídica noche volví a mi casa de la mano de mis padres y con el alma en un hio. De cada árbol salía Drácula para dejarme hecha una cascarita. A cada ataque de pánico mi madre me daba unos pedagógicos zamarreos por ser tan pánfila y creerme esas pavadas. Esa noche clamé dormir en la cama grande. No hubo caso, así que me tapé con la frazada y me agarré del crucifijo como antídoto. Mi viejo, al ver aquella muestra de piedad, me susurró:
-Hasta la hacienda baguala cae al jagüel con la seca.
Según mis sesudas meditaciones sobre los tratos con seres de las tinieblas, se pueden sacar algunas conclusiones, sobre todo si se recuerda cómo fue el final del vampiro: el padre de la chica le tuvo que clavar una estaca en el pecho para que no saliera más a jorobar de noche a los que duermen con las ventanas abiertas. Lo cierto es que el Drácula cinematográfico muere en cada proyección y los del mundo real, en cambio, no mueren nunca y se reproducen con pasmosa facilidad. Ahí los tienen, con sus caras sepulcrales, eternos en su oficio de chuparnos la sangre. Ahí están, los vampiros renovados que nos mandan. Los que vuelven cada vez con más hambre, sin que haya estaca que los mate bien.


Ritos de sangre
Susana Fernández Sachaos


Somos una mezcla de luz, cultura y crueldad. Somos de sangre. La sangre es el principio vital apetecido como ofrenda. Ofrenda a cambio de la inmortalidad y la juventud perenne. Ambos anhelos son claves del mito fáustico, alma del vampirismo, donde queda abolida la división vida-muerte.
Misteriosas correspondencias se entretejen dentro del sistema simbólico y metafórico del vampirismo. Las palabras enlazan los diversos significados y nombran las estrategias, ceremonias y ritos del vampiro.
Sólo nombraré algunas etimologías de esta palabra que dan cuenta de este tejido y conforman sobre todo las acciones del rito vampírico: servio vampir, el que se alimenta de sangre. Es equiparable este significado al lituano wempti. En Polonia y Hungría se lo llama upior, upiro o upir con la traducción de sanguijuela, palabra que proviene del latín sanguisuga, de sanguis, sangre y sugere, chupar.
Un término rumano que significa vampiro es strigoi, que a la vez nombra a un pájaro que sólo vuela después del atardecer, durante el día descansa. Come carne y bebe sangre. En otras parte de los Balcanes se lo llama Vukodlak, que se traduce como gran bebedor.
La creencia en los vampiros aparece en la mayoría de las tradiciones folklóricas de la humanidad. A estas criaturas míticas se las asemeja al murciélago Dosdomus Rotundus de hábitos nocturnos, que se alimenta sólo de sangre que chupa de sus elegidos, generalmente animales, pero en algunos casos puede tratarse del hombre. Su mordida es anestésica, de manera que la víctima no se da cuenta del ataque.
En psicoanálisis, el vampirismo se interpreta como liberación de los impulsos reprimidos. En este sentido existiría un desplazamiento de la zona de penetración sexual al cuello, mientras los colmillos, semejantes a los caninos de los murciélagos, funcionarían simbólicamente como el pene. Sed de sangre y sexo en esta traducción metafórica.
También se desplaza el sentido cuando alguien vive de la vida de otro, sobre todo cuando lo explota, cuando le "chupa la sangre", cuando lo usa para su conveniencia.
Este espacio dedicado a la sensualidad del horror en sus manifestaciones diversas, transita los ritos de la vida cotidiana de muchos seres que aman el poder con un entusiasmo calculador.
Entre los ritos de sangre más escalofriantes que puedan recordarse figuran los realizados por Erzébet Bathory, la vampiro viviente.

Sobre Erzébet Bathory, la condesa sanguinaria

Nació en 1560, en el este de Hungría, tierra de los dacios. Siendo niña fue prometida al conde Férencz Nadasdy. Se casaron en 1575 y fueron a vivir al castillo de Csejthe, situado en los pequeños Cárpatos. Fue elegido como predilecto por la condesa. Sus muros eran tan sólidos que ahogaban todos los ruidos. Además de éste poseía otros, suyos o de su marido, que sumaban más de quince en total. Los sótanos y subterráneos de estas construcciones eran inmensos.
Sólo abandonaba Csejthe cuando se aburría y la invadía el deseo de cambiar de lugar.
El conde se ausentaba largas temporadas en campos de batalla pues eran continuas las luchas, razón por la cual Erzébet pasaba mucho tiempo acompañada sólo por sus sirvientes, damas de compañía y algún ocasional visitante.
Sentía un terror morboso pro la vejez, fundamentalmente porque lleva implícita la pérdida de la belleza y la juventud.
Contemplando su imagen pasaba largas horas frente a un espejo. Estaba pendiente de los cosméticos, sobre todo de aquellos que aumentaban la blancura de su piel, ya pálida por naturaleza.
Sus atrocidades comenzaron a partir del momento en el cual castigó con una bofetada a una camarera elegida expresamente para peinarla, pues no dejaba que cualquiera tocara sus cabellos. Los peinados exigidos por la condesa eran muy complicados y resultaba imposible no tironearle el cabello o no desnivelarlo. En el espejo donde se contemplaba, vio una falla e inmediatamente un golpe desmesurado
hizo saltar sangre de la cara de la infeliz. Al caer en gotas sobre la mano de Erzébet se produjeron cambios en la textura de su piel, que se hizo más suave y transparente, más joven. Allí estaba el secreto que le permitiría mantener su juventud intacta. La sangre, el fluido maravilloso, la protegería de la vejez.
Concibió un plan con la complicidad de dos servidoras muy fieles, y algunos ayudantes dispuestos a cambiar oro por cualquier cosa. Necesitaba abastecerse de sangre y así poder bañar su cuerpo entero con el maravilloso elemento.
Las tinieblas de los sótanos del castillo entrarían en relación excelente con ella y con sus ritos de sangre.
Ayudada por su fiel nodriza Ilona Joo y Dorkó una de sus devotas sirvientas, cortajeaban, mordían o agujereaban a jóvenes vírgenes que habían capturado con ardides. La sangre fluía sobre el cuerpo de la condesa.
Otras veces, con actitud de voyeuse, se extasiaba largas horas frente al escenario de torturas.
En uno de sus viajes a Viena supo de la existencia de la llamada "doncella o muñeca de hierro", hecha en madera; como sarcófago con forma de mujer, encerraba un asiento para el desdichado que sería atravesado por los agudos cuchillos que formaban parte del mecanismo interior.
Erzébet hizo forjar una dama semejante, desnuda, pintada de color carne y provista de una larguísima cabellera rubia elegida entre sus víctimas.
El artefacto se izaba hasta el techo, en el fondo de uno de los sótanos del castillo. La joven elegida, menor de dieciocho años, debía ser lozana y virgen pues si había conocido el amor el buen espíritu de su sangre estaba perdido.
Al golpearse el cuerpo desnudo contra los puñales, manaba la sangre que caía como un diluvio sobre la condesa sentada en un sillón instalado debajo. Erzébet gozaba y aullaba de placer. Del interior salía el siniestro ruido de los engranajes y los gritos de la víctima.
Al otro día, más blanca y bella que nunca, la condesa engalanada paseaba muy tranquila, escoltada por su servidumbre.
Pero la condesa se aburrió pronto y nuevas torturas pasaron por su imaginación. Su sed de sangre y su feroz erotismo se hicieron más vehementes: necesitó más y más víctimas, más sangre.
Las denuncias de algunos siervos infieles sobre estos tormentos terminaron por cercarla.
Después del proceso que se le siguió, no la mataron, debido a su noble tradición familiar, sino que decidieron encerrarla en su dormitorio. La habitación fue tapiada y sólo se abrió una ventanita por donde le pasaron comida hasta un día en que descubrieron que había muerto.
A pesar de que se encontró el cuerpo inerte, muchas leyendas la transformaron en fantasma.
Las tinieblas fueron antes que la luz y el infierno antes que el cielo. Para que el hombre comprenda los quehaceres del mundo le es menester asomarse a los abismos del alma humana, mirar en ellos la propias miserias para después poder ver y elegir.


Un hombre acabado
Pierre Reverdy


Al atardecer, pasea, a través de la lluvia y el peligro nocturno, su sombra informe y todo aquello que lo amargó.
Al primer encuentro, tiembla ¿dónde refugiarse contra la desesperación?
Una muchedumbre deambula en el viento que tortura las ramas, y el amo del cielo lo sigue con un ojo terrible.
Una bandera rechina -el miedo-. Una puerta se mueve y el postigo de arriba golpea contra el muro, corre, y las alas que llevaron al ángel negro lo abandonan.
Y luego, en los corredores sin fin, en los campos desolados e la noche, en los límites oscuros donde tropieza el espíritu, las voces imprevistas atraviesan los tabiques, las ideas mal formadas vacilan, y retumban las campanas de la equívoca muerte.

 

Y sobre todo que...
O.W. de Lubicz Milosz

Y sobre todo que Mañana no sepa dónde estoy.
-Los bosques ¡oh! los bosques llenos de bayas negras-.
Tu voz es un sonido de luna en el aljibe
donde el eco de junio ha venido a beber.
Y que nadie pronuncie allí mi nombre en sueños,
-los tiempos ¡oh! los tiempos sin error se han cumplido-,
como un árbol que, joven, sufre la savia nueva.
Es tu blancura una veste sin uso.
y que las zarzas se cierren tras de nosotros,
porque yo temo, temo regresar.
Las grandes flores blancas te rozan las rodillas
y la sombra ¡oh! la sombra, pálida está de amor.
Y no digas al agua del bosque quién soy yo;
el nombre mío ¡oh! el nombre mío, ha muerto.
Tus ojos tienen el color de las jóvenes lluvias,
de las jóvenes lluvias en el lago dormido.
Nada cuentes al viento del viejo cementerio.
Bien pudiera ordenarme que lo siga.
Y tus cabellos huelen a estío, a tierra, a luna.
Es preciso vivir, vivir, sólo vivir…




   
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